Risketos

A mi amigo Antonio

El escritor estaba sentado frente a su ordenador viendo una película argentina protagonizada por Ricardo Darín. No era de las mejores en las que había participado, pero su mera interpretación hacía que mereciese la pena el visionado. A mitad del metraje, el sonido de su móvil le alertó de que tenía una notificación de twitter. La leyó, detuvo la reproducción y abrió su procesador de textos habitual. Colocó los dedos sobre el teclado, fijó la mirada en la pantalla y, tras unos minutos de absoluto silencio, comenzó a escribir:

Madrid. Veintidós de mayo. Un vagón del metro de la línea siete sigue su rumbo imparable recogiendo a decenas, cientos, miles de habitantes y turistas de la ciudad, cada cual con una vida, una historia diferente que contar. En uno de los asientos está sentado un informático de poco más de treinta años. Son las tres y cuarto de la tarde y acaba de salir de trabajar. Está cansado. Quiere llegar a casa lo antes posible. Mira a su alrededor y encuentra una nube personas anónimas cuyos rostros probablemente expresen lo mismo que el suyo, esa mezcla de cansancio, apatía, costumbre y, al mismo tiempo, satisfacción por el deber cumplido, por el retorno al hogar, a la amistad, al tiempo libre o al amor.

El informático rebusca en sus bolsillos y extrae un reproductor de música conectado a unos auriculares cuyo cable está hecho una perfecta maraña. Se dispone a acabar cuidadosamente con todo ese lío cuando sus ojos se clavan en otro pasajero, un hombre de unos cuarenta y cinco años, con el pelo algo revuelto, barba descuidada y de aspecto general bastante desaliñado. Va caminando vagón por vagón pidiendo una ayuda para sus hijos, pero lo hace de un modo que llama la atención del informático. No grita, no trata de dar pena, tampoco muestra un falso optimismo exacerbado ni muestras de agresividad contra el mundo. No. Simplemente camina y, sin repetirse en exceso, pide en voz baja una ayuda para sus hijos.

La mayoría de la gente parece ignorarlo, el metro avanza, ajeno a su presencia, entre Avenida de América y Gregorio Marañón y, de repente, una adolescente que parece haber salido del instituto repara en él. Lo mira detenidamente y alza la voz para llamarlo. El hombre se aproxima y ella abre su mochila. El informático lo está observando todo, pero el tren, que está ya cerca de su parada, comienza a aminorar la marcha. El informático se levanta de su asiento, pero su mirada permanece fija en ambos. Sin perder atención, se aproxima a la puerta. Entonces ella saca una bolsa de Risketos, extiende su brazo y se la ofrece al hombre. Por un instante, aquella imagen queda impresa en la retina del informático y varios pensamientos se cruzan en su mente: ¿qué es lo que mueve a la chica a ofrecer un alimento tan inapropiado para la necesidad que se requiere cubrir? No parece estar burlándose. Es más, probablemente no lleve dinero encima, sólo la bolsa de Risketos, y da la impresión de que está convencida de hacer lo que debe. Y el hombre, ¿tomará la bolsa? ¿rehusará el ofrecimiento? ¿qué le movería a aceptar o rechazar ese “alimento”, si es que lo hace?

El metro se detiene. El informático ha llegado a su destino, así que no le queda más remedio que salir. Lo hace mientras sus ojos siguen clavados en la escena del interior, mirando hacia atrás, esperando la resolución a sus interrogantes. Pero el brazo de la joven se mantiene extendido, el hombre sigue callado e inmóvil frente a ella, las puertas terminan de cerrarse y el tren continúa su trayecto dejando todas sus preguntas sin respuesta.

Minutos después, el informático está caminando hacia casa. Termina de desenredar los auriculares, se los pone y sintoniza en la radio una tertulia deportiva. Ese fin de semana el Atlético de Madrid y el Real Madrid van a jugar el último partido del campeonato de Europa de clubes. Dos equipos de la misma ciudad, de su misma ciudad, donde nació y donde ahora vive, luchando por ganar la final, un hito sin precedentes en la historia de la competición. Pero, a pesar del énfasis que ponen los tertulianos, el informático no está pensando en eso…

Por fin, llega a su urbanización. Son las cuatro de la tarde, y tiene bastante apetito después de otra jornada más de trabajo. Sube en el ascensor, coge las llaves, abre la puerta, se quita los auriculares, le da un beso a su mujer y va a abrazar a su hijo, de apenas nueve meses. Lo mira y la pureza de su sonrisa le hace consciente de lo indefenso que está el pequeño Antonio José sin él, de hasta qué punto lo necesita, de cuánto quiere a su bebé. Mucho. Muchísimo. Tanto que no le caben las palabras en el pensamiento, así que termina por lanzar afuera esos sentimientos, transformándolos en voz:

Te quiero muchísimo, hijo. Muchísimo…

Camina hacia el salón, se sienta en el sofá, enciende la televisión y permanece abstraído durante un instante, perdido en algún lugar de su propia mente. La llamada de su mujer para que vaya a comer le devuelve al mundo real.

Un segundo, no tardo nada.

Saca su móvil del bolsillo derecho del pantalón, abre la aplicación de twitter y, tras pensar concienzudamente cada uno de los ciento cuarenta caracteres escritos, envía un mensaje al mundo:
Un señor está pidiendo en el metro para sus hijos. Al no dar discurso nadie le da nada. Una chica le ofrece una bolsa de Risketos. ¿La coge?

bluebird Comunicación
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