Ruth

A sus 37 años Ruth ya sabe de sobra la sensación que le provoca despertarse en una casa extraña, tener que pelear con el recuerdo y la resaca para ver qué fue lo que la llevó hasta esa cama.

El choque con la realidad era demasiado abrupto en la mayoría de las ocasiones.

Odia despertar y recordar que ya a última hora de la noche le hubiera gustado salir de allí corriendo.

En estas ocasiones la resaca le pesa mil veces más.

Entonces todo se convierte en la manera más rápida de salir huyendo con toda la dignidad del mundo.

Y no son pocas las ocasiones en las que el entusiasmo con el que el compañero de aventura se levanta, le produce asco, le repugna.

Intenta no recordar algunas escenas de la noche porque se siente fatal, pero sabe de sobra que todo durará apenas unos minutos y en breve estará fuera de la escena del crimen.

Esa tensión de intentar zafarse del chico con el que estuvo follando toda la noche de manera cortés y a la vez disimular las pocas ganas de que le toque le saca de quicio, pero lo disimula bien.

El ritual bizarro de buscar la ropa por la habitación mientras se excusa por la prisa que tiene para ir a un recado casi de vida o muerte es sin duda el peor rato de la huida.

Se siente mirada con deseo, pero no le gusta. Siente que la mira recordando cómo follaba horas antes, cómo la chupaba y entonces se le llena el cuerpo de asco y de remordimientos.

Cuando las bragas aparecen a los pies de la cama, se las pone a toda prisa y con ello siente una sensación de protección que le provoca tranquilidad. Mientras se viste de espaldas hace gestos con la cara.

La incomodidad no le ha quitado la elegancia de salir despidiéndose con mucha amabilidad, pero es justo oír el portazo y respirar hondo.

“Joder, qué coñazo de tío!”, “buff, qué mal rato!”

Al salir del portal se encuentra con un domingo muy gris. Son las 12 de la mañana pero no hay mucha gente. El cielo está encapotado, el suelo mojado y lleno de hojas amarillas caídas de los chopos.

“Malditos tacones”

Ruth se ajusta la bufanda y se sube hasta arriba la cremallera del abrigo, donde tras colocarse el bolso en el hombro mete las manos.

Está lejos de su casa. No tarda mucho en encontrar un taxi.

Siente mucho frío y al sentarse mete las dos manos entre los muslos mientras le dice la dirección al taxista.

—Calle Fernando VI con Pelayo.

El taxi callejea hasta salir a la Castellana a la altura del Bernabéu.

Ruth empieza a hacer un recuento de la noche anterior, comenzó con sus amigas.

La primera hora en Malasaña, unas cervezas por el Dos de Mayo y unos gin tonics por la calle del Pez.

Después se fueron a la Sala el Sol y allí fue donde conoció al tal David con el que se acabó marchando.

Mientras baja una Castellana sin tráfico, casi desértica, no deja de pensar en todas la veces que se ha repetido la misma noche, pero el frio y el cansancio le tienen anestesiada y son pensamientos muy vagos. Ya no se fustiga, está acostumbrada a quitarse esa sensación de vacío con autoperdones y buenos propósitos.

Mira por la ventanilla. Colon, derecha, Bárbara de Braganza, Fernando VI.

—Por aquí donde pueda…

—Cuánto es?
—Son 15,85.

Ruth busca el dinero, le da 17 euros al taxista y se va sin esperar el cambio.

Al llegar al portal se ve en el reflejo del cristal y no se gusta nada. No se había desmaquillado.

Sube los tres pisos pensando en que ojalá su compañera no esté y se pueda quedar todo el día tirada en el sofá.

Pero cuando abre Lorena está en la puerta.

—Buff, vaya carita me traes. Madre mía! Tienes que habértelo pasado muy bien. A la noche me cuentas que me tengo que ir. Un besito. Chao. Chao.

Ruth va a su cuarto y se quitó la ropa.

Coge una braga, el pijama y se va al baño.

Al mirarse en el espejo se ríe de sí misma. Le hace gracia el dolor que tiene en la vagina y en el culo.

Se sienta en el váter y orina. Reconoce ese escozor demasiado como para alarmarse.

Se mira las manos y las tiene sucias, duras, descoloridas. El frio las hace parecer ajenas.

Se ducha con agua caliente, muy caliente. Hace especial hincapié en su sexo, en su culo, en los pechos, en la cara. Piensa que se está purificando con esa ducha. Se recrea.

Ya sabe que Lorena no va estar en todo el día.

Mira en la nevera algo para comer, pero nada le convence. Tiene demasiada pereza como para ponerse a cocinar.

Abre el horno y hay un plato con lasaña.

“Que guarrería tan rica”.

Come con la tele puesta. Zapea, ‘Padre de Familia’, lo deja.

Cuando acaba de comer, lleva el plato a la cocina y vuelve al salón con una botella pequeña de agua.

Baja la persiana de madera hasta la mitad y corre la cortina entera.

El salón se queda en una penumbra que poco corresponde a las horas del mediodía.

Ruth se tumba en el sofá y se hecha por encima un saco de camping que tienen a modo de manta.

Peter Griffin dice tonterías en la tele cuando Ruth desliza sus dedos hasta su sexo. Lo palpa y lo nota aun un poco hinchado.

“No si follar… follaba bien el tío”

Por un instante se siente excitada, pero está demasiado cansada.

Acaba ‘Padre de Familia’. Empiezan ‘Los Simpson’.

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