Pinilla y el paso del tiempo

Me encuentro con Pinilla en una cafetería cerca del Retiro.

Está muy cambiado. El paso de los años le ha dejado calvo y bastante más grueso. Apenas hay nada de aquel chaval delgado con patillas y rizos largos.

Hablar de los viejos tiempos siempre es reconfortante, sobre todo porque es hablar de cuando éramos jóvenes. No hay nada mejor que la juventud y nada peor que intentar seguir siendo joven a los 40. Pinilla ya no es joven. Habla del pasado con nostalgia, con simpatía, pero ni rastro de que aquello que le movía le mueve ahora.

Por mi parte, aunque muy desgastado y envejecido, me sigo viendo joven, a veces ridículamente joven. Pero he aprendido a parecer reflexivo, sereno. He aprendido a esconder el fracaso de no saber envejecer.

Porque envejecer no es que se te arrugue la piel, es que se te arrugue la esperanza.

Habíamos corrido tanto en aquellos años que no todo lo podríamos recordar.

En los 90 Pinilla y yo éramos dos chavales de Vallekas que salíamos por un Madrid un poco oscuro.

La música techno que entonces sonaba en Madrid iba asociada a pastillas, bakalas, Ray-Ban  Balorama y plumas Pedro Gómez.

Recuerdo que hubo una temporada en la que para entrar al OverDrive te hacían pasar por un detector de metales. Pasabas, te quitaban la navaja y te daban un número, como en el ropero, pero este era gratis, el de el ropero no.

Pinilla se echó una novia bakala, de esas que llevaban Levi’s ajustados, camisetas Bones, y botas Sendra. La verdad es que estaba muy buena y era muy morbosa. Se veía a la legua que tenía que follar de maravilla. Pinilla se coló por ella.

Aquella chica le llevó por la fiesta más dura, el Soma, el Spcka, el Attica, el Radical…

Un día la poli les pilló hasta el culo de todo porque se dieron una hostia en un coche robado. A Pinilla no le pasó nada pero decidió dejar aquella chica y aquella vida.

Para entonces entre nosotros se había enfriado la relación.

Yo había tirado por una vida más de porros, más de barrio, de colegueo.

Parque, pipas, porros, litrona.

Aunque no dejé de salir nunca, no era mi primera opción. La fiesta me resultaba demasiado agresiva, violenta.

No mucho más tarde, en el Revolcón, me encontré con esa chica y acabamos follando.

Aquello fue lo que más nos distanció. A partir de entonces Pinilla y yo apenas nos veíamos.

Me enteré de que se fue a vivir con una chica a la Sierra. Que lo había dejado todo. Que le molaba la escalada, el montañismo…

Estábamos a mil años luz.

Se casó, tuvo dos hijos y le fue bien hasta que hace dos años se separó.

La cosa con su ex se jodió y acabó fatal. Ella se fue fuera del pueblo y ahora él apenas ve a los niños, aunque creo por sus gestos que quizá eso no le preocupe en exceso.

Desde entonces dice que apenas sale más que para trabajar y que en el pueblo vive muy tranquilo. Se ha echado una novia mucho más joven y presume de dedicarse a su huertecillo en los ratos libres.

Parece muy bucólico pero en su gesto hay mucha amargura. Parece que vive rendido, cansado, resignado.

Mientras le miro, no puedo dejar de sentirme engañado. Me miente, me miente como yo le miento, no nos mentimos con mentiras de nuestras vidas, no han estado tan mal, en eso nos decimos la verdad. Nos mentimos en aparentar que nos gustan nuestras vidas. Nos mentimos porque al final no llegamos a nada. Nosotros sí sabíamos donde apuntábamos, aquellos planes que entonces no se hablaban, se percibían. Promesas que parecían imposibles de no cumplir. Como si la vida te tuviera que poner por cojones en el buen camino aunque día tras día tú te torcieras. Nunca pensamos que nos estuviéramos desviando de verdad. Era la inmensa fuerza que te daba la juventud que te hacía pensar que tenías tiempo de sobra para frenar, girar y enderezar…

Es posible que sea eso lo que hace de Pinilla un amigo especial, un amigo al que no es tan fácil esconderle el desengaño, el fracaso. Podríamos enumerar el uno al otro una lista infinita de propósitos despropositados.

Mirarle a los ojos es ver todo lo que pude haber sido pero que ni soy ni seré.

El café se acaba y empieza llover un poco.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y una promesa que a ambos nos parece real de vernos pronto y de llamarnos más.

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Madrid. 1975. Me deformé en colegios e institutos públicos. Castizo de varias generaciones, callejero, noctámbulo, fotógrafo y escritor autodidacta.

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