La educación en los monstruos

—¿Tú qué crees?

—Pues ni idea. No tiene ni pies ni cabeza.

—Ya… No ha dicho nada. Sólo tenemos esto. ¿Te lo vas a mirar?

—Debemos, aunque puede que sea una gran bola de imaginación.

— Dicen que viene de una persona entera y realista.

— Me importa un bledo lo que los demás opinen. Lo que ha pasado ahí dentro no es nada normal, y encima no hemos tenido tiempo para taparlo.

—Quizá con el tiempo descubramos cosas.

—Pero todos esos que no…

—Sí, es tope raro. Inexplicable. ¿Crees en lo inexplicable?

—Siempre le he buscado un porqué a todo. Pero esto es diferente. Todo es diferente. Me lo tengo que mirar. Quizá me aclare algo.

—¿Y con…?

—Haremos una inspección médica exhaustiva. A saber lo que ha pasado ahí dentro. Quizá ha contraído un virus o algo así. De momento que no cunda mucho el pánico y ya encontraremos pistas. Hay que rastrear la zona y también las ciudades colindantes. Quién sabe.

—Está bien. Da miedo el lugar, ¿eh?

—Y que lo digas. ¿Sabes qué es lo que más temo?

—¿Qué?

—Que no sea la última vez que suceda. Que se repita.

— Recemos a Dios para que no sea así.

—Amén.

1

Por alguna abstrusa razón, hoy me he llevado mi agenda. No suelo hacerlo, y menos si tengo una simple clase de una hora. Pero por alguna abstrusa razón, me la he llevado. ¿Un impulso? ¿Unas vibraciones? Quizá. En casa, preparándome la mochila a toda prisa, la he visto reposando sobre un mueble en el comedor. Un impulso me ha llevado a cogerla.

No suelo utilizarla, sólo en raras ocasiones. Aparte de funcionar como lo que es, con su calendario muy bonito y los días bien delineados y diferenciados, al final guarda alrededor de unas veinte hojas repletas de líneas en las que escribir o anotar cosas personales. Allí hay algo escrito, poca cosa. A mí me gusta escribir, vaya, y cuando las musas han tenido la decencia de acercarse a mí, he rasgado la hoja.

Pero aquí estoy, rasgando la hoja de nuevo, en un lugar insospechado en un momento insospechado. Me hallo en un aula repleta de criajos, entre siete y ocho años (a excepción de uno, que tiene nueve, el más lento, curiosamente). Están chillando, para variar, y diciéndose burradas. Yo ahora los estoy ignorando, aunque tengo los nervios a flor de piel. Escribo porque es importante, y muy extraño y enigmático. Algo ha pasado.

Todo ha comenzado con Albert. Tenía pipí. Para ser más exactos, se estaba meando. A mí no me gusta que los niños se vayan a media clase (provocan interrupción, repetición de las tareas a realizar y crean pérdida de atención en los demás); tengo la rutina de hacerlos hacer sus necesidades antes de empezar. Sin embargo, la cara de bonachón del alumno y el hecho de que ese día todo marchase mal, muy mal, han provocado en mí debilidad. Ante los niños no puedes mostrarte débil. Si no, te comen. Especialmente los de ahora, que ya dominan móviles y tienen de todo.

Todo ha comenzado con él, he dicho. Ha salido del aula. Ahí todo normal. Luego han pasado los minutos, y los minutos, y los minutos… y no ha vuelto. Eso me ha enfurecido, a la vez que me ha extrañado. Albert no es el tipo de alumno que te haga tirarte de los pelos. Al principio me he mostrado reticente a abandonar a los niños, pues hoy están revoltosos y lo peor resultaba dejarlos solos. Cuando ha pasado un cierto tiempo, he decidido ir a buscarlo. Una maldita alumna me ha empujado a ella. Cristina. Ella es la típica atenta que pregunta por todo, sobre todo por todos aquellos que no están. ¿Dónde está Pepito de los palotes? ¿Le pasa algo? Te exasperas y te muerdes la lengua a cada puñetera pregunta que hace, pero le respondo en inglés y no se entera de nada y se acabó. Luego en gramática o vocabulario es horrible, incapaz de entender ningún concepto. Bueno, cuando quiere lo hace decentemente bien.

He cogido a Miquel. Es un auténtico demonio, mas como policía es fenomenal. Se mete en el papel de una forma que nadie otro podría hacer. Sus cejas se juntan, su rostro se ensombrece, sus músculos se tensan. Le gusta mucho pelearse con los demás niños, para demostrar que es el más fuerte. Insulta fácilmente, además. Le odio. Mucho. Pero chitón, un profesor no debe decir esas cosas.

He salido. Mucha alegría ha sido para mí (demasiada) el subir unas escaleras y alejarme de un extraño silencio. Ilusión. Cuando he superado el último peldaño ya se oía un guirigay debajo de mil demonios. Me he cabreado en cantidad. No obstante, todo mi caldeo se ha ido desvaneciendo cuando no he encontrado a Albert. Lo he buscado en los dos lavabos para los niños (hay tres, dos grandes en la planta de arriba y otro más pequeño en el de abajo), pero ni rastro de él. Lo que más me ha extrañado es que en el colegio se respiraba demasiada tranquilidad. Me ha parecido un lugar muerto, y me he asustado mucho. Me he asustado tanto, que he regresado a clase, también pensando que Albert se hallaría en el aula, sonriendo ingenuamente desde su silla. No, no había regresado.

Y hasta aquí lo que ha pasado. De momento. ¿Sabéis esa sensación cuando los pelos se te erizan y percibes algo maligno? ¿Cuando te vienen sensaciones malas? Pues ahora mismo tengo una de esas.

Dejaré de escribir porque los niños están chillando mucho y ya no me dejan ni escribir.

A ver cuándo puedo volver a escribir.

2

Marcos cerró la agenda con la tira roja y amarilla y la dejó sobre un libro de ejercicios de inglés. Se había hartado de escribir, si bien dadas las circunstancias no le había sido posible tomarse todo el tiempo del mundo. De hecho, había escrito en apenas dos o tres minutos, con casi garabatos y letra casi irreconocible. Él la reconocía, al menos, y eso ya servía.

Miró el derredor. Se asustó, acto seguido. Ante él se le presentó el señor Caos. Tanto su pupitre (un desorden total, con sus libros, los libros de la profesora de arte de esa aula, material escolar, cromos de uno de los alumnos, etcétera), como los otros veinte (aunque sólo utilizaban diez para esa clase de inglés), formaban el ejemplo claro de cómo no debía dejarse una aula. Los pupitres estaban mal colocados, algunos torcidos u otros con alguna pata pisando algún libro; había hojas, libros  y mochilas por el suelo, colocadas de aquella manera, despreocupadamente; algunos armarios estaban abiertos (tenían “los profesores de fuera” terminantemente prohibido tocar nada del aula al no pertenecer a ella); algunas batas estaban colgadas, otras tocaban el suelo. Al suelo, por cierto, le faltaba urgentemente una buena pasada de escoba y fregona. Marcos lo observó y se espantó, aparte de que en su fuero interno creció un estado de exasperación por el ajetreo de los niños. Sólo uno de ellos estaba sentado, mirando a la nada. Todos los demás estaban corriendo y jugando por el aula, chocándose contra sí, peleándose por naderías, inspeccionando cosas, mirando cómics. La única en pie que no estaba haciendo nada era Cristina. Ella se hallaba de pie junto a Marcos, con una mano a un filo del pupitre del profesor. De hecho, ella había tirado de un brazo de él y le había obligado a parar de escribir.

¿Por qué no vuelve Albert? –le preguntó en catalán, aunque él no prestó atención a sus palabras.

¡Sentaos! –dijo Marcos en inglés. Nadie le hizo caso, ni siquiera una mirada–. ¡SENTAOS! –ahí algunos le miraron, con cara de ligero espanto, y procedieron lentamente a sentarse. Los de siempre no hicieron caso, Miquel y Xavi–. ¡MIQUEL Y XAVI! ¡SENTAOS!

Había gritado en catalán esa última orden. Pese a que había ganado paciencia y había entendido que con los niños podía hablar única y exclusivamente en inglés sin miedo a la incomprensión, cuando regañaba pasaba al catalán, pues quería dejar todas las palabras claras.

¿Voy a buscar a Albert? –se ofreció Cristina, quien no había tomado asiento y seguía junto a Marcos. En su rostro se revelaba verdadera preocupación.

—Va, siéntate. No pasa nada –respondió, volviendo al inglés y haciendo un esfuerzo enorme por no insultarla. Ella a regañadientes se sentó en su sitio, a primera fila.

Es verdad. Albert no ha vuelto.

Qué fuerte.

¿Y si le ha pasado algo?

Sí, ha hecho una caca enorme y la mierda se lo ha tragado.

Descontrol total de nuevo. Los niños se partieron la caja ante ese último comentario. Marcos quiso reprender a Xavi por utilizar semejante vocabulario, mas lo consideró inútil y tan sólo le dedicó una mirada aberrante, a la que el niño espigado y rubio no intimidó. Al contrario, pareció gustarle.

«Cabrón», pensó el profesor.

A ver, ¿qué hora tenéis?

Él nunca llevaba reloj. No le hacía falta cuando disponía de un móvil que le funcionaba para multitud de tareas variopintas.  En cambio, algunos de los alumnos sí llevaban.

Y cuarenta y cinco.

¡Ya casi acabamos!

¡Sí!

Marcos se sintió fatal ante la alegría de los niños. Aún no había asimilado que sus clases ya partían con la etiqueta de “rollo”, por ser lo que era la asignatura de inglés ya de por sí.

¿Y cuarenta y cinco ya? Lleva Albert demasiado tiempo fuera. Va, cerrad los libros y vamos todos a buscarle.

Jamás una orden así podía desarrollarse con tanta prontitud y diligencia. Los niños, más rápidos que un corredor de cien metros liso, cerraron sus dos libros y los metieron en una carpeta blanca y negra con el logo de un canguro bebé saludando y las letras de LERU. ¡Cuántas veces había visto ese logo y esas letras! Con fondos diferentes, con imágenes diferentes, pero conservando su esencia.  Él había estudiado en la academia por la que ahora trabajaba. Anecdótico y gracioso, especial porque algunos compañeros de trabajo habían sido sus propios profesores.

Su clase terminaba a las dos del mediodía. Llevaba el programa bien para el examen final, que aún estaba a un mes a la vista. Visto el compartimiento y el estado efervescente de los chiquillos (la primavera la sangre altera, ¿quizá?), había tomado la mejor decisión. Había hecho muy poco, sin embargo.

Hoy quería liberarse de esos malditos niños.

Alterados, corrieron hasta la puerta de madera vieja y allí se amontonaron. Marcos pidió una fila india, en vano. Desgarró su voz inútilmente mientras dejaba la carpeta en su mochila y se metía el móvil al bolsillo. Sólo cuando se arrimó a ellos pudo controlarlos y ponerlos en fila. Espejismo. Tras salir por la puerta, los más malos rompieron la fila y corrieron escaleras arriba.

¡Esperad en el pasillo!

Los niños se revolotearon a su alrededor. Él no se descontroló: una vez fuera del aula, ya no eran su responsabilidad.

«Algo va mal», pensó.

Su clase se hallaba algo así como bajo tierra. Cuando todas las demás se encontraban en la primera o segunda planta, había esa clase como abandonada o marginada, que ves a saber para qué estaba ahí. A él no le gustaba nada esa aula, la despreciaba de hecho. No obstante, él trabajaba y necesitaba el dinero… En fin, como decíamos, su clase se ubicaba algo por debajo de la primera planta, accediendo a ella a través de unas escaleras, las cuales tenían unos pocos peldaños. Luego venía un pasillo con unas cuantas aulas. Si uno subía desde las escaleras y giraba a la izquierda, se dirigía a la salida del colegio y, a la vez, al patio central, un rectángulo grande provisto sólo de una fuente. Si se viraba a la derecha, uno se encaminaba a más aulas. Ese colegio, que sólo era para alumnos de primaria, tenía forma rectangular, con dos pasillos, uno en cada planta, los cuales también recorrían de forma rectangular. La primera planta conectaba con el patio, al cual se podía acceder a través de dos puertas, colocadas una frente a la otra, a cierta distancia entre ellas. En la segunda planta había ventanales a través de los cuales uno podía otear el susodicho patio.

Marcos llevó a los niños hasta el patio.

Quedaos aquí. Voy a inspeccionar toda la escuela. Voy a hablar con los otros profesores de LERU a ver si lo han visto. Albert debe estar por aquí.

¡Nosotros también queremos ir!

¡Sí!

Va, uno de vosotros vendrá conmigo. El otro que se quede aquí.

Todos alzaron la mano. Por supuesto. A los niños les encantaba ser voluntarios. Pensaban en el premio que vendría después, más que en el acto de ayudar en sí. Marcos escogió al niño más malo del grupo, a Xavi. Éste sacó la lengua a los demás, mientras éstos pusieron morros y se cruzaron de brazos, un enojo que a los pocos segundos ya se les pasó.

Marcos y Xavi dejaron a los niños dentro del patio jugando. Dentro se respiraba un silencio sepulcral que ponía los pelos como escarpias. Xavi se percató de ello y lo comentó.

Qué silencio…

No había absolutamente nadie en los pasillos  ni ningún ruido. Al mediodía poca gente trabajaba, pero unos cuantos niños se quedaban a comer. Detrás del colegio se alargaba otro patio, éste de tierra y muy grande. Si no lo encontraba dentro, miraría allí.

Tornó a mirar los lavabos. Nada de nada en ninguno de los tres. Tampoco se cruzaron con nadie. Al final Marcos optó por llamar a uno de los profesores. Junto con Xavi se encaminó hacia el más cercano a su posición, uno de los dos lavabos de la segunda planta. Era el aula de 4B. Allí estaban haciendo clase normal. ¿Clase normal? Pero si ya tocaba acabar…

¿Seguro que eran menos cuarto cuando os he preguntado por la hora? No será que… – Echó un vistazo al reloj del móvil –. ¡Pero si son y media! ¡Me habéis engañado!

No, profe. Mira. – Le enseñó el reloj. Marcaba las dos menos cinco.

De nuevo miró el reloj. La una y treinta.

Tu reloj va mal. Fijo que lo has avanzado.

¡No he hecho nada malo!

Sí, sí. Como siempre. Anda, pica a la puerta y dile a la profesora que salga, por favor.

El niño rubio, de pelo siempre despeinado y largo hasta casi las cejas, picó a la puerta. Lo hizo tímidamente. A Marcos le enrabietaba cada vez que se mostraba así, de una forma falsa y enmascarada. En su clase era un auténtico demonio, falto de timidez y vergüenza.

Una profesora abrió la puerta. Era alta, delgada y joven. Llevaba su pelo moreno y largo recogido en una cola y vestía con tejanos y blusa. Sus ojos y su rostro en general se llenaron de sorpresa.

Hola – dijo en inglés. Su voz salió aguda y melódica. A Marcos esa voz siempre le había resultado graciosa, demasiado fina como para ser verdad–. ¿Pasa algo?

Estamos buscando a un alumno mío. Albert. ¿Lo habéis visto?

La profesora, de nombre Jessica, se volteó y encaró a los alumnos. Repitió con voz alta el nombre del alumno con tono inquisitivo. Los niños, de unos once años, parecieron no entender nada. Uno de ellos se puso a sonreír y a hacer señas a Xavi, y a Marcos se le antojó que estaban maquinando alguna travesura. Cogió al niño y lo tiró hacia atrás.

No, lo siento. ¿Se ha perdido?

Ha ido al lavabo como hace media hora y no ha vuelto. Por cierto, ¿qué hora tienes?

Las dos y poco – contestó tras consultar al reloj de mano.

Oh, vaya. Mi móvil marca la una y media –. Tras lo cual, tornó a mirar su móvil. Seguían siendo la una y medio –. Qué raro. Se me habrá jodido el móvil.

Ya. Bueno, ahora ya acabamos la clase. Si eso te ayudo a buscarlo. No te preocupes: estará cerca.

Sí. Gracias.

Cerró Marcos la puerta tras de sí. Acto seguido, se encaminó con Xavi hacia las escaleras que conducían a la primera planta. Estas escaleras prácticamente tocaban con la puerta que daba acceso al patio y conducían a la entradita del colegio y al recibidor. Cuando a punto estaban de conectar con la primera planta, Cristina apareció del patio. Su rostro estaba marcado por la inquietud. Se paró ante ellos y cogió aire, con dificultad.

Profe… Albert ha aparecido.

«Qué alegría. Pues así ya me puedo ir» , dijo para sus adentros.

Pero está muy raro.

«Joder. Bueno, ir a verlo no me llevará ni dos minutos. Lo dejo con algún profesor de comedor y listos».

Los tres salieron al patio. Xavi corrió hasta Albert y lo palmeó en el hombro. Éste se encontraba en medio del patio, rodeado por los demás niños. Al instante Marcos percibió que algo no iba bien. Mientras se acercaba se fijó en su rostro marcado y absolutamente serio. Por lo general, su cara se asemejaba a la de un ángel, sonriendo pocas veces empero. Ahora sus ojos se revelaban tristes y depresivos. Su cabello, además, no se presentaba como media hora antes. Estaba… estaba…

…más corto.

Además, daba la sensación de que su ropa había pasado por una ciénaga o algo así.

Antes de qué él se dispusiera a preguntar, sus ojos se cruzaron. Se asustó. ¡Habían perdido cualquier rastro de bondad!

¿Dónde te habías metido, Albert? – ormó un hueco entre los niños y se acuclilló ante él. No lo tocó, sin embargo: estaba muy asustado–. ¡Eh! ¡Contesta! Te he estado buscando por todas partes y no te he encontrado.

A sus espaldas él y los niños pudieron escuchar perfectamente cómo las otras clases se habían terminado y cómo los niños se dirigían al comedor. Allí se respiraba silencio, silencio sepulcral. Incluso el viento era más audible que cualquier otra cosa. Marcos no se dio la vuelta, sino que sus ojos se mantuvieron fijos en los de Albert. Éste no había apartado la mirada, y parecía desafiarlo. Marcos no detectó nada de bondad en ellos.

¿Por qué no hablas? –preguntó Miquel, posando un brazo en el hombro izquierdo de Albert. Éste, al notar el tacto, lo miró. Su mirada fue fría y férrea.

Todos los presentes allí contuvieron la respiración. Marcos reparó en que Albert no parecía respirar.

¡Argh! – gritó como un loco, cual un indio enfurecido y depravado de todas sus pertenencias. Acto seguido fue a por Miquel y lo empujó violentamente–. ¡Argh! –aulló, a la vez que hizo ademán de rematarlo en el suelo e iniciar una pelea. Marcos estuvo rápido y lo agarró por detrás.

¿Pero se puede saber qué te pasa?

El niño principió a forcejear y a moverse alocadamente. Utilizó todas sus partes posibles para zafarse. Marcos aguantó cómo pudo, a pesar de la fuerza, el tamaño y la edad que les separaban. Al final lo soltó bien lejos de Miquel y los niños. Éstos estaban alucinando.

¿Qué coño te pasa? – se desesperó, olvidando que una palabra como coño estaba prohibida entre niños. Uno de los niños lo confirmó aspirando aire y cuchicheando.

El niño gritó muy, muy fuerte. Su voz se desgarró en el aire. Todos los presentes en el patio se taparon las orejas.

Vale, calma Albert…

Exhalando humo por los dos orificios de la nariz, se dio media vuelta y corrió hasta la otra puerta del patio. Una vez abierta, desapareció. «¿Pero qué coño…?». Descolocado, miró a los alumnos. Éstos lo miraron hasta que nuevos alumnos se adentraron al patio. Escuchó entonces muchas voces.

Sonaron a desesperación.

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