Moushine

moushine
Ilustración de Ángela Márquez

Siempre la llevaba dónde y como él quería. Siempre.

Mouhsine, un poco más, sólo un poquito más. Ahora más fuerte. Más despacio. Sigue golpeándote contra mí. Más fuerte. Muerde. Suave. Suelta. No dejes de tocarme. Muerde. Aprieta un poco más. Hasta el fondo. No quites mi pezón de entre tus dientes. Muerde. Más. Más aún.

Y así pasaban las horas. Así los días. Así los años. Ese era el truco. Hacerla creer que mandaba, que dirigía algo. Parecía, pero ella no verbalizaba más que los deseos de él. Él lo hacía adrede. Lo que Mouhsine no sabía era que lo hacía por su miedo subconsciente hacia el poder que ella tenía. Podría desmoronar todo su ser de sólo un soplido, como si de una torre de cartas se tratara. Ella también sabía cómo estaba siendo manipulada. Lo consentía. Lo disfrutaba. Lo deseaba. La problemática no se encontraba en la cama, ahí se convertía en un juego. Donde se acusaba era en el día a día. Entonces, ella se hacía cada vez más y más pequeña en su propio mundo. Menos significante para ella misma. Aún sabiendo que era una gran falacia. Para ella, regalar su autoestima así y sus propios deseos era lo que le habían enseñado que era amar. Para él que ella agachara la cabeza y pidiera perdón una y otra vez constituía lo que le habían enseñado que era amar.

Y toda esta obra psico-sado-maso a ambos les parecía amor y mantenía a sus propios ogros si no felices, al menos, entretenidos.

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