En defensa de Pokémon Go

Según Wikipedia, deriva del antiguo inglés hatian, y esta palabra, a su vez, deriva del noruego hate, que deriva del protogermano hatojanan, derivado del protoindio-europeo kad. Pareciera que hablamos de especies de Pokémones, pero no, nos referimos al origen del término inglés hater, odiador para los que hablamos la lengua de Cervantes. Dicho esto, antes de proseguir, no estaría de más que admitiéramos algunas máximas:

  1. Todos los humanos, en menor o mayor medida, somos odiadores (y odiosos, por qué no decirlo).
  2. Todos los humanos, en menor o mayor medida, somos un poco hipócritas (sin cursiva).
  3. A todos los humanos, en menor o mayor medida, nos va un poco la marcha.
  4. A todos los humanos, en menor o mayor medida, nos gusta el juego (que no necesariamente jugar, ojo).

Mi penúltimo artículo en MurrayMag iba, precisamente, sobre el juego, sobre el mundo de los juegos de mesa. A puntito he estado, de hecho, de llamar a este artículo ‘Introducción antipedagógica a Pokémon Go’ o ‘Introducción antipedagógica al mundo de los odiadores (y odiosos, por supuesto)’. Pero vayamos directamente a la yugular, ya en serio: ¿estamos tontos? ¿O es que somos tontos ya de por sí? ¿Pokémon Go peligroso? ¿Pokémon Go un arma de control del capitalismo? Seamos serios, Oliver Stone.

Aprensión a lo nuevo y, sobre todo, a lo desconocido

Siempre recordaré, a mediados de los 90 del pasado siglo, la noticia del llamado “asesino de la katana” (El País, 4/4/2000):

El registro minucioso que la policía judicial practicó en el domicilio de las víctimas y del presunto parricida el pasado domingo arrojó todavía más misterio al suceso, ya que en la habitación del hijo mayor de la familia asesinada se hallaron diversos manuales sobre satanismo y brujería, así como un juego de rol llamado ‘Fantasy VIII’.

Para los odiadores en grado sumo quizás les ponga recordar también al otrora denominado “asesino del rol”. Pero volvamos al primero. Aquel 4 de abril del año 2000 yo contaba con 15 años y, como cientos de miles de adolescentes, preadolescentes y adultos de los cinco continentes habitables, también jugaba a ‘Final Fantasy VIII’. Antes, incluso, hube jugado a ‘Final Fantasy VII’; y aun después jugué también al IX y al X. Hasta el día que escribo jamás he tenido tendencias homicidas.

Podemos admitir, sin ánimo a equivocarnos, que los odiadores del rol en los 90 son los odiadores del Pokémon Go actual (como antes existieran los odiadores de Internet, del ordenador, de la televisión, de la radio, del cine, del tren, de la imprenta…). Odiadores (y odiosos), cuales meigas, los ha habido, los hay y los seguirá habiendo incluso de la idea de que el sol es el centro de nuestro sistema solar (que no de nuestra galaxia ni mucho menos del universo). Los tiempos cambian, sí, y con ello los odiadores y sus niveles de odio y superioridad moral. Sólo un dato, a modo de ejemplo y por ser el más reciente de los mencionados anteriormente, sobre cómo cambia la cosa en cuestión de pocos años: el mismísimo Ministerio de Educación recomienda el uso de los juegos de rol como herramienta pedagógica y de ocio y reconoce los múltiples beneficios de su uso. En el breve pero completo artículo en el que lo hace, publicado en el Portal de Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC), dependiente del propio Ministerio de Educación, se llama también a desechar muchos de los mitos que hicieron (y siguen haciendo) legiones de odiadores de los juegos de rol, a saber:

  1. El jugador y el personaje son la misma persona.
  2. Los juegos de rol enseñan a los jugadores cómo lanzar hechizos.
  3. En el juego de rol hay ganadores y perdedores.
  4. Los juegos de rol ensalzan la violencia.
  5. Los juegos de rol inducen a comportamientos obsesivos.
  6. Los juegos de rol convierten a la gente en criminales.
  7. Los juegos de rol inducen al suicidio.

Odiadores de Pokémon Go, cambiad en el anterior listado las palabras juegos de rol y poned las palabras Pokémon Go o cualesquiera otras que os vengan al pelo. ¿A que se parece mucho a vuestra idea del dichoso jueguecito que os trae de cabeza y al que no podéis dejar de odiar? ¿A que seguro, pero seguro, que sois capaces de añadirle un buen puñado de nuevas y potenciales malicias? A (pre)suponer:

  1. «Pokémon Go, aunque lo parezca, no es cosa de niños».
  2. «El juego y los móviles crean adicción».
  3. «Andar todo el día por ahí, con la de peligros y degenerados que hay… ni hablar del peluquín».
  4. «Y si te pegan un tiro como en Guatemala, ¿qué?».
  5. «¿Y si te da por escalar edificios como el alemán ese, ¿qué, eh?».

Y así un largo, larguísimo etcétera.

Volviendo a lo de Oliver Stone

Odiar o ignorar, lo mismo da. Las razones para un brexit a Pokémon Go de nuestras vidas pueden ser múltiples y variadas (y ni que decir tiene que muy aceptables). Chungo, muy chungo sería que todos bebiéramos de las mismas fuentes, disfrutáramos de los mismos divertimentos o nos riéramos de los mismos chistes. No sólo sería la cosa muy pero que muy aburrida, sino que nos tendrían muy pero que muy calado. Es lícito y de recibo disentir, sí, pero sin rayar en la pedantería ni hacer galantería de superioridad moral (que, en la mayoría de los casos, no es sino complejo de superioridad).

pokemon go

Sí, lo reconozco: Oliver Stone no se equivoca en la idea de que Pokémon Go es «un arma de control del capitalismo», pero decir algo así a estas alturas es como admitir que la cafeína no es buena para los niños o que el tabaco es malo para la salud. Darse de baja del capitalismo y la globalización, en cualquier caso, tiene fácil solución: se va uno a vivir a un bosque alejado de la mano de Dios y se convierte en un asceta. O eso o seguir pagando facturas religiosamente a través de los bancos que tanto han trincado del pueblo llano ya, seguir entrando en nuestras cuentas de Facebook, Twitter y compañía, que tan buena, fresca y rica información aporta a Zuckerberg y sus correligionarios, y aplicar muchas, muchas dosis de educación y sentido común. Así que volvamos a lo simple y llano, que se nos va el santo el cielo y el asunto del señor Stone es harina de otro costal.

Educación y sentido común

Qué duda cabe, como para todo en la vida, sin educación y sentido común no hay tutía. Nos pongamos como nos pongamos, tanto si somos padres para con nuestros hijos menores de edad como si ya somos adultos treintañeros y nostálgicos de los otrora iconos de la cultura popular de finales del pasado siglo, el combo educación-sentido común se antoja crucial para afrontar cualesquiera cambios en la vida (a cualesquiera niveles, eh: personales, sociales, culturales, políticos, tecnológicos…) sin miedo a caer en la olla a presión formada por medios de comunicación sensacionalistas, receptores de información mal formados (y peor informados), odiadores-odiosos por doquier y, en fin, puñados de grupúsculos de corte apocalíptico repartidos por el ancho mundo, menos interesados en hallar conexiones y puntos de unión y practicidad que en —con el perdón de la expresión— joder la marrana. En fin, que las excepciones nunca fueron reglas, y lanzándome a la piscina y poniendo la mano en el fuego sin miedo a quemarme, estoy enteramente convencido de que la inmensa mayoría de los adeptos al jueguecito de marras son del mismo calibre que en, otros tiempos, fueron igualmente adeptos de fenómenos semejantes (por cierto, igualmente ensalzados a la par que defenestrados): Minecraft, Candy Crush o Angry Bird, por sólo mencionar tres casos paradigmáticos.

Quién sabe si, como dice Enrique Dans, Pokémon Go no es sino una enorme nube de verano destinada a quedar como agua de borrajas:

¿Qué convierte a Pokémon Go en un juego especial? Básicamente, nada. El juego está, efectivamente, basado en una tecnología, la realidad aumentada, considerada ya como relativamente antigua, y recurre a un fenómeno, los Pokémon, cuya popularidad se remonta a los años 90.

El juego, como tal, no tiene nada especial, no resulta novedoso, y no explota ningún factor que no sea el hecho de conectar con una generación que, durante la segunda mitad de aquella década de los 90, creció coleccionando y aprendiéndose de memoria la lista de los Pokémon… O posiblemente, con los que entonces éramos padres de aquellos niños y nos hartamos de escuchar los nombres y las historias de aquellas criaturas.

La cuestión es que, a 31 de julio de 2016, lo cierto es que sí, la enorme burbuja creada ha comenzado a silbar y pierde peso por momentos, cosa lógica y normal: tras la tempestad siempre llega la calma, y ha de tenerse en cuenta que, evidentemente, buena parte de los millones de usuarios de Pokémon Go lo han sido apenas  durante horas y días. De momento, el futuro de Pokémon Go no es sino una sombra chinesca en constante expansión y contracción, un músculo a medio entrenar que precisa de las dosis adecuadas de nutrientes. Muchos son los cambios que la aplicación necesita, y de ello darán buena cuenta sin duda Niantic y Nintendo. Pese a todo, dice mucho y bueno de este fenómeno —estival, de momento— el hecho de que, como pocas veces antes haya conseguido un avance tecnológico (vale, la realidad aumentada no es nueva —de hecho, la propia Niantic es también la desarrolladora de Ingress, padre tecnológico de Pokémon Go creado en 2012—, pero nunca como hasta ahora ha alcanzado cotas tan altas de aceptación y popularidad), la diversión y, por qué no, la posible herramienta de aprendizaje —amén, sí, de potentísima herramienta de marketing—, haya saltado del salón de casa y de las habitaciones en penumbra a la calle. Queda esperar, pues, a las primeras hojas del otoño para ver lo bien o lo mal que van envejeciendo Pikachu y compañía.

Postdata: como el pasado siempre vuelve (siempre más envejecido y cada vez más desaprendido), mientras le dio la puntilla a este artículo, El Mundo abre su cabecera digital con el siguiente titular: ‘El asesino de Múnich mató como en un videojuego’. No aprendemos: se avecina tormenta.


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