La vida sin Don

Dime, Don. Dime qué hacemos ahora sin ti. No sé si eres consciente del vacío que has dejado tras el último capítulo de ‘Mad Men‘. Tras ese capítulo final que ansiábamos tanto mientras a la vez deseábamos que no llegase nunca porque todos sabíamos que significaría inevitablemente despedirnos de ti, de tu vida, de tus claroscuros. Tras esa escena final que pese a todos los sinsabores, las desgracias y la fatalidad que nos han acompañado en nuestro viaje contigo, pese a que tu mundo y el de los tuyos se desmoronaba por momentos, nos deja un sabor a felicidad. Un regusto a renacimiento, a felicidad y a Coca Cola. Y hasta aquí puedo leer, porque hay gente con mucha suerte que aún no ha llegado al final, que todavía tiene más tiempo para disfrutar de ti. Vamos a dejar que les sorprendas. Sorpréndeles una vez más, Don.

No acostumbro a mitificar personajes de ficción, pero Don es otra cosa. Un superviviente, como Jimmy McNulty. Un tipo que se ha reinventado a sí mismo, como Walter White. Un padre de familia desaparecido en combate, superado por las expectativas, en busca permanente de una felicidad inalcanzable, como Glauco Revelli. Un hombre cuyo mundo parece en permanente derrumbe, como el Esteban que Rafael Chirbes, sin tanto glamour, porque Misent no tiene el glamour de Nueva York, nos dibuja en su novela ‘En la orilla’. Un perdedor pendenciero bajo una fachada de hombre de éxito. Un tipo que busca desesperadamente su identidad y que no tiene necesidad de escondernos sus miserias. Se las esconde al mundo, pero no a nosotros, que sabemos que a cada una de sus sonrisas le sucede un amargo trago de whisky para mitigar la infelicidad, una larga calada de Lucky Strike para mantener la sobriedad y las apariencias. La sociedad de consumo que gente como él mismo se cargó de impulsar así lo estipula. Son las reglas del juego.

Alrededor de la figura omnipresente de Don Draper, Mad Men ha hecho orbitar una maravillosa galería de secundarios. Personajes tan desorientados como el propio Don, gente cegada por el brillo del dinero y del éxito en una época en la que los publicitarios eran los Beatles de Madison Avenue, verdaderos iconos de la cultura pop. Vidas que, como los edificios de La Habana, uno nunca sabe si están en construcción o en destrucción. Siempre en ese permanente estado de equilibrio. Como funambulistas que dejan su futuro en manos del azar, de esa delgada línea que separa la vida de la muerte. El éxito del fracaso. La dicha del infortunio.

A través de todos ellos Matthew Weiner ha sabido tejer una historia fascinante y llevar a la pantalla la Nueva York machista, racista, narcisista y ególatra de la era del boom de la publicidad. Siete temporadas repletas de imágenes para el recuerdo, de escenas que quedarán grabadas para siempre, de diálogos brillantes y de silencios que dicen más que muchas palabras. 92 capítulos de una cadencia que parece marcada por el humo espeso de los cigarrillos, de un ritmo pausado que se rebela en cada episodio contra la velocidad imperante en nuestros días. Casi 100 horas de una belleza visual difícilmente igualable, de unos planos y una música que ya forman parte del imaginario colectivo.

Como forma parte él, Don Draper. El antihéroe. Un tipo al que pese a todo, es imposible odiar. Hay que quererlo. Con todos sus defectos, que son muchos. Porque en el fondo de ese señor oscuro, mujeriego, enigmático, pésimo padre de familia y peor jefe, se esconde un hombre perdido y desorientado, un tipo que se busca a sí mismo, al Dick Whitman que un día fue. «Las personas nos dicen como son, pero lo ignoramos, porque queremos que sean como nos gustaría que fuesen», decía Don en uno de los capítulos de la ya lejana cuarta temporada. Él nos ha dicho como es y nosotros le hemos querido así. Con sus innumerables miserias. Con sus pequeñas grandezas. La vida ya no será lo mismo sin Don.

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Papá en prácticas. Periodista, aunque tengo la certeza de que me gusta más escribir que buscar la noticia. También ejerzo como Social Media Manager, lo que me permite pasarme todo el día en las redes sociales. Una vez soñé que era Don Draper. Al despertar lo vi inviable. No fumo, no me gusta el whisky, odio las corbatas y, sobre todo, me da mucha pereza afeitarme.

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