Un día gris

No sé en qué momento estuve viviendo en Londres o en Nueva York, pero estuve. Un piso alto, como todos los que se veían desde la cristalera del salón. Yo estaba sentada en el sofá, tapada con una manta y con la mirada perdida, al frente. No estaba pensando en nada, ni recuerdo si había tele en la habitación. Sí pasó por delante un perro grande y tranquilo, de pelo dorado suave, atravesó ágilmente, casi flotando el salón y pude sentir cómo movía suave y lentamente la cola de lado a lado, el perro estaba feliz. Yo seguía con la mirada al frente y el cielo estaba gris. A veces me parece recordar que hay un hombre a mi lado, sentado en el sofá, pero de eso no estoy segura.

Esta tarde he sentido la necesidad irremediable de bajar a tomar un café conmigo misma a algún bar. Cogí las llaves, metí la autobiografía de Albert Camus en el bolso y salí en busca de un bar sin música. Entré en el segundo que vi. Había música claro, pero me senté fuera, en un sofá aislado, lejos de la música y el ruido de la calle. Es curioso el bar, está un metro bajo el nivel del mar y la calle. Bajas unas escaleras y entras en una cueva-bar. Me sirvieron el café manchado y tras dejarlo enfriar un poco lo terminé. Me quedé tumbada uno o dos minutos en los que reflexioné sobre estar tomando un café sola, en un día gris. Me pareció fantástico pero casi no abrí la autobiografía. Tenía demasiadas ganas de seguir el paseo, conmigo misma, y llevé la taza adentro y pagué. De vez en cuando llegaba a mis oídos el sonido del mar de fondo así que no pude resistirme a pasear junto aquel murmullo oscuro, lejano y cercano a la vez. Paseé por la derecha del paseo marítimo, cerca de la barandilla, más cerca del mar. Reservando la derecha del todo a los perros y sus dueños. Crucé unas calles hacia el centro de la ciudad, sola, y entré en el supermercado en busca de algo que subir al piso, para el perro y para mí; y para el posible hombre de mi derecha. No podía evitar desear que el hombre estuviese de verdad. Todo era raro, subí una ensalada, y atún, frutos secos y pasta de dientes. En la cola había una mujer con un gorro de lana que le habría regalado alguien por navidad, reconocí la lana porque estoy haciendo una bufanda con esa misma lana, le regalaré a mi madre un gorro así pensé. No sé hacer gorros de lana pero tendrán que ser más rápidos que la bufanda. Pagué y subí por las escaleras, subí con ese olor a producto de limpieza que me gusta tanto, como el olor a esponja llena de gel y agua. Respiré profundo, tampoco mucho porque no tiene que ser bueno, como la gasolina o el olor a pintura. Subí al piso y tras colocar las cosas en la despensa y el frigorífico saludé a las cuñadas de mi tía, con la que yo vivía mientras estudiaba. Eran bajitas, con una cabeza desproporcionadamente grande, labios pintados y de punta en blanco, curioseando cada mueble, foto y lámpara de la casa; pero muy simpáticas. Cuando le dieron el visto bueno a mi cuarto, misteriosamente ordenado, me senté en la alfombra, crucé las piernas y cerré los ojos apoyando la cabeza en la pared. Respiré profundo y volví a mi piso de Londres o Nueva York; el cielo sigue gris. Abro los ojos, y aquí el cielo también sigue gris. No he mirado la hora ni un momento, allí no tengo hora, aquí no me preocupa la hora tampoco así que sigo sin darle importancia. Cuando era adolescente me agobiaba estar sin hacer nada, sentía cómo el tiempo corría, yo lo notaba como un fortísimo viento sobre mí, quería cogerlo, agarrarlo, pararlo, ralentizarlo aunque fuera, agarrarme a él o hacernos amigos para que me llevara consigo, a su velocidad. Quería dejarme llevar, o sumarme él. Pero ahí estaba yo, anclada al suelo, sintiendo cómo el tiempo me azotaba la cara mientras era imposible, por supuesto, agarrarlo.

Aprendí, en Londres o Nueva York a dejarlo correr, soplar con fuerza, velocidad, porque esa era su forma de vivir, siempre lo había sido. Yo no soy el tiempo, ni el viento, ni el mar. Yo solo disfruto de ellos porque son la naturaleza, y como ser vivo me place simplemente el hecho de escuchar el mar de fondo, sentir el viento en la cara, el sol en la espalda, acariciar al perro dorado, pensar en mi madre, oler barniz al ir paseando… simplemente el estar con la mirada perdida me hacía sentir placer, estaba completamente feliz en ese piso de Londres o Nueva York, yo lo sé. El día gris es como entrar en primavera, huele bien, estás nervioso de amor, estás a gusto contigo mismo y no eres menos que el mundo. Andas a tus anchas porque el aire que respiras te va llenando por dentro, y sin saber hacia dónde caminas te sientes libre de poder vagar sin rumbo. En un día gris patinarías sin caerte aún sin saber bien ´como se hace. Eres hábil y tienes la mente abierta para respirar productos de limpieza, controlar esa esnifación incontrolada, dar un paseo, mirar todo o nada y sentirte en paz contigo mismo simplemente por estar en un día gris.

Aquí, casi todos los días grises, me proporcionan, a saber porqué, el gusto de viajar a ese piso de L o NY, estoy sola y feliz, con el perro claro, pero sé también que el perro no es mío, me gusta pensar que el dueño está sentado a mi lado, pero no lo sé; no sé si alguna vez estuve allí de verdad, quizá nunca estuve; eso sí, todos los días grises con la misma mirada perdida aquí vuelvo a aquel salón, con la misma sensación y el mismo cielo gris.

bluebird Comunicación
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