Lupe

Lupe se levanta siempre antes de las 7.

Prepara un café y comienza a recoger lo que se quedó sin hacer por la noche.

Pone en marcha el lavavajillas y empieza a preparar la comida del mediodía. Hoy, lentejas.

Echa en la olla unas costillas troceadas, una cabeza de ajo, un tomate partido y una cebolla entera. Lo rehoga un poco antes de echar las lentejas. Entonces le da vueltas a todo y echa agua, pimentón, una hoja de laurel, un pimiento verde entero, un trozo de chorizo y una punta de jamón.

Lo tapa todo y lo deja a fuego medio un rato. Pela unas zanahorias y un par de patatas que deja separadas, para echarlas cuando la cocción está más avanzada.

Quita la ropa de la cuerda tratando de doblar bien doblado el máximo de prendas para evitar plancharlas.

Sobre las 8 despierta a Rebeca, Rebe, su hija.

Rebeca tiene 12 años y es el orgullo del matrimonio. Es una niña educada y aplicada. Quizá un poco mimada, un poco “fresa”, pero está lejos de ser una niña repelente.

—Venga, arriba. Que ya son las 8!

La niña abre los ojos cuando Lupe sube la persiana y entra la luz. Se estira y sale de la cama con una energía solo propia del despertar de un preadolescente. “Dando un brinco”.

—Mmm… Qué bien huele! Qué estás haciendo?

Dice Rebe mientras abre la olla.

Lentejas. No lo ves? Cuidado a ver si te vas a quemar! Vete al baño que luego dices que no te da tiempo.

La madre y la niña siguen con sus quehaceres. Las lentejas siguen a fuego medio.

Hacia las 9 Rebe se va al colegio. La vienen a buscar compañeros que tocan el telefonillo para que baje e ir todos juntos.

Con las lentejas hechas, Lupe se mete en el baño pensando en sus cosas.

Piensa en que al mediodía tiene que recoger la alfombra en el tinte. Por un momento se visualiza metiendo la alfombra en el coche y subiéndola hasta la casa.

Tiene pensado limpiar este fin de semana. Es el último fin de semana de septiembre, la niña no va estar y podrán hacer la última limpieza a fondo antes de que el otoño se les eche encima.

Mira el reloj y le extraña que su marido, Fran, aún no haya llamado. Está en Londres por motivos de trabajo y todas las mañanas suele comunicarse llamando antes de que Lupe se vaya.

Piensa que quizá, al ser el último día en Londres, anoche saldría un poco y se habrá acostado tarde.

En el espejo del baño se mira y se ve guapa. Para sus 43 años aun tiene los pechos en su sitio. Ha conseguido reducir el “michelín” de la cintura y lo mejor es que en todo el verano no ha engordado ni un gramo. Pero, sin duda, con lo que más contenta está es con su culo. Lo tiene firme, duro. Gira sobre sí misma en el espejo para vérselo y se siente excitada cuando piensa en el fin de semana con Fran a solas… Sin la niña…

Cuando llegue a casa después de dejar a la niña con sus tíos, tiene pensado preparar una velada especial, con una cena especial y darle una sorpresa a Fran.

Ayer estuvo en el centro estético y se hizo las ingles y las piernas. Hoy le hacen las uñas.

Nunca fue una mujer “dejada”, pero tampoco una esclava de su cuerpo. Ve en ello ciertas connotaciones machistas que le alejan de peluquerías, centros de estética y manicuras.

Pero esta vez tiene ganas. Quiere que Fran perciba que tiene interés en estar “guapa” para su regreso.

El verano entre ellos ha sido raro. No ha sido un gran verano… “Es que con la niña”… “El cambio de trabajo”… “La muerte del abuelo”…

Lupe se justifica mientras se sigue mirando en el espejo.

Ensimismada y absorta detiene la mirada en su pubis. Pasa la mano, deja resbalar un dedo y se descubre húmeda.

Corre la cortina de la bañera y abre el grifo. Cuando se mete en la ducha no puede resistirse y dirige con la alcachofa el chorro del agua hacía su sexo.

Piensa en Fran. En su polla. Casi la ve, casi la siente. Tan grande, tan venosa.

Se ve agachada y metiéndola en su boca. Echando el prepucio para atrás con los labios. Fantasea.

Imagina cómo Fran se la va a follar desde atrás con fuerza. Agarrándole del pelo, con penetraciones duras, profundas.

Al recordar el olor de Fran, tan viril, tan masculino se excita. Como al pensar en sus brazos cuando están en tensión, cuando están sujetándola, follándola.

Piensa en el semen, caliente, saliendo a borbotones y llenándole la boca, resbalándole por la cara…

Se corre en la ducha. Frotándose con frenesí, con la imagen de la polla de Fran empezando a decaer, llena de semen y ella chupándole, saboreando. Le excita el sabor del semen.

El móvil suena y la despierta de la ensoñación. Ella se asoma a verlo y ve que es un número no conocido.

Respira hondo después del orgasmo y continúa su ducha antes de que se le haga tarde.

Vuelve a sonar el móvil. Mira y ve que es el mismo número de antes.

“Quién será? Qué pesado!”

Se pone una toalla a modo de turbante en el pelo y otra cubriéndose el cuerpo.

Se echa cremas y luego saca del mueblecito un neceser lleno de pinturas.

El teléfono vuelve a sonar. El mismo número desconocido.

Sí? Quién es?

—Hola, buenos días. Hablo con Guadalupe Ramos?

—Sí. Quién es?

La voz del hombre que estaba al otro lado de la llamada suspira y coge aire.

—Verás… A ver… Soy…

Para ese momento Lupe tiene el corazón a mil. Intuye que la llamada es una llamada fatal.

Soy Julio, no me conoces. Tu marido y mi mujer han sufrido un accidente de coche en París. Parece ser que tu marido tiene lesiones graves. Contusiones y algún hueso roto, pero está fuera de peligro. Mi mujer está en coma.

Cómo? Qué? París? Perdona, pero mi marido está en Londres.

Nota cómo su voz intentaba responder por responder, con la oscura percepción de que no se trataba de ninguna confusión.

Le repito, Guadalupe, mi mujer está en coma. Su marido está algo mejor. Están en el hospital de Georges Pompidou. La he llamado porque creo que debería enterarse, aunque supongo que más pronto que tarde habrían dado con usted.

Pero…

Guadalupe, permítame ahorrar detalles escabrosos en un momento así. Parece ser que su marido y mi mujer llevan ya un tiempo… siendo… amigos. Pero de verdad, estoy en tal estado que soy incapaz de decirle mucho. No he querido saber más. Han tenido el accidente de madrugada y han llamado a la empresa de mi mujer. Un compañero al que conozco desde hace tiempo me ha telefoneado y contado un poco… Pero vamos que… que… Que lo que quiero es ir a París de inmediato a ver a mi mujer. Es lo único que me importa.

Lupe, en estado de shock, se da cuenta de que está llorando sin saber muy bien por qué, puesto que no es capaz de asimilar las palabras que está oyendo. Llora de nervios.

En tres horas sale un vuelo a París. Yo lo voy a coger. No sé si usted quiere ir. Comprendo que esté confusa, pero he de sacar los billetes de inmediato. Dígame, quiere usted que le saque un billete?

Lupe se ve a sí misma fraccionada. Como si hubiese una Lupe capaz de escuchar a ese hombre, a esa voz, y otra Lupe que convierte a esa voz en una voz en off, en una voz lejana que cuenta algo ajeno.

Disculpe. Estoy… No sé. Perdone.

Lupe cuelga el teléfono. Se sienta en el sofá. Se quita la toalla de la cabeza. Se cepilla el pelo mirando a la tele que está apagada. Ve su reflejo en la pantalla… y llora.

Llora.

Y no sabe muy bien si lo hace por preocupación o por decepción.

Pero Lupe llora y llora mucho.

bluebird Comunicación
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1 Comentario

  1. Podría decir que mientras lo leía creía que era un relato común, algo que pasa en la vida diaria. Pero lo cierto es que el final me ha sorprendido, aunque ya me esperaba el affair del marido.
    Me gusta tu forma de escribir. Esas frases que se cortan, que explican con pausas, como si hubiera tiempo para contarlo todo o como si todo fuera rotundamente frío.
    Ha sido un acierto de la casualidad, o si lo prefieres causalidad, encontrar tu texto.
    Un saludo

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