La inseguridad de lo seguro

Me da igual el resto de la gente que hay en la fiesta. Hay un pibón que no para de mirarme.

Está sentada junto a un grupo de chicas de las cuales solo conozco a una, Irene.

Una fiesta demasiado pija. La gente es muy joven y hay un montón de guiris. Casi todos son guiris.

La media de edad no supera los 25.

El pibón es una chica que lleva un vestido suelto de color granate, con escote en forma de V y un cinturón beige muy fino que le da forma en la cintura. Lleva unas sandalias del mismo color que el cinturón con muy poco tacón.

Es morena y tiene el pelo largo, por debajo de los hombros. Y es guapa, muy guapa. Tiene una mirada entre inocente y pícara que me encanta.

No creo que pase de los 30. Ahora está sentada, pero antes la vi de pie y debe de medir sobre el 1,70 o así. Tiene las piernas torneadas y aún conserva la piel bronceada.

Irene hace un gesto para que me acerque a ellas. La chica morena me mira de tal modo que me pone nervioso. Ando de manera torpe al sentirme observado. Mi cabeza me habla. Solo faltaría que te pusieras rojo. Me tranquilizo al pensar que entre pelos y arrugas no se notaría.

—Mira, José, ésta es mi amiga Andrea. Es italiana, de Roma. Trabajamos juntas en la agencia. Es muy guapa.
—Sí, sí, guapa es un rato. Hola, soy José.
—Hola, io me iamo Andrea.

Andrea… Madre mía Andrea… Intento que los dos besos sean de lo más correcto.

Me siento en un brazo del sofá. Irene está en medio.

Empezamos hablar y Andrea me sigue mirando. Coquetea.

Charlamos sobre música. La conversación es inteligente y divertida. Siento que estoy ganando confianza.

Mientras hablamos y bromeamos Andrea sigue con sus miradas y sus sonrisas.

Sé que me la puedo follar. Me encanta la idea. Lo único que tengo que hacer es no cagarla. Mataría porque fueran las 4 de la mañana y ya estuviéramos en mi casa.

De aquí a entonces es una carrera contra mí mismo para no hacerle cambiar de idea.

Eso me provoca cierto desasosiego. Las 4 de la mañana… Las 4 de la mañana…

Irene se levanta del sofá y yo aprovecho para ocupar su sitio.

Al sentarme nuestras rodillas se juntan. Ambos las miramos. Por un instante todas mis terminaciones nerviosas están en ese escaso centímetro que nos une. Siento que me la estoy follando. Follando con la rodilla. Su gesto de mantener fuerte la suya contra la mía me hace pensar que a ella le pasa lo mismo. Cierra elegantemente los ojos una décima más de lo normal y vuelve abrir los párpados muy despacio mirando lánguidamente nuestras rodillas.

Levantamos las miradas y sonreímos.

No la cagues tío… No la cagues…

Pero no puedo evitar mirar su escote, no puedo dejar de pensar en ese momento en el que estaré chupándole las tetas, masajeándolas.

Ella pilla mi mirada, hago un gesto levantando las cejas y resoplo.  Entre los dos se ha creado ya una complicidad. Ese instante follando con las rodillas ha dado paso a un nuevo escenario.

Hemos pasado la pantalla de la intención, ahora solo queda la ejecución.

Me noto el corazón a mil mientras hablamos. Pero lo que hacemos realmente es quemar el tiempo. Tengo la sensación de que deberíamos irnos ya.

Propongo ir a un garito no muy lejano.

Está de acuerdo.

Miro el reloj. Apenas pasan de las 12. Las 4 de la mañana se me hace demasiado largo.

Mi cabeza no para.

“Seguro que tiene las mismas ganas de follar que tú”, “al final eres un puto machista que cuando una tía te da a entender que quiere follar, aún sigues buscando un motivo”, “hay que ser tonto para que aún te sigas sorprendiendo”…

Nos metemos en el ascensor y nos miramos de tal manera que la beso. La beso con ganas, con ansia. Meto mi lengua en su boca.

Junto su cuerpo al mío y puedo notar sus latidos.

Mi lengua se pasea por sus labios.

Llegamos al bajo y nuestras bocas se separan, nuestras miradas tardan un poco más.

—Y si nos vamos a mi casa?
—Vale, dónde es?
—En Vallekas, a 15 minutos.
—Me parece bien.

Vamos hacia el coche y aunque vamos hablando lo único que tengo en la cabeza es ese culo, siento unas ganas enormes de que llegue ese instante en el que estará a cuatro patas y la comeré todo.

Me pregunto si ella tendrá las mismas ganas de comerme la polla. Ese pensamiento me excita. Claro tonto, claro que tiene ganas, no las tienes tú de comérselo todo? Las mismas tío, las mismas…

Recuerdo conversaciones con chicas que me decían las ganas que tenían de follar… Lo largo que se les hizo este mismo camino hacia mi casa. Ese pensamiento me llena de confianza.

Seguro que para Andrea el viaje también está siendo largo. A mí se me esta haciendo eterno. Percibo que hay mucha tensión y me empiezo a sentir un poco presionado. No sé de qué hablar para que no se enfríe la situación.

Lo seguro me provoca inseguridad.

Qué de puta madre. Hay aparcamiento justo enfrente del portal.

Nos bajamos. Abro la puerta. Miro el reloj. Es la 1 de la mañana.

bluebird Comunicación
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