Sueño gris

En algún lugar no especificado de la isla de Manhattan, en una fecha que a nadie le importa realmente, está lloviendo. Bajo un cielo gris plomizo, detrás de alguno de los miles de ojos cuadrados que vigilan la ciudad que nunca duerme, hay un hombre metido en una bañera de patas. Ese hombre está viviendo un sueño. Estar donde está ahora mismo es lo que siempre había deseado, toda la imagen es exactamente igual a la de sus fantasías. Cuando era un adolescente siempre quiso tener un apartamento en Nueva York, con un baño en el que hubiese una bañera de patas frente a una cristalera que mostrase una vista esplendida del skyline neoyorquino. Y ahora lo tenía, eso y mucho más. Dinero, mas del que podría gastar en una vida, mujeres, todas las que un hombre podría desear, de hecho, una de ellas está entrando en este momento por la puerta. Va descalza pero no importa, el suelo es térmico y todo el apartamento está climatizado, lo cual es bueno, teniendo en cuenta que lo único que la cubre es una fina bata de seda. Se acerca a la bañera con un paso elegante y sensual como el de una gata, midiendo cada movimiento de sus largas piernas y meciendo con encanto animal sus caderas y su melena rubia, despeinada tras un despertar lo suficientemente intenso como para tener cabida en una novela erótica. Se apoya en el borde de la bañera, insinuante, dejando que sus curvas hagan algo más que adivinarse tras la fina tela. Le mira intensamente, le ama, le desea, le impone su sola presencia. La nuca de él no parece capaz de darle respuesta a esa mirada felina. Le besa la mejilla, le acaricia la barba incipiente que cubre su mentón en un esfuerzo vacuo por llamar su atención. Nada. Ella no le interesa en absoluto, en general nada le ha interesado en su vida, porque nunca ha sabido lo que quería, por eso intentó tenerlo todo, si lo tenía todo, necesariamente tenía que encontrar lo que le faltaba. A pesar de todos sus intentos, lo que sea que estuviese buscando no estaba en el fondo de aquella bañera soñada ni perdida entre las curvas de aquella belleza rubia que, sintiéndose ofendida por su indiferencia se va indignada y con la cabeza bien alta de la habitación. Cada paso que da hace que su piel perfectamente pálida y suave roce contra la fina seda, produciendo un sonido que suena como un trueno en el abrumador silencio que inunda el baño. Volverá. Todas vuelven. Y si no lo hace, la verdad es que tampoco le importa.

La lluvia repiquetea en el cristal. Una gota cae desde el grifo y el sonido húmedo y redondo que hace al estrellarse contra el agua queda suspendido en el aire cálido y húmedo durante un instante. El día, todo a su alrededor, es abrumadoramente gris. El cielo, los rascacielos, apagados, con las ventanas normalmente iluminadas, yacen muertos y descoloridos, como cadáveres de soldados que han muerto de pie y aguantan estoicos como recuerdo de la batalla, el Hudson, gris y turbio, agitado y contaminado, como las venas de un toxicómano, toda la habitación, las paredes son grises desde siempre y el blanco del suelo refleja el color ido del cielo, el mismo tono que tiene ahora su piel. Saca del agua una mano arrugada. La mira como si fuese un objeto extraño, como si acabase de tomar conciencia de que esa parte de su cuerpo lleva toda su vida pegada a su cuerpo. Gris. Por el vapor, por no tomar el sol, porque todo a su alrededor es de ese color y su piel ha comenzado a reflejarlo y porque su vida en general lleva años siendo de ese color. Gris. Gris aburrimiento. Aburrimiento de hacer todo lo que se supone que debe hacer y más y no obtener ningún placer de ello, solo momentáneos segundos de éxtasis que son tan efímeros que no pueden saciar el apetito de felicidad de un hombre. Gris de tener todo lo que cualquiera podría desear, un gris que simboliza exceder los límites que abarca la mente más codiciosa y aun así sentir en tu interior que no tienes nada. Ese gris, gris tragedia. El problema es, que no tiene problemas. Tiene muchas otras cosas, talento, suerte, dedicación, las claves del éxito. Tiene todo lo que hace falta para triunfar, y ha triunfado. Entonces, ¿Por qué no se siente un triunfador? ¿Por qué si tiene a una familia a la que adora, unos amigos antiguos y leales que le apoyan y le quieren de verdad, el trabajo con el que siempre había soñado, mujeres y hombres que le han y a los que ha amado de verdad, éxito y, en general, todo lo que alguna vez soñó en su cabeza, no es feliz?

Su último sueño, su última fantasía por realizar era ese baño. El lugar era el adecuado, las vistas, perfectas, la bañera de patas, igual que en su imaginación, su vida, tal y como siempre soñó que sería y el día, nublado, gris y lluvioso, como siempre había querido. Pensó que cuando tuviese eso sería feliz, pero se equivocó al llevar a cabo su sueño demasiado al pie de la letra. Cuando, siendo un adolescente, soñó por primera vez con aquel lugar, soñaba con un lugar idílico. Un lugar idílico que era la residencia de un hombre hastiado de la vida. La residencia de un hombre que lo tenía todo pero que se sentía como si no tuviera nada. La casa de un hombre… Gris. Y hasta eso, le había salido perfecto, como todo lo que hacía, tuvo un sueño y, tal como siempre le ocurría, había logrado alcanzarlo. Ahora, él era el hombre gris, hastiado de la vida que, en un lugar no especificado de la isla de Manhattan, en una fecha que a nadie le importa realmente, está viviendo un sueño. Un sueño del que él es el desafortunado protagonista que, flotando en una bañera de patas, frente a una cristalera que ofrece una hermosa panorámica del skyline neoyorquino, mira al lugar de sus sueños, se introduce totalmente debajo del agua caliente y cierra fuerte los ojos, esperando que, como ocurre con las pesadillas, cuando los vuelva a abrir, esté en un lugar mejor. Uno que no sea tan insoportablemente gris.

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