La mancha del vestido

Hora del brindis. En medio de la euforia y las palabras de afecto empapadas en alcohol, alguien derrama por accidente (supongo) su copa de vino en mi ropa. Habrá sido la abuela quizás, bebe demasiado para sus problemas de tensión y su falta de memoria, pero oye, un día es un día, su nieta está guapa y la familia está junta. Los primos han venido del sur, en su coche viejo, dos paradas para tomar café y aquí están, compartiendo este día conmigo. Quizás, quien ha dejado caer el vino ha sido papá, que es torpe y tímido. No se emociona nunca, ni siquiera hoy al escuchar mis palabras inocentes llenas de afecto, de amor sincero. Os agradezco mucho que estéis aquí, de verdad, brindemos. Es el momento del café y los licores: seis tequilas, dos cortados y uno solo, por favor.

Justo ahora me acuerdo, no sé por qué, de la hierba que olvidé con prisas en la mesa del salón, mientras ella se peinaba el flequillo en el cuarto de baño, antes de ir juntas a comprar este vestido impoluto que ahora luce una enorme mancha rosada a la altura del escote.

La tienda en la que lo compramos, si mal no recuerdo, estaba escondida en una calle falsa que ella pintó sobre el mapa. Solía hacerlo a menudo, lo de inventarse sitios y ponerlos ahí, lejos de la autopista y el campo. Lo hacía con expresión de cansada, quizás de mí, después de largos paseos por el centro en los que bebíamos, comíamos y nos gritábamos. Vasos de cristal, sillas de maderas con vistas a otro año, a otro cuento. Aquí no hay campos de maíz ni el sol refleja el amarillo del centeno. Hay farolas rotas, niños empapados en sudor. Una y cien calles que dejan de existir por la mañana, todas pintadas con su carmín rojo.

Su nombre es Luna. Tiene la mandíbula marcada y un pelo largo que le tapa la mitad del rostro. Piernas delgadas y manos de algodón. Nos conocimos demasiado tarde y demasiado rápido. Me acuerdo de nuestra primera cita; después de contarnos tópicos, me dejó un poso de serrín en el cerebro que no he sabido barrer. Me desordenó con una precisión clínica, calculada. Desde entonces, tic tac, tic tac, manecillas en los párpados.

Piénsalo querida, lo tenemos todo, olvida la universidad; es solo un piso lleno de cuellos ahogados y tobillos con ampollas.

Hablaba sin parar después de cenar en mi piso, sentadas en el sofá, con la televisión encendida pero en silencio, mirándonos las bocas. Fumábamos, bebíamos, nos reíamos de su familia y de la mía, tan preocupados de vivir que se olvidaban de hacerlo.

Ha pasado rápido el tiempo. Casi no recuerdo cuando empecé el bachillerato y ella empezó a esperarme en la puerta, sentada en un banco, mirando nerviosa su reloj de plata, hasta que salía, mochila al hombro y nos dábamos dos besos inocentes, creyéndonos amigas. Los martes solía llamarme de madrugada con un plan distinto cada semana. Empezamos a visitar restaurantes, en los que pagaba siempre. Su sueldo de fin de semana repartiendo papeles en la puerta del metro, nos servía para ser adultas.

Poco tiempo. Dos años. Los dos años que dura el bachillerato, en los que suspendí matemáticas y las recuperé en septiembre. En los que me escapé de casa, por la rabia estúpida de mi edad, y volví llorando, con hambre y sueño. En los que crecí, me compré sujetadores, me puse maquillaje y acumulé vestidos blancos. Trapos más feos que este, que ahora luce esta enorme y estúpida mancha de vino a la altura del escote.

“Cielo, estás en otro mundo, brinda, brinda con nosotros”. La voz de mi mamá es suave. Estoy a gusto aquí, con los míos.

Ya no está Luna. Ya no hay nada de estos años. Llevo meses sin saber de ella. Creo que viajó a Marsella a estudiar francés y ha conocido a alguien. Tomará té con leche y croissant de desayuno en una terraza del centro, imagino, con los ojos cubiertos por unas enormes gafas de sol de aspecto distinguido. Y mientras yo aquí, brindando por vida, a punto de entrar en Derecho, con los libros metidos en mi cartera nueva, de cuero, regalo del tío Julián.

Entonces pasó. Justo cuando estaba a gusto, casi feliz. El móvil sonó, y la pantalla encendida me dibujo el gesto pálido. Tuve que salir de allí, rápido. “Ahora vuelvo. Sí mamá, estoy bien, son de la universidad, en cuanto llegue cortamos la tarta, no tardo”.

Pero no he vuelto. “Deberías llamar, cariño, estarán preocupados” me aconseja Luna, con las manos agarradas al volante nuevo, de camino de una vida nueva. Conduce mientras intenta intentar esquivar mi cara, mis manos. No me pregunto por qué hoy, y no antes. Nos vamos a matar, me dice, y yo respondo que paremos, rápido, y que pinte, por favor, una calle con tiendas muy cerca de aquí. Vamos, Luna, rápido, no aguanto un minuto más con esta mancha de vino rosado en el escote.

bluebird Comunicación
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