Punto y coma

Era agradable ser negro de un escritor famoso, él pagaba siempre los cafés y yo escribía las mayores sandeces que he escrito nunca; él las ojeaba por encima y asentía, “esto no es lo que te pedí pero está bien, sólo tendré que hacer unos retoques.” Yo emitía una carcajada ahogada, dando a entender que sabía que no iba a cambiar nada, porque eso le supondría trabajo. Cuando estaba con él fumaba todo el tiempo y siempre llevaba las gafas de sol, como queriendo reprocharle que estaba aún en el lado salvaje de la vida y él era un aburguesado farsante, pero en el fondo sabía que las fiestas con cocaína y mujeres se las daba él, que yo sólo podía permitirme el tabaco y Alprazolam con receta de vez en cuando. Nos citábamos en lugares donde uno nunca espera encontrarse a un escritor famoso, restaurantes de comida rápida o cafeterías de centros comerciales alejados del centro. Me gustaba hacerle rabiar sacando a la vista de todo el mundo los folios escritos y la memoria USB con el archivo de Word —siempre le daba las dos cosas, así le ahorraba tener que copiarlo todo en su ordenador—. Él me pedía entonces que fuera más disimulado y miraba alrededor por si alguien le había reconocido.

—Ni que te estuviera pasando speed, gilipollas.

Un día le pregunté por qué venía él a entrevistarse conmigo y no su editor o su agente o algún pobre becario de la editorial. Resoplando, como diciendo “está bien voy a ser sincero”, me dijo que en su editorial no sabían que contaba con mis servicios —me gustó lo de mis servicios, me hizo sentirme como 007—, que no lo sabían ni siquiera su agente ni su mujer, que lo hacía por la falta de tiempo, los plazos de entrega, etc. Su método de trabajo consistía en idear la estructura de una novela y encargarme a mí las partes menos importantes para centrarse él en las otras. “No, si ahora resulta que la novela la vas a haber escrito tú de verdad”, le dije entonces, y cuando vi su cara de enfado tuve que relajar la situación como se relajan las situaciones con todos los escritores del mundo: halagándolo. “Oye, pues estoy deseando leer tus partes buenas.”

—En cualquier caso— le dije después de un rato, aplastando un cigarrillo como había visto hacerlo a Bob Dylan en vídeos del año 65—, deberías contarlo en tu editorial, esto es muy común hoy en día, no se van a sentir engañados. Las mismas editoriales suelen tener sus propios negros. Puedes decirles que me interesa estar en plantilla, que me sale muy bien el estilo de Cela.
—Cela está muerto.
—Pues mejor, hombre, no se encuentra una novela póstuma de Cela todos los días.

Y así me iban las cosas, yo contaba a todo el mundo que era negro del escritor famoso y la gente se reía, aunque pocos me tomaban en serio. Llegué incluso a estamparme una camiseta que decía “Soy el negro de Escritor Famoso”, y debajo llevaba el logotipo de Dharma, que no tenía nada que ver pero me parecía divertido. Lo mejor era cuando encontraba a algún fan y éste se enfadaba por el mero hecho de insinuar que su Escritor Famoso usaba —contaba con los servicios de— negros.

—Esas cosas se descubren enseguida, hombre, no es tan fácil imitar el estilo de alguien— decían.
Yo les respondía que qué era el estilo, que para la mayoría de escritores el estilo se limitaba a elegir si usaban el punto y coma o no.

Una noche sonó el teléfono en mi casa y la voz de una mujer preguntó por mí. Era raro que alguien llamase a mi casa, era raro que llamase a esas horas y era raro que fuese una mujer. Contesté y pregunté qué ocurría. “Soy Luisa, la esposa de Escritor Famoso. Él me ha contado quién es usted y lo que hace para él.” Guardé silencio unos segundos en los que elaboré mil hipótesis. Debo reconocer que la ingenuidad, que creía tener bien encerrada entre el bazo y el riñón izquierdo, se me liberó y subió desbocada por la garganta. Pensé que quizá Escritor Famoso había enseñado mis capítulos poco importantes a alguien, que le habían gustado. Pensé que a lo mejor iban a ofrecerme una oportunidad de escribir y publicar algo con mi nombre. Esas cosas que hacen ilusión a los escritores ingenuos, pobres negritos carne de cañón. Pero nada de eso pasó, claro, ella quería hablar de Escritor Famoso, era Escritor Famoso el que estaba en apuros. Resultó que se le habían echado encima las fechas de entrega de la novela en la que estaba trabajando —“en la que estabais trabajando”, matizó—, en la editorial la esperaban en tres días y aún faltaba mucho para terminarla.

—Que pida una prórroga. Con los libros que vende alguna deferencia tendrán con él.
La mujer suspiró: la fecha de entrega ya se había aplazado varias veces, en la editorial estaban nerviosos, por no decir que estaban hartos. Si no tenían la novela en tres días acusarían a Escritor Famoso de incumplimiento de contrato y tendría que devolver el adelanto que ya había cobrado, un cuantioso adelanto.
—Que ya se ha gastado —me aventuré a concluir.
—En efecto, la cantidad es tal que me temo que podría acabar en la cárcel — añadió ella—. Comprenderá que le diga que es una situación casi de vida o muerte.
Finalmente me explicó que Escritor Famoso se sentía muy presionado y estaba sufriendo una crisis nerviosa. Me pidió, casi me rogó, que acudiese a su casa para terminar la novela con él. Si los dos escribíamos a la vez, si no dormíamos en tres días, podríamos presentar un manuscrito a tiempo. Me pagaría el triple de lo que me pagasen normalmente.

Escritor Famoso y Luisa vivían, tenía que habérmelo imaginado, en un ático del centro. Un ático con portero y ascensorista, para más señales. “Supongo que no se les ha ocurrido que antes de ir a la cárcel pueden vender esta casa”, me dije a mí mismo mientras evitaba la mirada del ascensorista, que probablemente se preguntaba qué hacía un tipo con gafas de sol a las doce de la noche subiendo a la casa de un distinguido propietario. Una vez en la vivienda comprobé que la expresión “crisis nerviosa” no era más que un bonito eufemismo para describir el espectáculo que ofrecía Escritor Famoso. Tenía un puto Chernobyl en su cabeza: estaba en pijama, corriendo de un lado a otro del largo pasillo, agitando sus brazos como aspas y gritando cosas ininteligibles, a veces gruñidos animales. Sin embargo mi atención se desvió de él muy pronto, en cuanto vi a Luisa detrás, inmóvil. No hay nada más hermoso en el mundo que una mujer que está guapa vestida de andar por casa: tenía el pelo muy negro y lo llevaba recogido en una cola, vestía una camiseta de algodón blanca y unos pantalones vaqueros. Estaba descalza. Después de un rato de perseguirlo e intentar calmarlo —eso ella, yo quería placarlo en una de sus carreras o por lo menos ponerle una zancadilla—, logramos que Escritor Famoso se sentase en su escritorio y me enseñase lo que tenía de novela hasta ese momento. Durante unos segundos ojeé estupefacto el ordenador, y al cabo de un rato no pude sino decir: “Pero, cabrón, qué has estado haciendo, si casi todo lo que tienes aquí es lo que yo te he escrito.” Entonces Escritor Famoso emitió un alarido horrible, arrancó el teclado de un tirón, corrió por la habitación mientras gritaba “qué estás diciendo, qué estás diciendo, qué estás diciendo” y lo arrojó por la ventana.

Tardamos aproximadamente una hora en ponernos a trabajar. Tuve que volver a casa para coger el teclado de mi ordenador. Me pagaron el taxi. Cuando estuve de vuelta Luisa había hecho una tila para su marido y café para nosotros dos. Comenzamos a escribir frenéticamente. Él en el ordenador de sobremesa y yo en un portátil, el uno frente al otro. A las cinco de la mañana de esa primera noche aduje algún ruido imaginario como excusa para cambiarme de habitación; lo cierto era que sabía que, si seguía teniendo enfrente a Escritor Famoso, acabaría estrellándole la cabeza. Crisis nerviosas aparte, era un cretino de mucho cuidado: trataba a Luisa como un tirano; cuando ésta se le acercaba para asegurarse de que estaba más tranquilo, para ver cómo iba nuestro trabajo, la echaba de la habitación con un grito; cuando quería otra tila, un whiskey o algo de comer, la insultaba groseramente porque tardaba demasiado. También conmigo, aun sabiendo que dependía de mí y nada me obligaba a estar allí, intentaba ser cruel y despótico, que si tecleaba muy fuerte, que si mi respiración… Además teníamos que soportar sus esporádicos ataques, cuando se levantaba de pronto y gritaba que no nos daría tiempo ni en un millón de años. Acometía entonces una especie de baile de Sambito que, joder, me hacía un montón de gracia. Otras veces le daba por delirar y decía que nos iban a matar a todos y, además, a Luisa la iban a violar, lo que me hacía preguntarme qué clase de gente trabaja en las editoriales.

La novela, tampoco había que ser un lince para imaginarlo, iba a ser un desastre. Escritor Famoso no estaba en condiciones de trabajar, no razonaba, estaba ido. Hice la prueba cuando le propuse que el protagonista, un joven de clase obrera en la Segunda República, condujese un Aston Martin que había ganado en la tómbola de las fiestas de su pueblo. Me miró sin parpadear, como observando algo que supuse estaba detrás de mí, muy lejos de aquella habitación. Al final respondió: “Claro, por qué no, encaja con la dimensión de su alma.” Reconozco que en aquel momento tuve la tentación de vengarme por tantas cosas, de crear un absurdo digno de Breton o Dalí. El protagonista podía ser una oreja, Franco —sí, salía Franco en la novela— un ciborg japonés patrocinado por Coca-Cola. Fue por ella, porque me daba un poco de lástima, porque en el fondo quería agradar, que me contuve y no intenté más estropicios.

Así pasamos los dos días, sin dormir, tecleando cada uno en una habitación, consultando a veces lo que el otro estaba escribiendo —sobre todo al principio, después ya mucho menos—, Luisa trayéndonos comida y café, mucho café, bajando de vez en cuando a la calle a comprar tabaco. Para la media noche del segundo día habíamos terminado. Todavía tardamos un buen rato en unir las dos partes. Luisa, más ducha en cosas de informática que nosotros, se sentó frente al ordenador y comenzó a cortar fragmentos de un documento para pegarlos en el otro. Nosotros permanecimos detrás de ella, de pie, atentos como si fuera una operación quirúrgica. Después lo imprimió todo y, cuando al fin vi el grueso taco de folios escritos sobre la mesa, me sentí satisfecho y emocionado. En mi fuero interno sabía que la novela era una basura, pero aun así me sentía orgulloso. Escritor Famoso también debió de emocionarse de algún modo, porque de repente rompió a llorar y escondió el rostro entre sus manos. Un llanto agudo, pueril, un llanto ridículo.

Luisa me dijo:
—Mañana yo llevaré la novela a la editorial. Ahora voy a darle a éste un valium. Necesita descasar, dormir mucho —hablaba de él como se habla de los niños aunque estén presentes, como si no nos escuchasen porque su idioma no es el nuestro, como si habitasen otra dimensión. Entonces me decidí a hacer un último gesto de generosidad con aquel hombre. Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué mi último Alprazolam.
—Mézclaselo con esto. Le hará bien.

Escritor Famoso cayó dormido en cuestión de segundos. Me lavé la cara en el cuarto de baño y me dije que también yo necesitaba descansar, pero que me iba a costar mucho hacerlo al llegar a casa. Miré mi rostro en el espejo e imaginé que llevaba una máscara, una enorme máscara de madera como de chamán africano. Pensé que los tres, Escritor Famoso, Luisa y yo, durante tres habíamos interpretado un estúpido baile de máscaras durante tres días. En ningún momento habíamos llegado a descubrirnos la cara y seguramente era mejor así, porque al retirar cada máscara hubiéramos encontrado otra y luego otra más pequeña.

Cogí el teclado de mi ordenador y me dispuse a marcharme. Luisa me acompañó a la puerta. Me dijo:
—Gracias, muchas gracias. Has hecho mucho por nosotros. Y no creas que no sé que has escrito tú casi toda la novela. Nos has salvado la vida… a los dos.
Guardó silencio unos segundos, como buscando palabras en algún sitio. “Busca tu ingenuidad”, pensé, “busca en el bazo.”
—Me gusta mucho cómo escribes —dijo al fin—, tienes un gran talento.

El momento tiraba de nosotros, nos hacía actuar de una forma diferente a cómo éramos, nos exigía unas palabras así, aunque no significasen nada. Supongo que yo también era escritor y tampoco escapaba al dulce sabor de los halagos, porque aquel agradecimiento me emocionó sobremanera. Ahora era yo el que tenía lágrimas asomando en el borde de los ojos. Vi los primeros rayos de sol, el sol del tercer día, golpeando los muebles del comedor. Escuché los ronquidos de Escritor Famoso en su habitación, como a miles de kilómetros de distancia, y de pronto me sentí feliz, me sentí en paz. Había escrito una novela en tres días, nadie lo sabría nunca y me daba igual. Sabía que era una novela absurda, mala, y me daba igual. Notaba cómo la ingenuidad volvía a escaparse de mi interior, cómo crecía y luchaba por salir a borbotones por mi boca y me daba igual.

Debí comportarme de otra forma. A veces me digo que pude actuar como un personaje de cine negro —el momento me lo hubiera permitido—, coger a Luisa de su negra coleta y acercarla a mí. Besarla, cerrar la puerta y empujarla hacia el sofá. Pero en lugar de eso intenté rozar tímidamente su mano con mis dedos. Sin mirarla a la cara dije:
—Déjalo, Luisa, vente conmigo. Alguna vez publicaré mis propias novelas y también podré pagarte un ático así. Vente conmigo.
Luisa permaneció callada un buen rato, también sin mirarme. Aquel silencio fue como un tren de mercancías pasando sobre mí, podía notar las enormes ruedas metálicas clavándose en mi pecho con cada palpitación. Cuando no pude soportarlo más decidí aceptar mi derrota, me giré para abandonar al fin aquella casa. Fue entonces cuando ella habló.
— Ya has visto cómo es. Me necesita. Si me fuera no sobreviviría dos semanas.
Sin volverme contesté:
—Tampoco sé si merece sobrevivir dos semanas.
Y cerré la puerta.

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