Mitómana

Nadie me saluda, a nadie saludo. El escritor Cifuentes Orduña se observa a sí mismo, pasea con las manos entrelazadas por detrás de la espalda, viéndose a los ojos de los demás, con la distancia y el aura de  un autor consagrado. Lo miro con la esperanza de que levante las vista y se dé cuenta de mí. Pero él sólo parece darse cuenta de sí mismo. No estamos en el plano figurado de las cosas sino instalados en la realidad misma de los olores, sabores y tactos. Si él me mirase ¿qué vería? Un algo que lo mira a través de unas gafas de montura roja y cabello corto e inmediatamente volvería la cabeza hacia otro lugar.

Durante los tres días del encuentro literario no he abierto la boca. Durante ese tiempo soy nadie así que puedo adoptar la persona que quiero ser. O el animal. Nadie me conoce, no conozco a nadie. El silencio y el anonimato me convierten en un personaje de ficción, en un ser irreal o fantasmagórico, por ejemplo, en un caimán, en una devoradora de personalidades.

El escritor sigue paseando, impaciente, aburrido, repitiéndose en su eterno ciclo de conferencias de círculos mercantiles y semanas literarias. No voy a tropezar con él, ni tampoco a mirarle. En un encuentro con la mirada baja no ves al otro; te lo pierdes, eso y una vida diferente pero ¿quién  quiere algo diferente? Nadie sabe mi edad. Puedo aparentar veinte, treinta e incluso cincuenta años. Depende de quien tenga que ser devorado. Ahora que voy de caimán, sin hacerme notar, merodeo por entre las sillas, clavo la mirada, descoloco a quien me hable sin que lo sepa porque no me miran a conciencia pero cuando duermen, sueñan conmigo. Por eso al segundo día de las conferencias, reparan en mí.

Cifuentes pasea hoy también pero esta vez tiene el rostro más levantado y de vez en cuando mira hacia mi asiento por si vuelvo, por si estoy mirándolo, por si existo como algo distinto a un punto en el infinito. Quizá este sea el momento. Avanzo hacia él. Pero una muchacha de pelo negro y mirada amarilla se me ha adelantado con un libro y quiere que se lo firme. El escritor saca su pluma del estuche, le firma el volumen y me vuelve a mirar. Esta vez no me escondo sino que le lanza una marabunta de pensamientos, frases como quiero devorarte poco a poco mientras te pierdes entre mis piernas que te enlazan como lianas y laceran tu cuerpo como espadas.

Cuando salgo del Ateneo es casi de noche. Aguardo en la puerta esperándolo. A lo lejos su pequeña figura se mueve despacio, a cada lado un anciano, casi tanto como él, que oye sin escucharlos porque sabe que lo estoy esperando con un propósito que intuye y que lo aterra. Está casi a mi lado. Puedo oler su colonia añeja mezclado con su piel. Sin despedirse de los otros me conduce en silencio a un coche azul que hay aparcado a pocos metros . Después se para y me habla. ¿Qué quiere de mí? me pregunta con un leve temblor en la mejilla derecha. Sabe exactamente lo que quiero. Por eso le susurro al oído los planes que he hecho para él.

Abre la puerta del coche y me invita a subir. Conduce despacio hasta salir de la ciudad. No parece cansado ahora. Su perfil es enjuto como todo su cuerpo. Se hace de noche. La  negrura verdea de puro oscura. Tomo su mano libre que descansa sobre mi regazo y me la llevo a la boca. Amaina la velocidad y para el coche en un paraje solitario que parece conocer, suelta el volante, me toma por los hombros e introduce su lengua de lagarto viejo en mi boca, registrando mis límites. Sus dedos apergaminados se mueven con soltura y pienso que son los mismos con los que toca el teclado de su Olivetti, los mismos con los que toma la pluma y firma los libros, los mismos con los que mañana  escribirá sobre mí.

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