La habitación

Marcos se levantó sin saber muy bien dónde estaba, apenas recordaba cómo había llegado hasta esa habitación donde unas cortinas estampadas, con su visillo, bando y correspondientes  abrazaderas, hacían juego con una colcha que doblada casi a la perfección reposaba a los pies de la cama.

Las paredes, rosas con el gotelé blanco. Un cabecero metálico, de tubo hueco, dorado, con dos cristales en forma de diamante apoyados en cada una en las agujas que daban fin al dibujo cursi del cabecero.

A cada lado una mesilla lacada de color blanco, con un tirador dorado donde están también los cristales en forma de diamante. Una lámpara en cada mesilla con una peana plateada con cara de ángeles ¿…? O algo así. En una hay un crucifijo y un posavasos de ganchillo y en la otra una radio despertador con unos números en rojo que de manera intermitente se encienden y se apagan. En esta mesilla hay un cenicero con colillas, algunas tienen restos de carmín y al lado dos condones, uno de ellos nuevo y otro abierto.

En la pared un cuadro con forma de escudo medieval de color rancio, con un marco dorado y un reborde que mal imita la raíz de nogal. En el cuadro alguna de esas vírgenes, con cara de sufrimiento, que miran a la nada, con un bebé que parece que se va a caer, o más bien escapar de una madre tan fea, tan mal rollo, que hace pensar que en realidad el niño quiere huir.

Una cómoda lacada blanca con sus diamantitos y sus doraditos, en la que hay perfumes vacíos, algunos están con algo de líquido, un joyero en forma de baúl, negro brillante, abierto, con un interior de terciopelo rojo, donde apenas hay un collar de perlas y un par de pendientes.

Hay un marco plateado, muy barroco, con la foto de una niña vestida de comunión, con las manos en posición de rezo y un rosario colgado de ellas, todo en un fondo de papel pintado que imita a unas nubes que ya le gustaría al mismísimo Miguel Ángel haber firmado.

Varios pastilleros no más grandes que una caja de cerillas con dibujos de imágenes versallescas, se pelean por encontrar protagonismo entre la foto y el joyero.

Hay un galán de noche, en madera de pino, decapado en blanco pero tan mal hecho que las betas de la madera parecen más bien unas manchas. En la parte de abajo tiene un cajón con un tirador en forma de esfera también dorado.

Encima de la cómoda hay otro cuadro, uno de unos caballos corriendo con energía en una playa con un oleaje que ya quisieran los surferos más osados.

Caballos blancos y caballos negros, con la crin al aire, que brillan en demasía para una escena que por su cielo azul oscuro y su brillante luna parece ser de noche.

A un lado de la cama, en el más cercano a la puerta, un armario de cuatro cuerpos con dos lunas de espejo en los centrales. Tiene las puertas descolgadas, no cuadra ninguna, parecen bailar una danza casposa cada una por su cuenta.

Al otro lado, el de la ventana, hay una descalzadora blanca, clásica, isabelina, con las patas torneadas y un tapizado en raso rosa que hace un dibujo de aguas, o betas, o quizá sea suciedad.

En ella se amontonan tres o cuatro cojines de flores que hacen juego con las cortinas y un peluche, que parece un oso por la forma, por el tamaño, pero su color, rosa chicle, deja poco espacio para fiereza de un animal como el oso.

Hay otra descalzadora igual al otro lado de la ventana, y allí ve marcos casi con asombro cómo asoman la calaveras de su camiseta, la correa metálica de su cartera harley y en el suelo sus nike jordan del 85.

Marcos se frota los ojos jurándose a sí mismo que no volvería a ponerse tan pedo con el M, se levantó y fue hacia su ropa.

Estaba perdido y sólo tenía un pensamiento en la cabeza:

¿Con quién coño follé anoche?

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