La vida de Jack Rodríguez (III): Cumpleaños feliz

Mi amigo italiano me hizo uno de esos regalos que más que nada son un autoregalo. Como el día que le regalas a tu padre un perro cuando siempre te ha dicho que a la que entre un animal en casa tú te vas fuera. Marco, como se llama mi amigo romano, me regaló para mi cumpleaños una cena en el mejor restaurante italiano de la ciudad, melancólico de los manjares de pasta de los que gozaba en su país natal. Mi cumpleaños había sido cuatro meses y medio antes, un detalle que creo conveniente mencionar. La belleza de la clientela del local era proporcional a la calidad de la comida. Las chicas, el bando de mi interés, llevaban vestidos de gala de los que te dejan sin respiración y tiene que venir alguien a hacerte el boca a boca para recobrarla. Marco las observaba como ese jugador recién fichado que no para de mirar con ansiedad al entrenador para que le saque al campo para debutar ante su nueva afición. Si en ese momento le hubiesen dado unas Google Glass hubiese descubierto hasta la marca de su ropa interior, si es que llevaban, ya que no se notaba ninguna marca en sus apretados vestidos.

En esos tiempos yo estaba totalmente pillado de Paula, así que mi ansiedad respecto a esas obras de arte de la naturaleza era mucho menor que la de Marco, que como buen italiano ya se imaginaba llevándose a más de una a la cama. Y hasta haciéndoles un hijo. Porque un italiano que vive muchos años fuera de su país se puede olvidar de su idioma, pero nunca de su instinto seductor. Igual que un delantero de los de toda la vida se puede engordar cincuenta kilos pero a la que pilla una pelota suelta botando en el área la envía para la red. Si un delantero tiene grabada en la mente la frase de Bill Shankly que dice que “si estás en el área y no estás seguro de qué hacer con el balón, mételo en la portería y después ya discutiremos las opciones”, los italianos deben tener grabada la siguiente frase: “si estás rodeado de chicas bellas y no estás seguro a cuál atacar,  ves a por todas que alguna caerá”.

Me llamó la atención un tipo que no paraba de mirar hacia nuestra mesa para después cuchichear sobre nosotros con su bella acompañante que llevaba un lacito rojo como diadema. Lo miré de reojo y no pareció incomodarle cruzarnos las miradas. No recordaba haberlo visto en ninguna otra ocasión. Es por eso que miré si yo tenía una mancha en la camisa de esas que se merecen una reprimenda de tu madre por tu torpeza reincidente. No. Mi camisa blanca estaba impoluta. La bragueta, pensé. Te la has dejado bajada cuando has ido a mear antes de salir de casa. Tampoco. Estaba perfectamente subida. Mi amigo me pareció que también tenía todo en su sitio. ¡¿Qué coño le llamaba la atención a ese tipo!?

Mis indagaciones se disiparon cuando apareció el camarero para traer un vino de 120 euros elaborado en las profundidades de la Toscana, la tierra más bella que uno puede conocer. Se dispuso a verter el vino en la copa de Marco con la típica pose que comporta dejar descansando el brazo izquierdo detrás como si escondieras la cartera que acabas de robar. Mi amigo degustó el líquido y después puso la misma cara que pone Andrea Pirlo después de lanzar una falta que solo él sabe el motivo por el que entró hasta el fondo de la portería mientras el portero se pregunta si esa acción es una venganza por alguna putada que le hizo en otra vida. Perfetto, balbuceó al camarero, que instantes después también llenó mi copa sin mirarme en ningún momento.

Cuando el camarero se fue me di cuenta que el tipo de la otra mesa se encontraba de pie junto a la nuestra. Tenía la nariz un poco torcida hacia la derecha, como si una ráfaga de viento se la hubiese desviado. Su cara no era la de querer irse de juerga con nosotros. Acto seguido me quedó claro el motivo.

-¿Tú no serás el italiano cabrón que se folló a mi novia en medio de la pista de baile de la discoteca, verdad?

bluebird Comunicación
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