Polvo de estrellas

Hubo un tiempo en que los músicos eran músicos de verdad. Una época en la que no se le concedía un título tan honorable como el de “artista” a cualquier niñato de quince años venido a más y con el flequillo encima de un ojo. Aquel era un mundo de hombres que no se sentían a gusto en el lugar que la sociedad les había concedido y mujeres que lucharon a muerte para transgredir las fronteras impuestas por el mundo y para salir de sus cánones sociales. La era de las grandes estrellas de rock. Mi momento de gloria…

Empecé como empezamos todos en aquel momento. Me compré mi primera guitarra en el mercadillo de un vecino, el amplificador funcionaba sólo a ratos y tenía que pisar el cable mientras tocaba para que le llegase corriente, pero yo era ridículamente feliz con ella. Junté a cuatro colegas en el garaje de mi casa, teníamos más ilusión que talento, sonábamos a auténtica mierda al principio pero cuando te pasas más tiempo allí dentro que perdiendo el tiempo en gilipolleces como, yo que sé, la iglesia o viendo la tele o soplapolleces del estilo, acabas mejorando.

Cuando los gatos de nuestra calle dejaron de ponerse a maullar acojonados cada vez que tocábamos pensamos que ya iba siendo hora de grabar algo. Pillamos el radiocasete y las cintas vírgenes más baratas que pudimos comprar y tocamos, tocamos hasta que a la cinta magnética no le cupo más, hasta que nos sangraron los dedos y se nos rompieron las cuerdas y entonces seguimos un poco más, porque nos encantaba lo que hacíamos, porque estábamos viviendo un sueño y no había otra cosa en el mundo que prefiriésemos estar haciendo.

Ahora tienes una cinta en la mano y quieres enseñársela al mundo. Se la enseñas a colegas, a asociaciones, intentas colarte en la emisora de radio que te pille más cerca y dársela a algún presentador para que la pinche, en definitiva, haces lo que sea con tal de hacerte un huequillo en el mundo del espectáculo. La mitad de las veces te ponen en la puta calle sin darte explicaciones, pero no importa, tú sigues saltando por tu cuarto tocando tu guitarra imaginaria como si fueras Genne Simmons, te pierdes en tu habitación mirando tus posters de Yngwie Malsteem, de Jimmy Hendrix, de Joe Satriani y sabes que quieres ser como ellos, que quieres subirte a un escenario y escuchar el rugido de la masa de gente que se da hostias delante de ti para estar cerca de ti, para tocarte, para escucharte un poco más fuerte que el de detrás. Ves a esa gente gritando tus letras, las tuyas, las de nadie más. Cuando escuchas a esas miles de gargantas coreándote… ¡Dios! No hay nada igual en el mundo, te sientes el amo del universo. Pero eso no lo sabes hasta que el amigo del primo del nieto del cuñado de tu profesor de biología te da tu primer bolo.

Vas a tocar en una fiesta en una bolera, van a pagarte con cerveza y perritos calientes pero como si no quieren pagarte una mierda, lo importante es que alguien te va a escuchar. Sales al escenario como si fueses Jimmy Page, te dejas la garganta y lo das todo y con que dos o tres personas te miren, se emocionen y les guste lo que haces ya te sientes como si hubieses triunfado en Woodstock.

Entonces empiezas a tocar en más sitios. En más fiestas, en un bar en una noche de micro abierto, en el auditorio de un colegio o en una boda. Y así hasta que un día, si tienes suerte, alguien te dice que le han pasado tu maqueta o que actuaste en el cumpleaños de su hermano y quiere ayudaros a grabar algo de verdad. Jamás he sentido el mundo más enorme y hermoso que en ese momento. Recoges los bártulos y te vas a grabar. Nunca has estado en un estudio de grabación y, joder, impresiona que te cagas. Te metes en las salas, haces lo que te dicen y lo que te da la gana a partes iguales y cuando acabas te dan algo que se parece remotamente a lo que debería ser un disco respetable y digno de venderse. Te lo ha producido el sello discográfico menos conocido que existe, pero tú quieres hacerte famoso así que te da igual. Entonces empiezan las giras. Pilláis la camioneta del productor y dais vueltas por todos los festivales, dormís en pensiones de mala muerte, cuando no en la propia camioneta, actuáis en los pueblos más remotos que se pueden encontrar para un público de vejetes aburridos que os tiran latas de cerveza y os llaman cerdos, hacéis de teloneros de grupos teloneros y, en general lleváis una vida insana, malviviendo mientras perseguís un sueño. Esa rutina se repite durante años. Os lleváis años y años tragando mierda, atascados en el peldaño en el que os encontráis sin ser capaces de subir, el grupo se os empieza a desmoronar, tu madre te dice que dejes de hacer el imbécil y vayas a la universidad, que no desperdicies tu vida y que te labres un futuro y esas cosas que dicen siempre las madres, empiezas a plantearte que no vas a llegar más alto que eso, que para cumplir las ilusiones también hace falta suerte y que, como dijo John Lennon: “I´m a loser baby”. Pero antes de tirar la toalla y salir del escenario por la puerta de atrás coges la guitarra una última vez, ajustas el ampli y te pones el micro delante de la boca, os volvéis a meter en el garaje que os vio nacer y que parece que va a veros morir y tocáis una última canción. Se la lleváis a vuestro productor con cara de escritor que le pone el punto final a una novela mediocre, esperando que a alguien le guste. ¿Y sabéis qué? Que, ¡qué coño! A alguien le gusta. Y no sólo a uno, a muchos. De repente te escuchas sonando en la radio, te llaman para grabar un videoclip y te dicen que eres bueno. Dejas las ferias y los bares y los sustituyes por los festivales y los teatros, atrás queda el garaje, ahora tenéis un estudio de calidad. Ese éxito, ese hit que os lanza a la fama no se te olvida en la vida.

Entonces llega el desfase.  Pasas de tu vida de chaval de barrio a la de una estrella del rock y, a pesar del esfuerzo y de todo lo que habéis trabajado, del tiempo que habéis invertido, tienes la sensación de que todo ha pasado muy deprisa. Tanto que no te da tiempo a acostumbrarte. Empiezas con los vicios, bebes, fumas, te llevas a un montón de chicas cuyo nombre ignoras a tu casa y, si eres de los míos, te drogas, te drogas hasta que el mundo da vueltas constantemente. Empiezas a hacer lo que te sale de la polla. Le pierdes el respeto a tus compañeros, apareces en las fiestas, borracho perdido, con la camiseta manchada de sangre, vómito y sabrá Dios qué más cosas y un abrigo de piel por encima. Sólo porque te lo puedes permitir. La prensa amarilla se ceba contigo, aunque tú se lo pones bastante fácil. Un día vas por la calle y ves tu foto en la portada de un panfleto de mierda, sales tirado en la acera con una botella en la mano e inconsciente o de rodillas en un baño con una cuchilla y un cerco blanco alrededor de la nariz. Cuando llegas ahí, es que has tocado fondo. Se disuelve el grupo, lo mandas todo a la mierda y vuelves a tu espectacular mansión a seguir bebiendo y poniéndote hasta las cejas en el sillón de piel de tu salón mirando tus premios.

Puede que en esa época yo estuviese muy puesto pero os juro que parecía que me miraban, y con muy mala leche por cierto.

Un día te hartas de la mala prensa y de las miraditas de desprecio y te desintoxicas, reúnes al grupo, grabáis otro disco y vuelves a la cima, más por la nostalgia de los fans que por otra cosa, el público os echaba de menos y se traga lo que sea que le vendais. Otra vez giras y conciertos y fiestas… Uno debería pensar que se aprende la lección pero a los que piensen eso les digo ya que pueden meterse sus opiniones por el culo.

Ahora mismo estoy en una suite de hotel más grande que vuestra puta casa y tan cara que ni aunque trabajaseis toda vuestra vida de mierda en vuestro puto empleo de mierda podríais pagarla. Tengo un carrito lleno de los restos de la comida más exquisita que he comido en mi vida y ¿sabéis dónde está ahora esa comida? Camino de la depuradora, porque la he devuelto toda de lo jodidamente borracho que estoy, lo cual es lógico teniendo en cuenta la cantidad de botellas medio vacías de champán y Jack Daniels que hay por el suelo y estrelladas contra las paredes. ¿Sabéis quién me ha sujetado la melena mientras potaba? Una puta, la más guapa y hábil del país, tan jodidamente cara que gana más en una sola noche de lo que ganará vuestra madre en toda su puta vida en su puto trabajo por mucho que ascienda chupando pollas. Y ni siquiera me la he follado. Solo me ha mirado meterme por la nariz el montón más grande de cocaína que hayáis visto nunca usando un billete de cien para esnifármela. Luego me he echado a llorar entre sus perfectas e interminables piernas, oliendo su aroma de mujer, porque me pongo sensible cuando voy colocado y me da el bajón pensando en lo que he hecho con mi vida y esas mierdas. En la habitación no queda ni un solo mueble entero, creo que me he roto un brazo y no sé ni cómo. Tampoco me importa porque no me duele, estoy como Tony Montana en ‘Scarface’. Intento coger la guitarra y tocar. Me la suda que sean las cuatro de la mañana y esté en un hotel. Si pudiese tocaría pero no me siento los dedos de ninguna de las dos manos. Me cabrea no poder tocar. Rompo la guitarra. La puta se asusta. Joder, ¿de qué coño se asusta? No voy a matarla ni nada. Está encima de la cama hecha un ovillo envuelta en su precioso vestido blanco, llorando. Es guapísima. Alargo un brazo intentando tocarla pero no llego. Doy un paso. Las piernas me pesan como plomo. No me aguanto de pie. Me caigo de cara a la moqueta que huele a vómito y a whisky. Me quedo ahí un rato con la mente en blanco. La nariz me sangra. Oigo la puerta cerrarse y tiene que pasar un rato hasta que asimilo que la puta comosellame se ha ido. Estoy solo aquí tirado. A lo mejor muero está noche aquí, en esta habitación de hotel. A lo mejor sigo vivo por la mañana, la limpiadora llama a emergencias, me llevan al hospital y vuelvo a empezar. ¿A quién coño le importa? Al fin y al cabo… Soy una jodida estrella del rock.

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Artista invitado de shows en parques y callejones. Siempre me tentó la idea de dejar mi Huelva natal y huir a Guatemala, a cultivar pimientos picantes y cambiarme el nombre por Anacleto, pero ninguna de las dos cosas le habría sentado bien a mi estómago. Si ser fotogénico fuese una enfermedad yo sería inmune. "Y yo con estos pelos" como forma de vida.

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