Tu amor

Al abrigo de tu amor, todo lo que me rodea está adquiriendo un color en la vida y una fuerza impetuosa. Si esto es amor, no puedo parar de preguntarme por qué no se ha asomado antes. Preguntas sin respuesta de las que realmente no preciso contestación, puesto que estás aquí, conmigo, al fin. En verdad, el aroma enrarecido que envolvía esas preguntas ha clareado, de tal forma que el arcoíris vuelve a resplandecer, arriba, ingrávido en un cielo límpido. Ahora todo es pureza, alegría, tranquilidad del alma. Me miras como nadie antes me ha podido mirar: no cuestionas mi silencio, sabes perfectamente cómo me siento. Y así, tu mirada me reconforta y me eleva. Tu mirada es imborrable, como una marca de nacimiento. Me persigue y me gusta que intente atraparme entre todas las miradas de la gente, incluso en los objetos. Lo siento y lo noto en mis carnes. Esa mirada simboliza la fuerza de la que yo carecía antes de conocerte. Me recuerda el mensaje de la vida: vive, siente, reparte, haz sentir. Siento y hago sentir. Meliflua y dulce reciprocidad. Provoco sentimientos benignos y positivos en ti a la vez que tú en mí. ¿Cómo puede existir un marco tan imposible? Durante muchos años he creído hercúleo el dar la felicidad a alguien con quien querer compartir los segundos de un reloj inexorable.

Me atrapaste en tu red sin que hubiese ser vivo que quedase atrapado. De algún modo te alzaste con esa cuerda –gruesa, portentosa, infinita, suave al tacto–, y no tuviste otra ocurrencia que arrojarla en mi dirección. ¿Cómo agradecértelo, cuando no lo merezco? Siempre te enfadas cuando lo menciono. Abrázame, me dices, cuando también quieres decirme que abrace la vida. Y yo te abrazo, rápidamente, faltándome los segundos para hacerlo. Allí, al amparo de tu abrazo, la vida cobra otra dimensión. Me subo en una burbuja impenetrable, irrompible, que me transporta por el planeta. Estrellas que centellean pasan a mi vera, mientras vuelo y surco el aire límpido. Esa burbuja me muestra sólo felicidad. Me muestra bienestar. Me muestra vida.

Tus abrazos son como una gran telaraña. Eres la araña, pero preciosa y digna de contemplar. No tienes ocho ojos, sino dos, que atrapan y cautivan a la vez. La trampa, preparada; la trampa para que mi cuerpo sea tuyo. Posees dos brazos, como si poseyeras ocho. En tus abrazos el frío desaparece: cierro los ojos y no puedo más que figurarme en una isla paradisíaca, bajo un sol abrasador pero agradable. Y cuando me hechizas y me mandas con tu mirada y con tus brazos que me tumbe en la cama, todo se beatifica. Igual que la panacea perfecta que el ser humano lleva siglos buscando, cuando me haces el amor, cualquier vestigio de operaciones, de dolores, de quejas, de dramas, de amarguras, se borra. Se difumina en un santiamén, expulsado hacia el cielo cual un cohete que despega.

Empero, no sólo se trata de belleza o poesía en tu cuerpo. Tu parla me embelesa. Jamás antes pude creer que unas conversaciones con alguien pudieran alargarse en un espacio amplio de tiempo. Los seres humanos me hastiaban, me aborrecían, tornaban mi plato de sopa insípido. Con tu aparición la vida adquirió entretenimiento. Sentido también. Tu inteligencia, tu pasión por distintas aficiones, tu inconformismo, tus ansias insaciables: representas la princesa que Disney jamás ha podido trazar. Cuando te sientas frente a mí, con una mesa que se me antoja como una pared que me aleja mucho de ti, das rienda suelta a tus diálogos llenos de significado. Plateas sobre tantos temas que acuso un tanto de mareo, un mareo meloso y narcótico. La droga de tu elocuencia y lucidez, de tus argumentos de fantasía, de tus mundos de lucha y entrega, toda esa droga se cuela en mis venas y me contagia. Anhelo más y más, siempre insuficiente. Y tú me das más y más con suma naturalidad, porque se halla en tu propia naturaleza. ¿Cómo podré agradecértelo, si no me lo merezco?

Podría cantarte eternamente, rallar infinidad de renglones, pero no quieres. Actos, me instas a decir. Actos hacia ti, en los besos, en las caricias, en las miradas, en las quedadas, en las cenas con velas, en los regalos, en las sorpresas. Quieres que escriba, pero no sobre ti. Que invente nuevas fantasías, que deleiten al lector y al imaginario humano. Te prometí que así sería y así va a ser. Tan sólo necesitaba dedicarte unas líneas que al menos compensaran el sinfín de sonrisas que me has dibujado.

Ahora ya lo sabes, mi Dulcinea, mi Beatriz. Me guías hacia el paraíso de ilusiones perdidas y baúles de recuerdos infantiles. Espero permanecer allí hasta que el corazón no aguante más. ¡Te amo!

bluebird Comunicación
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