La vida de Jack Rodríguez (IV): Ramones mojados

Hay maneras y maneras de entrar a una discoteca. Mi amigo Marco y mi amigo Pedro decidieron que la mejor forma era por detrás de una de las barras después de saltar unos arbustos que servían de valla para separar las carpas de la calle. Por supuesto, antes se habían bebido una botella de ron cada uno como si perteneciesen de toda la vida a la familia Barceló. Las dos camareras, con voluminosos pechos y biquini una talla más pequeña de lo que les tocaría a los susodichos, servían alcoholes a adolescentes desfasados en ese momento. Presentaron como reacción una cara de incredulidad, de las de ojos abiertos como platos y boca más abierta aún como si el dentista te fuese a sacar la muela del juicio.  Posteriormente mis amigos se mezclaron con la multitud bailarina –no sin antes robar dos chupitos de ron que esperaban sobre la barra- y cualquier atisbo desesperado de que alguien de seguridad les pudiese pillar se esfumó como la llama de una vela en el centro de un huracán.

Yo decidí entrar con Pol, otro amigo, por la entrada convencional. La de pagar 15 euros, vamos. Nos venía una consumición que yo decidí gastar con un vodka naranja. Iba flojo. Era una de esas noches que tu cuerpo está en un sitio pero tu mente en otro. Por eso pude fijarme en la música que sonaba. Lo que más me gustó fue Pitbull, así estaba el nivel. Dale. Aunque por la efusividad de los jóvenes cuerpos que intentaban en la pista una acción algo parecida a bailar daba la sensación que estaban tocando allí mismo en directo los Queen, con Freddy Mercury acaparando masas.

Pero la música se disipó como el azucarillo en el vaso de absenta. Mis sentidos se enfocaron en Ella. Mi mente volvió a encontrarse en el mismo lugar que mi cuerpo.  Ella llevaba una camiseta de los Ramones. ¡Hey, Ho, Let’s Go! Intuía que ella no sabía quiénes eran. Si no me hubiese acercado a preguntarle qué hacía una chica como ella en un lugar como ése. Odiaba la gente que desconocía el significado del mensaje de las camisetas que se ponía. Por culpa de ellos se perdía toda la mística del mensaje, toda la esencia de la frase. Pero se produjo un detalle. Y es que los detalles son los que deciden el ir y venir de la vida, como el reloj las horas. Todo el mundo sabe que las guerras empiezan por detalles, por minucias. Por la disputa de un chicle sería un buen motivo. Y los amores comienzan por ese encuentro fortuito que no se hubiese dado si tú no te hubieses dejado el móvil en casa, obligándote a volver a por él no fuese a ser que se te escapase algún whatsapp.

El detalle en este caso fue que empezó una fiesta del agua improvisada –para mí por lo menos, se ve que los demás lo sabían y por eso llevaban todos camisetas blancas de las de usar y tirar– y el logo de los Ramones se fundió con la piel de sus pechos. Mis verdes ojos pudieron divisar las aureolas de sus pezones, de un marrón tan intenso como el tronco de un árbol. El sujetador descansaba en el cajón de los olvidos de su habitación. Era rubia y joven hasta doler. Y bella hasta extasiar. Y tenía unas inmensas ganas de jugar. El hielo se introdujo en su dulce boca y con la lengua lo paseó por toda su cavidad. Su amiga morena se acercó sacando la lengua en plan víbora y el hielo se trasladó por la autopista que crearon con las puntas de sus lenguas como nexo de unión. Sin peajes. Posteriormente el hielo cayó al suelo y las dos chicas se fundieron en una mientras el hielo hacía lo mismo con el suelo. Le tuve que limpiar a mi amigo Pol unas gotas de saliva que le descendían por el mentón.

Al cabo de un rato –cuando la escena ya había bajado el telón– aparecieron Marco y Pedro tambaleándose como si fueran buscando una moneda de cinco céntimos que se les había caído al suelo. O como si volviesen de cazar bisontes en un día de tormenta.

–Subiros la bragueta del pantalón, por Dios.

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