La historia del hombre que sólo estuvo dos horas en Netflix

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A veces voy a remolque de la sociedad. Muchas veces, de hecho. No es por algún tipo de tara o de forzado nado a contracorriente en aras de erigirme como un outsider que desafía a los poderes y modas establecidos; simplemente soy un tipo que va a su aire y da la casualidad de que mis prioridades no son las habituales ni son compartidas por buena parte de la masa social. O sí lo son, pero con tempos distintos. Tanto monta, monta tanto.

Vivimos tiempos acelerados, cardíacos períodos de tiempo en los que apenas se deja que la gente asimile una película, un libro, un sabor o incluso un recuerdo: se hacen, venden, dicen y explican cosas pensando ya en la siguiente. Y es difícil apartarse de esa rueda vertiginosa que nos empuja a correr a base de «más, más y más en poco tiempo; deprisa, ¡corre!».

No recuerdo cuándo me hablaron por primera vez —o leí, da igual— acerca de Netflix, una plataforma de entretenimiento que proporciona mediante tarifa mensual streaming multimedia bajo demanda por internet y de DVD por correo —lo he consultado en Wikipedia, sí—. Ya desde el principio la palabra más relacionada con ella era maravilla y futuro. Y en realidad así es, ambos sustantivos le vienen que ni pintados: todas las series y películas —salvo excepciones por temas de derechos— a tu disposición por poco más de diez euros actualmente. ¿Cómo resistirse a ello? Pues yo lo hice. Durante meses y meses he resistido la tentación de hacerme con los servicios de Netflix, convirtiéndome en un habitante imaginario de la aldea de Astérix y Obélix, resistiendo con ellos las hordas del Imperio Netflixiano; no como jabalí, sólo Kit Kat.

Una resistencia homérica. Hasta el jueves.

El jueves decidí hacerme una cuenta en la plataforma. Introduje el mail y una contraseña; el sistema me informó de que disfrutaría de un primer mes gratuito y a partir del segundo se me cobraría una tarifa mensual. Acepté, tecleé los pertinentes datos bancarios y acepté los términos.

Y ya está, entraba en la nueva era de la televisión.

La del vértigo y el insondable abismo.

De súbito mi pantalla del ordenador se llenó por completo de pequeños recuadros —cinco por línea—, cada uno de ellos correspondientes a una serie de la que se disponían todos los capítulos emitidos hasta la fecha, ya estuvieran en activo o cerradas/canceladas. En la pantalla pude contar 20 series, pero cuando empecé a desplazarme hacia abajo con el ratón —scroll time— el número fue subiendo y subiendo. Y subiendo, como un coche que acelera de cero a 100 en tres segundos. Perdí la cuenta en la centena y, por un momento, pude ver el profundo abismo de las horas en el sofá frente al televisor, de horas y horas seguidas viendo series del tirón, de acostarme a las cinco de la madrugada, de no hacer nada más que leer subtítulos, escuchar openings uno detrás de otro…

Y también vi mi debilidad como ser humano, mi resignación antes de luchar y mi inevitable claudicación ante semejante vicio. Mi horror se transformó en un insondable pavor cuando vislumbré entre serie y serie carátulas de películas. Soy cinéfilo al 100 por 100 y mantengo —salvo excepciones— un romanticismo demodé que consiste en comprar películas en bluray para verlas en casa e ir al cine siempre que mi maltrecha economía me lo permite. Pero Netflix es otra cosa: ella sola se come las videotecasdeuvedetecas, bluraytecas, tedetecas… todos los formatos imaginables de visualización doméstica— y se fuma el papel de las entradas del cine. Todo el ocio audiovisual con un simple movimiento del dedo índice. Tan maravilloso como el universo finito, inimaginable para nuestros cerebros. Al menos el mío.

Esta semana observé los ojos de la bestia.

Y tuve mucho miedo. Un hombre que se metió en Netflix a las 11 am del jueves 1 de diciembre de 2016, sintió el pánico en las venas, vio lo indescriptible y abandonó Netflix a la 1 pm del mismo día. Dos horas en el borde del abismo, 180 minutos de vaticinio de la catástrofe. Ser consciente de la debilidad de espíritu de uno mismo no es plato de fácil digestión, pero las verdades hay que encararlas porque pueden trasformarse en algo oscuro si no las asimilamos. Yo soy débil con ese tipo de ocio, y no me queda otro remedio que convivir con ello. La marcha atrás es la única salvación de quien escribe.

Así ha sido Netflix en mi vida: una caída sin paracaídas de poco más de dos horas, un chute de la droga más poderosa y una resaca que todavía me durará varias semanas. Y cuando me nombren la plataforma sentiré el escalofrío en cada poro de mi piel, porque he visto el mal en mi interior y me ha horrorizado.

Admiro profundamente a todas las personas que son capaces de racionalizar semejante monstruo, algo que yo nunca conseguiré y por eso regreso al pueblo galo que resiste al invasor una y otra vez.

Por Tutatis.

Fotografía: Televisione Streaming ©

bluebird Comunicación
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1 Comentario

  1. Todo lo que vivimos ha de ser contado. Así es.

    Veo que todavía hay personas que analizan y reflexionan sobre lo que les rodea. Gente que escribe diarios. Gente que piensa, en un mundo donde todo se quiere para ayer y lo importante es tener mucho y no valorar nada. Gente que se para a cuestionarse si hay que dejarse llevar o hay que hacer lo que uno quiera, lo que vaya con uno mismo, lo que se parezca a uno, lo que a uno le guste, independientemente de lo que digan, recomienden o piensen los demás, en ese mundo prefabricado, artificial, donde la felicidad es el consumismo abusivo, quizá para llenar vacíos existenciales.

    Es hora de cambiar todo eso.

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