La abuela

Llevaba varios días jodida.

Tenía pinta de que esa vez era la definitiva.

Poco a poco empezaron a ir llegando todos.

Mis hermanos… mi primos, primastros…

La clínica nos facilitó una sala privada para que pudiéramos estar todos juntos.

Apenas eran las 6 de la tarde y ya estábamos todos.

Solo faltaba el primo Faley, que por entonces vivía en Buenos Aires.

Al contrario de lo que la situación pudiera invitar a pensar, en la sala no había mucha tristeza.

Quizá el hecho de que llevara varios días sin evolución, que en realidad se mantenía porque una máquina la ayudaba a respirar y eso, y todos lo sabíamos, era una forma bastante cruel de mantenerse viva. Todos pensábamos que así no, que era mejor que descansara en paz.

Las drogas le quitaban el dolor. La máquina le hacía respirar…

Para qué coño se mantiene a alguien vivo si por sí mismo no puede vivir?

El hecho de que llevara varios días “enchufada” a una máquina le estaba empezando a crear coágulos, trombos y mierdas tales que ya no podía seguir.

Sabíamos que en el momento de que la “desenchufaran” todo acabaría y, la verdad, prolongar ese estado no tenía mucho sentido.

Mi madre y tíos salieron del cuarto donde estaba.

Lloraban.

Entre sollozos nos dijeron que ya no aguantaba más, que no podían seguir teniéndola en ese estado.

«Os hemos llamado a todos porque… Bueno… Está muy débil y bueno… Pues eso… Los médicos dicen que si le quitan la asistencia mecánica… Va a ser cuestión de horas… Está lúcida aunque muy sedada… Dicen que ni está sufriendo, ni va a sufrir…»

Qué extraño oír unas palabras así y no tener muy claro si gana la sensación de tranquilidad y de paz, a la sensación de tristeza, de pérdida.

La tensión, el bloqueo que sentía me partió en dos. Un desdoblamiento interno casi quirúrgico, una división de mi propio ser. Como si estuviese actuando. Como si el yo que estaba presente fuese de cartón, haciendo el papel que se espera, pero por otro lado solo sentía un ansia angustioso, casi agónico porque todo terminara rápido, salir de allí corriendo y poder esconderme en mi casa, o en mi coche, esconderme donde yo siempre soy yo. Y una vez allí, poder soltar mi dolor. Un dolor que saldría como un parto, un dolor libre.

Acordaron que fuésemos pasando de 2 en 2 a verla, a despedirnos.

Empezarían por los más jóvenes.

Miri, Curro, Alba, Begoña, Carmen…

Entraban y salían y sus caras reflejaban la más pura de las tristezas.

Quitando a Miri, que entonces tenía 8 años, los demás, Curro, Alba, mi hermana Begoña y Carmen, ya pasaban todos de la veintena y eran muy conscientes de que salir de aquel cuarto significaba que ya no volverían a ver nunca más a la abuela.

El concepto «unión familiar» latía a mil por hora.

Había entre todos un inmenso orgullo por saber que al final se iba a ir como siempre quiso. Rodeada de sus hijos y nietos.

Con el tiempo la familia se desintegró. Muchos problemas.

La abuela era la unión, el tótem.

Pero en aquella sala, por aquel entonces, había una familia unida. Unida por los recuerdos comunes que daban vueltas por el aire.

La vida familiar, la vida entre primos, las navidades…

Pasaron David y Fran, luego Polín y Sergio.

Nos tocaba a Hugo y a mí.

Creí que la cabeza se me llenaría de recuerdos, de cualquiera de los millones de momentos que había disfrutado en la que quizá sea la relación familiar más tierna. La de abuela-nieto.

Pero la realidad siempre es otra.

La realidad me hizo entrar en una habitación que parecía el módulo de una estación espacial.

Había máquinas con mil botones, con cables, lucecitas, monitores marcando infinidad de datos, ruidos mecánicos de fuelles… Y, entre todas esas mierdas, estaba mi abuela. Mi Yaya, mi abuelita.

Despeinada, frágil, pequeñita como un pajarito, consumida. Con una máscara de oxígeno en la boca, varias sondas enchufadas en lo que le quedaba de brazos.

La realidad es a veces tan dura que es irreal.

Pensé que verla así tenía que haber sido muy duro para los primos pequeños…

Hugo y yo nos pusimos cada uno a un lado de la cama.

Abuela, qué tal?

Abrió los ojos como si acabara de despertar. Pese a que no hacía ni un minuto que habían salido Polín y Sergio.

Ay, mi Hugo! Qué guapo estás! Siempre has sido el nieto más guapo. Con sus rizos… Y mi Pedro… Qué bien te sienta la barba! Qué alegría saber que habéis venido todos. Qué bien. Has visto qué guapa está tu hermana? Ha venido desde Sevilla…

Claro, abuela, ya ves, aquí está. Cómo no va estar?

Sientes la omnipresencia de la muerte, pero todos la omiten.

Ahí estaba, mi yaya, hablando, queriendo hacer algún chiste. Tratando de que aquel instante no fuese tan jodidamente duro.

El shock del momento, la alta emotividad, la inmensa circunstancia te impide pensar, razonar con normalidad. Estás en una especie de trance, de ebriedad absoluta. Grabas más la escena que la vives. Casi lo vives como si hubiese sido ya grabada…

“Y ahí… Donde está… No se tiene miedo a la muerte? No se piensa en ello? Serán las drogas que le impiden pensar? Pero no, la veo cuerda… Sí está cuerda para hablarnos así”…

“Pensará en dios? En el cielo? Pensará en el abuelo? En verse con él? Siento que pese a su ateísmo, su educación de rosario y cruces le han hecho dudar alguna vez y que sin duda este es el momento de la verdad”…

Pero estas cosas no se pueden preguntar, y se quedarán para siempre en las dudas que me dejó.

Acaricié su mano, sin poder hacer más que tragar saliva. Noté su calor, su piel arrugada, sus huesos.

Mi corazón latía más deprisa que nunca. Me sentía bloqueado.

De mis ojos salían lágrimas suicidas, que cayeron sin permiso. Precipitándose.

No estéis tristes. Me voy muy feliz. Ya me tocaba. Me llevo el orgullo de ver que todos mis hijos y nietos me han superado…

Oír decir aquello no pudo destrozarme más. Sentí que las piernas me temblaban…

Aquella frase tan hermosa, tan bonita, tenía un mensaje más profundo: La aceptación de la muerte.

Miré a Hugo y estaba a punto de derrumbarse… Noté cómo no aguantaba más. Aquella visión de mi hermano, mi hermano pequeño, fue absolutamente demoledora. Se le notaba que apenas podía estar de pie.

Hugo le dio un beso en la frente, me miró lleno de lágrimas y se fue.

Su silueta en el contraluz del pasillo al marcharse era temblorosa.

Pedro, hijo, tienes que ser feliz… Que eres el eterno descontento… Siempre tienes mil demonios…

Sentí que me apretaba la mano…

Hijo, la gacela no tiene que correr más que los leones… La gacela tiene que correr más que el resto de las gacelas.

Han pasado ya muchos años. No recuerdo muy bien cuántos. Mi cabeza nunca quiso guardar la fecha exacta.

Solo sé que fue a finales de noviembre, que hacía frío y que al salir de allí, mi hermano y yo volvimos en coche sin apenas hablarnos.

bluebird Comunicación
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