Sonríe, todo es cuestión de actitud

Cuando oye que ha cerrado la puerta siente una cierta paz. Lleva la media hora que tarda en arreglarse e irse, llamándole cerdo, guarro, asqueroso, tirano, ruin y alguna cosa más en voz bajita. Sólo puede oírlo ella. Pero tiene la extraña esperanza de que su mal rollo le llegue y le joda el día de alguna manera.

Todas las mañanas lo mismo. Todas se despierta llena de odio. Y no es por el poco cuidado y mucho ruido que hace al levantarse, ducharse, prepararse el café o ponerse la ropa con “ese ruidito de los cojones” que hace la hebilla de su cinturón. Soltar toda esa batería de insultos le hace sentirse mejor.

Que la despierte a las 7 de la mañana sólo es un motivo más para odiarle. Aunque le odia todo el tiempo, despertarla tan pronto sólo influye en que le odie más horas y desde más temprano. Nada más.

Desde ese momento en adelante, ese odio va encontrando su justificación a cada paso que da en el nuevo pero repetitivo día. Le odia nada más poner el pie en el suelo y ve los calcetines en mitad de la habitación, el pijama tirado, la ropa del día anterior esparcida por todo el cuarto… Le odia cuando va al baño y se encuentra todos los días la tapa del váter abierta, el espejo manchado de pasta de dientes, el cajón del armarito mal cerrado… O cuando pasa por la cocina y ve la encimera llena de café, migas de galletas, azúcar, restos pegajosos de pulpa de naranja y el litro de leche fuera de la nevera. Siente un odio tremendo y una irritación desmedida cuando ve el cubo de la basura con la tapa puesta del revés, pringándose el asa con las cáscaras de las naranjas.

A veces se siente una maniaca con trastorno obsesivo compulsivo… Pero luego sólo tiene que abrir un cajón para encontrarse los cubiertos mal ordenados, el paño de cocina mojándose en el fregadero o el grifo mal cerrado para ver justificado su odio.

“Joder, qué asco de tío”…

Así que cuando se despierta y sin saber muy bien si es porque ha tenido pesadillas con él o porque simplemente le tiene harta, lo primero que hace es insultarle mientras se hace la dormida.

En cuanto oye las dos vueltas de la llave, respira y se levanta directa a ponerse un café.

Pone la tele para ver las noticias. Siente repulsa al escuchar la manera de mentir y de manipular. Se ducha y coge el metro, donde tras dos transbordos, aguantar la mirada asquerosa de algún hombre y soportar a gente poco aseada, llega a la tienda donde trabajaba a media jornada por 500 euros para una amiga estúpida, con vida estúpida, que vende estupideces a “tías tontas” que usan palabras como, holi, cuqui, karma, armonía, paz, madretierra, viejoven, y que acababan frases con coletillas tipo “no, lo siguiente”, “lo dimos todo”, “antes molaba”…

Sabe que en algún momento de la mañana, su jefa-amiga la llamará para decirle con voz petulante y cariñosa que las cosas están muy mal y que hay que “apretar” para vender más, que seguro que hoy va a vender mucho, porque hace un día buenísimo y le desea que tenga una buena mañana.

“No te olvides de poner buena cara, hay que sonreírle a la vida. Todo es cuestión de actitud”.

Tras 4 horas en la tienda, el recuento siempre es parecido. Dos gordas a las que les tiene que decir que les queda bien algo que las hace aún más gordas. Tíos que hablan mirándole a las tetas. Algún gay estridente con una voz que parece que se ha tragado un globo de helio, al que todo “me encanta” y no para de halagar el buen gusto de la tienda. También están las parejas que discuten todo el rato y todo el rato se tiran dardos, llamándose “cari”, eso sí. Tampoco faltan las parejas donde, mientras la chica toquetea todas las cosas, el chico la mira de manera furtiva desnudándola con cara de seductor interesante. Y lo peor es que busca a ver si es correspondido con una mirada cómplice de ella. A veces no sabe qué es lo que más asco le da. Que la miren de esa manera tan obscena, que haga de menos a su chica siendo tan vulgar, o que el subnormal crea que tiene la más mínima posibilidad de que ella le devuelva la mirada y se vayan al baño a chupársela en un descuido de la novia.

Todas las mañanas son un desfile de despropósitos.

                                                “Sonríe, todo es cuestión de actitud”.

Luego vuelve a coger el metro con sus dos transbordos para llegar a casa y comer algo.

Rara es la tarde en la que no queda con alguna amiga para hacer algún plan.

Normalmente esos planes le dan igual, pero quiere socializar con el máximo número de gente posible, pues busca como una princesa de cuento de hadas a alguien que la despierte y la saque de la mierda de vida que siente que vive.

Pero esas tardes suelen acabar soportando las chorradas de sus amigas.

Que si a Fran le va a ascender. Que están buscando un billete para irse a Tailandia en verano. Que no aguanto a la compañera de trabajo de Fran, que le mira que parece que se lo va a comer…

A quién? A Fran? Ese tío gordo, calvo y asqueroso que no para de mirarme las tetas cuando habla? Que sólo sabe hacer gracias machistas? Que presume de BMW de tercera mano? Que escupe al hablar y le apesta el aliento? A tu Fran?

Después de hora y media dando vueltas por el centro y tras un patético “bueno, amiguchi, me voy que viene Fran y no le tengo nada hecho para cenar”, la amiga se despide dejándole siempre la sensación de que tiene que espaciar más las quedadas con ella.

Bueno, tiene que dejar de verse con esa amiga, tiene que dejar su trabajo, tiene que dejar a su novio… A veces le dan ganas de correr cuando ve lo atrapada que está en esa vida. Sabe que sin un buen trabajo no puede hacer mucho. Pero por más que se mueve, no le sale nada decente.

Fantasea con encontrar un sitio donde la valoren. Que la valoren por sus estudios, por su experiencia, por su preparación.

Un trabajo que le permita mandar a su jefa-amiga-perdonavidas a la mierda. Un trabajo que le dé para vivir sola y alejarse del ruin de su novio, de la posición de poder que le otorga ser el que pone más dinero en la relación. Un trabajo donde conocer a gente interesante, donde salir a tomar algo no sea tener que soportar las miserias de nadie… Las mierdas de siempre…

Cuando entra en casa percibe ese olor tan característico que tiene el lubricante que a veces usan y sólo tiene que mirar la disposición de los cojines del sofá para saber que su novio se acaba de pajear, seguramente viendo videos porno de lo más sórdido.

Siente asco y paz a la vez. Al menos no tendrá que pasar por el trago de tener que ponerle una excusa.

—Amor, eres tú? —se oye la voz desde el baño.

“No, es tu puta madre… No te jode”.

—He venido con mucha hambre, qué has hecho para cenar?

“Que qué te hecho para cenar? Pero este tío es gilipollas”…

—Por cierto, amorcito, he tirado la basura porque ya olía. Amorcito, no hay que dejar que huela. Si ves que huele… Ah! Se me olvidaba, mañana hay fútbol y van a venir estos. Cúrrate alguna tortilla o algo así.

Me oyes? Joder, contesta! Que parece que hablo con las paredes.

Oye? Joder, tía… Me oyes?! Ya estás otra vez con esa carita…

—Carita de qué?

—Pues esa, hija, que parece que estás resentida con la vida.

—Qué?

—No sé, tía… No sé qué te pasa… No sabe uno cómo acertar contigo. ¡Vaya cara de amargada tienes!

                                 “Sonríe, todo es cuestión de actitud”.

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