Otra vez Colombia

Dos grados más y el calor me hará perder el control sobre mí misma. Hace tres noches que no duermo y un sopor infinito me envuelve como en una nube de agua caliente y polvo que amenaza con engullirme. La tierra que piso se ofrece abierta y seca a los vientos de levante que azotan, inclementes, la poca vegetación que soporta el rigor de un clima inhóspito y desértico. De mi queda algo, la voluntad quizá de alcanzar aquella palmera escuálida. Visualizo sus cosas sin esfuerzo. Me basta el tono oscuro del cuero viejo de su bolso para evocar su figura plana saltando la valla que la separa de mí y de las vacas. Colombia espera. Aguarda mi llegada sentada sobre sus maletas, ocultos su ojos tras unas Ray Bans Wayfarer negras. El sol se desparrama generoso sobre su pamela roja, tan roja como sus zapatos y el vestido en el que se aprietan sus carnes expuestas al fuego del estío, al instante vivificador en que la imagino de nuevo mía, como nunca lo fue, con todas las posibilidades que encierra una segunda oportunidad. Colombia era apresurada y pasaba por mí como sin dejar rastro, solícita pero breve, veloz en la huida que emprendía tras el goce. Su cuerpo se despegaba de las sábanas sacudida aún por el temblor y a los pocos minutos el ruido del ascensor me la anunciaba ya lejos, demasiado ajena en su cercanía. La conocí en un tren de camino a Madrid. Sentada frente a mí la observaba dormir ligeramente inclinada sobre la ventanilla. No había nada en ella que me atrajese exceptuando su pelo cortado a lo garçon que no podía dejar de mirar y desear tocar. Abrió los ojos y pareció adivinarme a través del gesto con que me ofreció el frasco de agua de colonia que acaba de sacar del bolso. No era hermosa. Sí sensual. La amé aquella tarde con la premura que nos permitieron los estrechos márgenes del baño de la estación de Atocha y también dos días a la semana durante el año que duró nuestra relación. No sabía nada de ella, solo su nombre y su cuerpo, en el que diluía mi confusa identidad que ella iba cincelando con sus menudos y huesudos dedos, inmersa en un continuo estado de ensoñación que anulaba toda mi voluntad de no ser otra que una muñeca en manos  de una niña hambrienta a la que colmaban mis besos y mis caricias. Colombia me hablaba con un dulce acento argentino de la gente que vivía allá,  de Catamarco, de Chaco, de rio Negro, de la música que le gustaba y de los lugares que le gustaría visitar. Era una forma de hablar de sí misma sin hablar directamente de ella. Un día le pregunté ¿qué haces en Madrid? A lo que Colombia me respondió con otra pregunta, ¿qué quieres de mí? No supe que contestarle. Lo quería todo. ¿Qué haces el resto de la semana?, respondí a mi vez. No contestó. Se levantó de la cama, se vistió con más calma de lo habitual y se marchó sin decir adiós. En tres años no supe más de ella hasta ayer. Un escueto mensaje de móvil  me citaba a las cuatro de la tarde del día siguiente en la azotea del círculo de Bellas Artes. Así que aquí estoy. Me adelanto hacia ella agitando las manos  para captar su atención. Su imagen se corta y tiembla y como  un espejismo, se levanta en el horizonte y va desapareciendo a medida que me voy acercando. Intento tocarla. Apunto estoy y cierro mi mano asida a su costado. Pero no es ella. Solo aire caliente. Colombia ya no está, ni el autobús ni las maletas. Cierro los ojos. Los vuelvo a abrir. El ventilador sigue funcionando, son las cuatro de la madrugada. Sueño. Mañana a las cuatro.

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