La gata

A la gata la conocí en un parque, donde ni ella ni yo éramos los únicos felinos callejeros. En aquel parque de marginados, de personas de mala muerte entre las que me sentía rey, fue donde empezó a acompañarme por las calles en mis largos paseos que, como mi vida en aquel entonces, no tenían ni objeto ni sentido. Ella caminaba altanera a mi lado, con la cadencia grácil de su andar felino, con la arrogante cabeza levantada, como si el asfalto y los que lo pisábamos fuésemos indignos de su mirar, de ese mirar de gata. Nadie puede quitarme la felicidad que me embargaba al despertar las envidias de los transeúntes que admiraban su negro pelaje y me miraban, con los ojos llenos de ese pecado que lo vuelve a uno verde, creyendo que era mía. Pero no era mía. Ni mía ni de nadie y nunca lo sería porque, era una gata, una gata callejera y gustaba de vagar, una noche en colchón de plumas y otra en un portal.

La conocía tanto, o quizá tan poco, que nunca me atreví a invitarla a mi casa, a adoptarla y convertirla en compañera de las noches de invierno que pasaría en mi regazo, frente al fuego. No quise convertirla al evangelio hogareño porque su lugar era la noche, vagar por los bulevares y las avenidas, por los callejones y los tejados, buscando un gato con el que maullar o un ingenuo que le alquilase los pies de su cama por una noche a cambio de una mirada de aquellos ojos castaños, aquellos ojos de gata.

Y pasaron los años, y la gata se convirtió en una agradable certeza en mi vida, tanto, que comprendí que esas noches que pasaba con los vecinos eran para ella poco más que polvo, cenizas que sacudirse elegantemente de la cola, pues dejaba que le rascasen tras las orejas, que la colmasen de regalos para congraciarse con su belleza felina, pero no aceptaba las caricias posesivas de ningún dueño. Le gustaba, como a todos los gatos, que la mimaran y la miraran pero, como todos los gatos, era orgullosa e independiente, y ninguno pondría su mano sobre ella sin permiso. Bufaría, arañaría y mordería para después huir por la ventana, para no volver, dejándote solo con su ausencia, sangrando por sus heridas. Arrepentido.

Conociendo a la gata como la conocía, habría sido absurdo que, el día que dejé que entrase en casa, que la agasajé con mi despensa y le rasqué las orejas, me hubiese sorprendido encontrarme a la mañana siguiente los platos rotos, la ventana abierta y el salón vacío. Al menos, no me había mordido. Como había obtenido lo que me esperaba, no me costó volver a encontrarla, volver a pasear por las calles y por el parque y, aunque ya no se dejaba rascar, aunque la veía un día entrando en casa del vecino o a través de la gatera de una puerta desconocida, aunque sabía que esa noche la mimarían, le rascarían detrás de las orejas y quizá mordería alguna que otra mano cariñosa que intentaba darle caricias no pedidas, con eso y con la certeza de que volvería a mi lado para pasear, yo era feliz.

¿Quién le iba a decir a mi ingenuo yo de aquel entonces que sería el primero en acariciar su pelo, ese pelo negro de gata?

Ya os he contado como la veía ir y venir, entrar y salir de las casas de los vecinos, pero yo también gozaba de su compañía. Le abrí la puerta de mi casa solo por el placer de verla pasear con sus mullidas patas por la alfombra, con la cola levantada, solo por el gusto de oírla ronronear en mi regazo, aunque supiese que a la mañana siguiente no estaría. Hasta que un día, simplemente, estuvo. El primer sorprendido fui yo, que la miraba ojiplático lamerse en el sillón, entre desafiante e indiferente, como diciendo: “¿Dónde esperabas que estuviese?”

Los romanos tenían un dicho: “Audaces fortuna juvat” que traducido mediante mis pobres conocimientos de latín viene a decir algo así como, la fortuna favorece a los audaces. Embriagado de mi propia suerte y no de poca locura, formulé una pregunta, una petición que en mi mente sonó tan absurda como si le hubiese pedido que desarrollase alas y saliese volando a comprar el diario de la mañana. Le pregunté si podía acariciarla, si podía posar mi mano en aquella cresta virgen de su espalda, donde nunca había estado mano humana. Ni siquiera paró de lamerse, con un asentimiento de su oscura y peluda cabeza, tan sencillo que pareció que, Dios me perdone el orgullo al decir esto, lo había estado esperando, planeando incluso, reservándolo para mi durante todos estos años. Dejó paso a mi mano y a mis caricias hasta el que, hasta entonces, había sido su lugar más sagrado.

El recuerdo sigue vivo en mi mente, el tacto suave de su pelo corto en las yemas de mis dedos, su gesto de desconfianza, de incomodidad al ser tocada donde nunca antes, una mirada, que era solo mía. Esos ojos de gata, esos ojos profundos y oscuros, castaños y hermosos que me miraban desde abajo, con las orejas gachas, con pasión, con vergüenza, una vergüenza que contradecía todo lo que sabía de la gata, esos ojos son parte de mi mismo desde aquel día. La acariciaba con mimo, despacio, dejando que se acostumbrase a mi tacto, intentando no asustarla, entre ansioso y atemorizado, intentando leer cada una de las respuestas de su cuerpo. Un ronroneo, iba bien, mi cuerpo se relajaba, me dejaba llevar, un maullido estridente, me había excedido, demasiado fuerte, demasiado cerca quizá de un lugar incomodo, recurría a lo seguro, le rascaba detrás de las orejas, eso siempre le gustaba. Continué, seguí haciéndolo, atesorando cada contacto, cada segundo, hasta que, envueltos en una calma infinita, caímos dormidos, yo en mi sillón, ella en mi regazo.

Después de esto, pensareis que la gata siguió viviendo en mi casa, pendiente de mis mimos y caricias, como la reina vagabunda que había tomado mis estancias como su reino. Si pensáis eso, es que no conocéis a la gata como yo la conocía. A la mañana siguiente desperté con la vajilla en el suelo, los estantes revueltos y… la ventana abierta. Solo.

Ni me entristeció ni me sorprendió, simplemente me despertó de un sueño de una noche de verano que no había tenido sentido desde un principio, tal y como suele ocurrir en esas circunstancias. ¿Perdí a la gata? Ni mucho menos. Volvimos a pasear los dos solos, volví a despertar envidias en los transeúntes y a ver el mar con ella subida en mi hombro. Compartimos penas y alegrías, nos entendimos el uno al otro como nunca se ha entendido nadie. Dejamos mudos de asombro a Marco Antonio y Cleopatra, a Romeo y Julieta y a todos los Donjuanes del mundo, que nos veían y nos preguntaban como éramos así, y la respuesta siempre era la misma, “somos amigos, buenos amigos”. Todos ellos se perdían en los ojos de la gata, la veían entrar y salir de las casas de los vecinos y me acusaban, me decían que uno no puede hacerse amigo de los gatos, que los gatos son independientes y egocéntricos, que los gatos me morderían el corazón y me arañarían el alma. ¿Les faltaba razón? Seguro que no, pero no pensaba decirles cual era nuestro secreto, y ahora que lo pienso, a vosotros tampoco, no os lo merecéis, jamás, aunque lo intentase mil años, aunque me ayudasen a contarlo Bécquer, Shakespeare y todos los bardos que le han cantado al amor en esta tierra, nunca entenderíais lo que pasó con aquella gata. Lo que si podéis entender, es que el destino tuvo a bien mostrarme su sonrisa mas torcida y mandarme lejos, lejos de mi gata, lejos de la ciudad cuyos callejones, plazas y tejados ella recorría en la noche. Lejos del parque donde fui rey y donde la encontré, maullándole al reflejo de la luna en el lago y donde empezó toda nuestra historia. Me vi desplazado de tantas calles en las que paseamos, de la orilla del mar que admiré en su compañía, tierra adentro, en busca de un sueño que siempre merecerá la pena pero que me deja el regusto amargo de lo que podría haber sido y no nos dejaron que fuese.

Veo aún las plazoletas iluminadas por las tristes farolas a horas intempestivas de días cualquiera en los que se sentaba frente a mí, fundiéndose en la oscuridad con su oscuro pelaje, dejando a la vista solo sus brillantes ojos marrones, que brillaban en la noche como ámbares sobre terciopelo, dejándome hablar sin parar de mis miedos y mis pasiones, de deseos o simplemente de esas pequeñas cosas que llenan nuestro día de anécdotas y hacen que sigamos adelante frente a la rutina. Si hubo algo de lo que nunca le hablé, fue de amor. No hubiera importado, solo habría seguido allí como la gata que era, callada pero entendiendo, dejando que me liberase, pero nunca lo hice. Quizá, porque las únicas palabras de amor que podría haberle dicho habrían sido para ella, solo para sus oídos felinos, y todo el mundo sabe, que no se puede querer a los gatos, porque tienden a abandonarte, a morder tu corazón y arañar tu alma como si fuese una cortina barata. ¿Y os podéis creer que, después de todos estos años desde que la conocí en aquel parque, aún me pregunto si era una gata… o una leona?

bluebird Comunicación
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