Octavo mes

Agosto convertido en un páramo. El ventilador remueve perezoso el aire emponzoñado de la oficina, caliente y húmedo como el aliento de un animal moribundo. El suelo de parqué cruje de vez en cuando. Pisadas fantasmales, presencias invisibles que me acompañan durante las largas horas de un verano que me da la espalda.

Mi nombre no es importante, uno más de los millones que tiene la ciudad, una urbe que ahora mismo está prácticamente vacía y cuyos dueños somos nosotros, los evitamos el éxodo vacacional y reinamos los despojos de cemento que se alzan al cielo. En uno de esos pequeños reinos de taifas me encuentro yo. Planta número doce; son cuarenta segundos de ascensor directos, sin interrupciones es de esos ascensores que parecen querer sacarte las tripas por la boca cuando deceleran, lo más cercano que cualquier ciudadano de a pie estará de experimentar la ingravidez. Todos los días el trayecto dura esos cuarenta segundos, ni uno más, ni uno menos. Sin excepción.

No sé cuántas personas debe haber en mi edificio, pero dudo que seamos más de media docena sin contar a los guardias de seguridad de la entrada. Teorizo porque no los he visto nunca, no me he cruzado con ellos en el hall de la entrada ni mucho menos en el ascensor; los imagino preguntándose lo mismo en sus mesas de despacho, con el vacío a su alrededor y la inquietante sensación de vulnerabilidad solitaria. Así al menos me siento yo cuando de vez en cuando me recorre un escalofrío por la espalda y me tengo que levantar para dar una vuelta por toda mi planta para asegurarme de que no hay nadie más allí. Lo hago dos o tres veces cada día. No soy supersticioso pero siempre he pensado que los escalofríos nos conectan con otras personas, un mecanismo ancestral de pensamiento colmena que todavía no hemos aprendido a interpretar. Cuando termino mi ronda de inspección respiro aliviado y me premio con un café de la máquina del despacho del director. Nadie me lo echará en cara porque contaré con el factor de la condescendencia a mi favor. Nunca falla.

Hoy es el primer viernes de agosto y todavía estoy adaptándome a la inactividad. El paso de un mes de julio demoledor —hay que cerrar balances, cuadrar números, terminar tareas estúpidas pero que no se pueden dejar abiertas— a un agosto clínicamente muerto es de difícil digestión. El primer día supone toda una alegría, pero al tercero las horas se convierten en una agonía en la que las horas no te caben en las manos, los minutos martillean tu cabeza y los pies se remueven inquietos bajo el escritorio. Yo lo hago por dos razones: dinero y sociabilidad limitada. Me pagan un extra por ser agosto y fuera de mi trabajo no tengo nada que sea una fuerza mayor tal como para pensar en hacer vacaciones como las hace todo el mundo. Siempre viajo a destiempo, a propósito porque así consigo chollos que sólo tienen el inconveniente de ver una ciudad bajo la lluvia o con frío. Menudo problema. La gente es demasiado sibarita.

Consulto el calendario: me quedan cuatro semanas de relax asfixiante. Saco de mi cajón el libro que traje de casa para matar algunas horas: narra las desventuras de una suerte de tipo con poderes, temido por todos y que se ve obligado a un exilio durante el cual descubrirá quién es en realidad. Es la típica historia de viaje interior, falsa y pretenciosa, alejada de toda realidad. Si fuera así yo sería perfecto conocedor de mi propia orografía psicológica gracias a mis cuatro veranos consecutivos de exilio voluntario en la oficina. Ningún cometarros sería capaz de comprenderme mejor que yo mismo.

Y una mierda. Todas esas  chorradas de la introspección sólo sirven para vender libros a desesperados, dar conferencias a gente todavía más desesperada y predicar una seudo-religión que es más sectaria que cualquier otro culto. No me conozco más que hace cinco años, es decir prácticamente nada. La bucólica imagen del pensador silencioso lo es simplemente porque recordamos la famosa estatua de Auguste Rodin; el resto de mitología son paparruchas. La acumulación de horas en la oficina solo me han hecho más asustadizo, desconfiado y maniático: el primer año no me movía apenas de la silla, ahora los escalofríos me obligan a comportarme como un loco tres veces en apenas diez horas.

Aburrirse en una opción, al menos en mi caso. Las políticas de la empresa han convertido nuestros ordenadores en meras máquinas para la oficina sin ninguna otra vertiente. No puedo objetar nada al respecto. Descartada la opción virtual las posibilidades se reducen drásticamente: deambulo entre la radio y la lectura, sin atracar en ninguna de las dos, incapaz de plantar la bandera en su orilla. Me falta paciencia para escuchar y al mismo tiempo no puedo estar demasiado tiempo en silencio. Un desastre absoluto que convierte mi horario laboral en una pequeña tortura.

Ahora golpeo con dos bolígrafos en la mesa, convertido en el improvisado baterista del grupo de moda en mi cabeza. Es viernes y toca desmelenarse. Me imagino ante miles de personas que vitorean mi nombre, gritan a cada gesto que les dedico y corean las canciones que canta nuestro líder. Mi ritmo es malo pero en la imaginación es perfecto, sincronizado sin error con el compás de la canción. En realidad no existe público pero la ciudad me observa desde abajo; mi escritorio está junto a una ventana que da al exterior. Todo el barrio se derrama bajo mis pies hasta que el horizonte se difumina en la polución. Ese es mi público; ellos no lo saben pero asisten a un concierto excepcional, una perfomance que pasará a la historia.

No son muchos, atrapados en una ciudad que no les reconoce, empeñada en expulsar a sus habitantes durante esos largos y calurosos días de verano. Pero algunos resistimos. Ellos son los que me escuchan, los fans de mis golpes de baqueta —bolígrafos rojo y verde— con silencioso entusiasmo. Somos hijos del octavo mes, los que a nadie importamos pero que conseguimos que el mundo no deje de girar.

Ahora el redoble final. La canción pasará a la historia.

bluebird Comunicación
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