Luces de burdel

A Eva; a Edwing

Mi relación con la ciudad es excelente. Si dejo de lado un par de asaltos a mano armada ―que también ocurren en Bruselas o Helsinki― he vivido de lo más feliz aquí, sin demasiadas preocupaciones ni dinero. Soy maestro de escuela nocturna y enseño, sin fortuna, inglés. Fumo cigarrillos baratos y bebo vino cocido, magníficos para dormir con un sentimiento cálido en el estómago. Y durante los fines de semana, cuando no voy a los cafés bohemios del centro, me emborracho de sol en Antigua, escuchando a Olut Barits, mientras la luz convierte paulatinamente la ciudad en una pintura de Kandinsky.

Estas notas las escribí hace mucho tiempo, cuando era joven y aún vivía en la avenida Brasil y podía fumar en el balcón del palomar, mientras veía estúpidamente los carros destartalados y sufría las miradas inquisidoras de las viejas que regresaban con el pan de la tarde.

Siri. La juzgo tan desafiante, tan parecida a las mujeres que no conozco. Me parece ajena a las supercherías de su género; tan diferente de los demás, tan crepitante; hija del trueno reverberante de su sexo, encendida tras esos ojos tristes y esa sonrisa pálida; y tan similar a todas, a esas que se ven reflejadas en cualquier poema y piensan que un escribiente, como yo quizá, se inspira en ellas para retratarlas, justo como te pasa a ti.
Pero tú no eres Siri.

Bueno, no es descabellado afirmar que quizá eran invenciones mías; es probable que fuera yo quien quería volverla literaria; es decir, interesante. Solo así podría justificar mi laberinto y Siri ingresaría sin dificultades en mi vida. De ese modo podríamos soportar la resaca del día siguiente. Yo escribiría sobre ella; la usaría para justificar algunas frases ―procedimiento que todo aspirante a escritor de historias grotescas y enamoradizas realiza―.

Creo que ella es un collage de innumerables mujeres transparentes: aquellas que están soterradas bajo montañas de rímel y Vanity y Cosmopolitan y tal vez fiestas lujosas ―donde los amantes hacen el amor solo con los ojos, y la marihuana y el brandy se pasean de la mano―; y las ves, casi con lástima: las pobres reinas ricas siempre sonrientes, como muñecas de estantería, muy lindas y dispuestas a hablar con toda naturalidad sobre Bermuda o Luxemburgo o el último disco de Madonna, Adele o Gaby Moreno.

No encuentro las notas que siguen. De mis inútiles apreciaciones seudofilosóficas, me salto, bruscamente, a esto:

…Así empieza mi historia con Siri. En ese bar perdido sobre una calle mojada, llena de árboles destartalados.
Siri me veía desde el otro lado. Nunca he sido guapo; nunca he sido interesante; no soy gracioso; soy malo en la cama, según me han dicho y nadie me querrá de veras, según me han dicho. Me gustan los espejos de los moteles y las tinas apestosas, le dije, y ella me vio como un científico mira a un simio. Ya veo, respondió y encendió un cigarrillo.
Después de convencerse de que yo no era un maniático sexual, sino simplemente un maniático, hablamos de Baudelaire y Henry Miller, de quimeras y del Absoluto. Yo inventé algunos nombres de pintores y ella lo descubrió en el acto y no dijo nada; hablamos de la música contemporánea y ambos estuvimos de acuerdo: borrachos todos bailan de todo. Ahí me di cuenta de mi fortuna: en ese bar putrefacto había una mujer hermosa, quien, a pesar del ruido de la música contemporánea, hablaba conmigo.
Yo miraba a Siri, miraba su cabello de tonalidades rojizas, su mano doblada sosteniendo el cigarrillo, el humo que rodeaba sus senos, su risa; la miraba mirándome; imaginaba el centro de sus piernas, el último rincón del Universo.
Corría por el cielo la medianoche cuando salimos del bar.
La miraba desnudándose, dándome la espalda; miraba su sostén floreado y su respiración acuosa; miraba su forma de asentar la cabeza en la almohada; miraba su cuerpo y no lo veía; miraba mis anteojos sobre la mesa del motel; miraba mis zapatos viejos y sus bragas; miraba la sonrisa y la mujer desnuda que formaban una silueta curiosa frente a la luz que empezaba a filtrarse; la miraba dormir, desde el espejo del techo; la miraba bañarse; la miraba irse; no la miraba regresar. Y descubría en mis brazos el olor a Siri; me vestía, atiborrándome de recuerdos momentáneos e inventados y sostenía entre mis dedos la certeza de que Siri estaría otra vez ahí, en unos meses o en unos días.

Pero Siri ya no está, y ahora escribo estas líneas para redondear una historia que no quería recordar.

Hoy mientras buscaba un libro viejo, encontré mis notas apresuradas escritas en papeles diversos: servilletas, programas de funciones de teatro, exámenes de la universidad, folletines políticos y algunos panfletos sobre la segunda venida del Mesías… y otra vez me sentí triste.

Pobre libro, estás lleno de Siri, apestas a amor barato, a poesía truculenta, y aún sigo escribiendo sobre ti, en las páginas en blanco que siguen a cada capítulo terminado.

Siri, mi hermosa Siri. Hoy he caminado sobre la Calle del Olvido, cerca del Conservatorio. Pensé que te encontraría ahí; pero no estabas. Drago no te recuerda y Mendel no te ha visto. Caminé y entré en Santa Catalina. Sabía que no estarías ahí, pero bebí, en tu honor. Mi Siri, mía, solo mía.

Así pasaron varios días, según recuerdo. De eso ya hace mucho tiempo.

Cada vez que entro a clase, pienso en Siri. Cuando despierto, pienso en ella. Cuando duermo, no la encuentro, pero ella está presente, ahí, en ese rincón de ensueños, en esa maraña triste. En cada atardecer violento, en cada respirar asmático y desesperado, cuando el humo de los cigarrillos me deja mudo e idiota, está Siri.
(Bécquer estaría orgulloso y quizá al mismo tiempo avergonzado de mi cursilería).

Y también:

Su cuerpo me acompaña en la enorme cama que compré, pero que aún no he estrenado. Apago la luz y camino hacia la oscuridad; quiero imaginar que ella está ahí quitándose los aretes o lavándose los dientes, pero no: estoy solo en un cuarto lleno de imágenes vacías, lleno de libros, de discos, de cigarrillos, de marihuana, de chispazos de luz, de ceniza, de tristeza. Y así hasta que clarea el alba.

Es patético, lo sé, pero no hay literatura, vida ni amor que no lo sean. Como el amor y la vida se buscan a sí mismos, como el perro idiota que se mordisquea la cola, pasó por fin:

…una buena noche de sábado, después de mucho andar y muchas colillas, la encontré.

Desde el otro lado de la plaza, brillaba la luz amarillenta de los faroles. Vi a Mendel, a Marré, a Caraus y a Siri. Iban todos felices a otro bar. Siri me conoció y desvió la mirada. No llovía, pero sentí un rocío helado sobre la cabeza. Drago dijo no hay remedio, ni escapatoria, querido idiota amigo mío. Así son, así eres. Nada que hacer. Vamos, aquellos tipos de allá se ríen a tus costillas.
Yo agaché la mirada.

El manuscrito termina así:

No he vuelto a saber nada de ellos. De Siri, menos. Ya no voy al centro; ahora me emborracho en las cantinas de aquí, sin discusiones inútiles sobre filosofía kantiana o los motivos de Henry James o la literatura de Roque Dalton o Roberto Obregón, ni sobre la música de Megafaun o Sakamoto. Aquí solo hay narco-corridos y cerveza barata. Aquí no hay Siri. Aquí soy feliz.

Y sí, no soy feliz pero miento y sobrevivo; de aquellas noches, arruinadas y perdidas, prácticamente ya casi no hay nada: solo un viejo maestro fracasado y una mujer hermosa, infinita, con grandes ojos grises y una sonrisa enmascarada, viéndose, a solas en la calle, sin conocerse, solo con la certeza de que todos los amores son efímeros (y quizá eso ni era amor, pero nadie pudo saberlo) porque la vida es una serie de días y luces y flores y cigarrillos y libros viejos.

06 de agosto-17 de septiembre de 2014

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Me llamo Fernando y me dicen Vérkell. Me gusta el café guatemalteco, el jazz, los libros de cuentos, la poesía verdadera, los cigarrillos, los jardines japoneses y la certeza de que nada es cierto bajo mis ojos. Publiqué un librito de cuentos que fue lanzado al mar y he publicado relatos en revistas en España, México y mi país.

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