«La sinceridad no tiene nada que hacer en el arte»

Paulina Vinderman

Paulina Vinderman nació el 9 de mayo de 1944 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Estudió Bioquímica e Historia del Arte. Ha sido incluida en numerosas antologías y traducida parcialmente al italiano, inglés, rumano, francés, catalán y alemán. Citamos algunas de las distinciones obtenidas: Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires, Premio Nacional Regional de la Secretaría de Cultura de la Nación; Premios Fondo Nacional de las Artes 2002 y 2005; Premio Anillo del Arte a mujeres notables 2006; Premio Literario de la Academia Argentina de Letras, género Poesía, a la trayectoria y por su libro ‘Hospital de veteranos’; Premio Citta di Cremona 2006 al conjunto de su obra. Entre sus poemarios publicados, destacan ‘Los espejos y los puentes’, ‘La otra ciudad’, ‘La mirada de los héroes’, ‘El muelle’, ‘Hospital de veteranos’, o ‘La epigrafista’, además de las antologías ‘Cónsul honoraria’, ‘Transparencias’, ‘Los gansos salvajes’ y ‘Rojo junio y otros poemas’.

En la Universidad de Buenos Aires te recibiste de bioquímica. ¿Ejerciste? Y supongo que no concluiste la carrera de Historia del Arte. ¿Es así? Te propongo que rememores tus años de estudiante. Y cómo fue transcurriendo tu vida mientras cursabas y aun después, hasta que se socializa ‘Los espejos y los puentes’. Eso: llevanos hasta los espejos y los puentes.

Mi enamoramiento del lenguaje empezó en la infancia, todo empezó allí.

Aprendí a leer y escribir antes de la escuela y me salteé un grado. A los ocho años decidí ser escritora; quería ser como esos autores que tanto amaba; era una lectora voraz y precoz. Creí que iba a ser narradora, escribía cuentos y fundé un club literario con mis amiguitas del barrio. A los diez apareció “de la nada” el primer poema y fue un deslumbramiento; no porque creyera que era buenísimo [risas], sino porque descubrí que eso era lo mío; no sabía explicarlo pero había encontrado mi lugar, mi respiración, mi destino…

Por supuesto, quería estudiar Letras. Por supuesto, un padre autoritario y una madre enferma, en un contexto de poco dinero, se opusieron con violencia. No tuve ninguna ayuda. Elegí Química porque esa carrera me había seducido y la Biología más aún. El misterio de la vida. Y, por otra parte, era un mandato familiar.

Siempre fui curiosa y estudiante nata. Sufrí mucho de todos modos, pero la carrera fue un salvoconducto: decía que estudiaba por la noche y leía, leía, leía. Y escribía, claro.

La carrera me sirvió para independizarme, ganar mi dinero; me dediqué a la bacteriología y era buena, seria, responsable. Adoré el microscopio, el mechero de Bunsen ardiendo en la mesada. Me había convertido en un gato de dos mundos, dos vidas. Cuando publiqué mi primer libro, dejé la profesión; perfeccioné mi inglés, empecé a traducir y crear talleres de lectura y escritura.

La ciencia me dio mucho: paciencia, método, mente amplia; me formó, pero el dolor de la incomprensión de mis padres, no se curó jamás.

Historia del Arte la estudié en forma privada; en realidad, no dejo de estudiarla: la relación poesía pintura es una de mis obsesiones. Estoy escribiendo un libro que explora ese territorio.

En noviembre de 1990 confesabas que Wallace Stevens, William Carlos Williams («su realismo no imitativo», aducías en la revista Babel), Elizabeth Bishop, R. L. Stevenson, lograban que Walter Benjamin, Ludwig Wittgenstein y Raymond Carver pudieran esperar. Actualmente, ¿qué autores logran que otros puedan esperar? ¿Y qué autores ya no deben tener la menor esperanza de que vuelvas a ellos, y por qué?

Estoy leyendo filosofía y ensayo sobre todo, además de poesía. Supongo que los novelistas y cuentistas me esperan un poco más [risas]. Aunque he leído novelas muy buenas de John Banville, de Anne Michaels, de Coetzee, en los últimos tiempos.

Me encanta releer. En los veranos, cuando dejo de dar taller, hago festivales: de Tostoi, de Chéjov, de Virginia Woolf… Siempre descubro algo nuevo y es muy, muy enriquecedor. No volvería a leer, sospecho, a Pound, Leopoldo Lugones, Whitman.

No me aportarían nada y hay algo de empatía faltante entre ellos y yo.

«Poesía no de atajo sino de ir al grano directamente», concluye Gabriela De Cicco su comentario a propósito de ‘Escalera de incendio’. «Confirmar un camino», añade, citando los títulos de tus cinco poemarios precedentes. ¿Hasta ahí coincidís? Y a partir de ‘Bulgaria’, ¿cómo ha seguido indagando tu poesía?

Sí, aunque soy más consciente de lo que no hago que de lo que hago. No balbuceo, no fragmento; en general reúno, a veces en forma de collage, pero casi siempre tratando de lograr fluidez. Un lenguaje de encantamiento para un mundo desencantado. En ocasiones, sin darme cuenta, uso un tono narrativo que va llevando a una epifanía, a una revelación o a una intensificación del pensamiento, o un interrogante que arde más que si fuera una revelación. Después de ‘Bulgaria’, todos mis libros tuvieron un hilo conductor; no se trataba de poemas aislados sino de cuentas del mismo collar, de la misma preocupación. Desconozco la razón; simplemente obedezco al poema que elige su forma. Y continúo escribiendo de ese modo. El fìnal resulta más claro: la pera cae madura  y la veo caer. No sé si es esa la razón; creo que, en el fondo, escribo así, un poema largo, un único poema. Tal vez mi respiración se amplió.

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En los ‘50 el español Rafael Alberti publica ‘A la pintura’ y en 2001 la argentina Juana Bignozzi da a conocer ‘Quién hubiera sido pintada’ (cito apenas dos de los numerosos poemarios íntegramente concebidos a partir de la incidencia de la pictórica en los poetas). ¿Qué articulación tendrá el tuyo, el que explora el territorio poesía y pintura?

Además de los citados, recuerdo ‘Las musas inquietantes’, de Cristina Peri Rossi. No estoy escribiendo un homenaje a pinturas o pintores. Es, en realidad, una reflexión sobre la génesis del impulso, sobre la profunda necesidad humana del arte. Y sobre la íntima relación entre poesía y pintura. Georges Braque decía: «El clima: hay que lograr una cierta temperatura que haga las cosas maleables», entre otras notas reunidas en ‘El día y la noche’. Wallace Stevens en ‘Adagia’, lo explicitó: «En gran medida, los problemas de los poetas son los problemas de los pintores» y agregó un lema maravilloso: «La lengua es un ojo». En mi caso no son notas para un ensayo: son poemas; aparecieron, es decir, golpearon a mi puerta y me comprometí con ellos, como suele suceder. El poema para mí es el lugar donde todo sucede, donde se unen lo vivido, lo soñado, lo leído, lo olvidado, lo imaginado. Los pintores que aparecen, en algunos de los poemas, lo hacen sin que me lo haya propuesto.

Si fueras una artista plástica, ¿qué temáticas abordarías, con qué procedimientos?

No lo sé, Rolando, no soy una artista plástica [risas]. Me encanta el óleo, pero… ¿Usaría acrílico para experimentar? Adoro la acuarela, ¿la usaría? Sé que trabajaría el claroscuro. Sé que trataría de dar al color sensualidad, que oliera, además de hablar. Sé que me aproximaría al objeto para diluirme en él; sólo me alejaría para la corrección final, como en el poema. Y como tanto la poesía como la pintura son intemporales, mi obsesión por lo efímero se expresaría también en ese medio. Creo que lo fugaz me acerca a la sensación de eternidad.

Precede la última frase de la novela ‘Varamo’, del bonaerense César Aira, las siguientes: «Si una obra deslumbra por su innovación y abre caminos inexplorados, el mérito no hay que buscarlo en la obra misma sino en su acción transformadora sobre el momento histórico que la engendró. La novedad vuelve nuevas sus causas, las hace nacer retrospectivamente de ella. Si el tiempo histórico nos hace vivir en lo nuevo, el relato que pretende dar cuenta del origen de la obra de arte, es decir de la innovación, deja de ser un relato: es una nueva realidad, y a su vez la misma de siempre y de todos». ¿Qué te promueve lo que acabás de leer?

No hay progreso en arte. Sí renacimiento, porque la creación es eso: un verdadero renacer. En el caso de la poesía, volver a nombrar el mundo, como si fuera la primera vez, con lucidez y con asombro al mismo tiempo. Bayley hablaba de «estado de inocencia y estado de alerta», ¿recordás? Por supuesto, coincido con la influencia del tiempo histórico; el poeta es un cronista de su época, lo quiera o no, aún siendo la poesía intemporal, en lo profundo de su corazón (esto no es una paradoja aunque lo parezca).

Dirijámonos a lo que redactó Julio Cortázar, en el primer párrafo de ‘Permutaciones’, una de las secciones de su ‘Salvo el crepúsculo’: «¿Por qué en literatura —a semejanza servil de los criterios de la vida corriente— se tiende a creer que la sinceridad sólo se da en la descarga dramática o lírica, y que lo lúdico comporta casi siempre artificio o disimulo? Macedonio [Fernández], Alfred Jarry, Raymond Roussel, Erik Satie, John Cage, ¿escribieron o compusieron con menos sinceridad que Roberto Arlt o Beethoven?». ¿Cómo proseguirías reflexionando, Paulina, a partir de lo encomillado?

Un debate eterno, siempre repetido. La sinceridad no tiene nada que hacer en arte; sí autenticidad. No se deben confundir. Reivindico la ficción para la poesía; sabemos que la ficción suele calar más hondo que la realidad. ¿Qué importa que algo haya sucedido en marzo si suena mejor noviembre? ¿Qué importa que invente una ciudad si es más vívida, más verosímil? Por otra parte, con autenticidad me refiero a la tarea del autor, cabal, honesta con el lenguaje, ese lenguaje que es el que debe ir hacia lo esencial, iluminar los rincones oscuros de la existencia. A veces ese lenguaje puede ser irónico y ser más leal. Una vez llamé a la poesía «un juego mayor».

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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti

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