Juan el Piropista (o Relato de la extinción del Piropo)

Una vez aprendí que las cosas escritas importantes en tu vida han de hacerse manuscritamente. Es decir, hay que sentarse a la mesa con una buena taza de café recién hecho, dar una calada a tu cigarro favorito, encender ese flexo que tanto calorcito da en invierno pero que en verano puede llegar a quemar el papel, coger el bolígrafo más viejo que tengas y el papel más arrugado, y practicar tu caligrafía. Aunque he de reconocer que es cierto también que a los que nos encanta el olor a tinta en el papel, nos produce un tremendo placer, casi orgásmico diría yo, el abrir y oler profundamente la virginidad de un cuaderno por estrenar. Mirarlo y decirle: “No te voy a dar ná”.

Me da mucha pena que Facebook, Twitter, Tuenti y otros inventos anti socializadores hayan adulterado y quitado protagonismo a la comunicación escrita y el encanto de una buena carta, un diario personal, o lo que quiera que quede plasmado en un papel de nuestra propia mano. Y lo digo consecuentemente, ya que a la vez que hago uso de la red para publicar este relato, también dejo copia manuscrita del mismo. No puede ser nunca igual, ni tiene el mismo encanto, ni la misma magia, y seguro que no despierta los mismos sentimientos (al menos con la misma intensidad) sentarte delante de tu ordenador, meter tu mail
siempreestoyconectadoynopuedovivirsinmovil@ponmeunwasap.com, 
luego tu contraseña que sólo sabes tú, y los hackers de medio mundo que se la chivan a la otra mitad,  y mirar los correos antiguos; que abrir el armario, rebuscar entre los jerséis de invierno la caja que contiene todas esas viejas cartas de cuando eras más joven, que con sólo olerlas te llevan a ese tiempo añejo, que a cada inhalo le corresponde un recuerdo, cada olor de cada una de ellas se identifica con un viejo amor, o con un desamor, cargadas de buenas y malas noticias, peticiones, piropos… no puede ser nunca lo mismo el olor a papel mezclado con humedad, que el plástico de un teclado.

A pesar de ser un enamorado del lápiz y el papel, también me fascinó siempre la transmisión oral de la sabiduría. El poder que tienen algunos de convencer sin apenas abrir la boca, decir dos tonterías y convencerte de que el blanco es más negro que el negro, que todo lo que baja sube, y que Messi era diestro. Pues Juan Antonio era el maestro no sólo en eso, sino también en dominar las difíciles y cada vez más extintas (en España ya no se construye, ergo hay menos albañiles) artes del piropo. Es por eso, que todo el mundo le llamaba Juan El Piropista.

Juan vivía en una calle muy pequeñita en pleno centro. Era muy estrechita, lo cual se agradecía en esos veranos desagradablemente calurosos, ya que siempre había sombrita donde cobijarte y refrescarte con la leve brisa que corría en ella. Por la noche los vecinos salían a tomar el fresco, a la vez que charlar hasta bien entrada la madrugada, intentando arreglar el país y la televisión (ellas), y hacer unos fichajes y alineación decentes del equipo local (ellos). Al ser una calle tan agradable en verano, era muy concurrida por los transeúntes que Juan solía observar cada tarde sentado en su silla de enea, la típica, color verde Andalucía, ornamentación floral, y coja de una pata, como no podía ser de otra manera.

Él siempre se ponía astutamente en la esquina donde concurrían su calle y otra perpendicular, con lo que podía disfrutar del fresco, y tener un ángulo de visión perfecto para tener ambas calles perfectamente controladas. Como ya he dicho, manejaba los piropos como nadie, algunos inventados sobre la marcha, otros de cosecha propia convenientemente almacenados, y otros quizá rescatados de Paco, su hermano mayor. Otro gran orador, pero éste estaba experimentado en el también difícil campo del humor. Paco no contaba chistes, sino historias que él catalogaba unilateralmente como verídicas. Evidentemente no eran verdaderas creo que ni el 10%, pero su poder de convicción era increíble. A mucha gente del pueblo convenció de que en su juventud fue torero (cuando hasta los gatos le daban miedo); de que pudo ser futbolista profesional, pero dejó que probara en un equipo vecino un colega suyo de El Salvador, en lugar de él, y que acabó haciendo historia para la afición; de que en temporada alta solía ir a cazar venados a Benamahoma, cuando no era capaz ni tan siquiera de conseguir un vaso de vino en los puestos de tiros de la feria… Pero todos creían sus historias inverosímiles.

Juan no era especialmente guapo. Tenía una nariz un poco porrona, como un balón de fútbol pinchado. Las cejas levemente corridas, no mucho, aunque lo suficiente como para que algunos amigos, los cargantes, le dijeran de vez en cuando: “Juan, un pelaito en el entrecejo pisha, que te van a salí espárragos un día de estos cohone” o “un poquito gomina al entrecejo Juan”, o también “que bien te queda la nariz a la sombrita del entrecejo Juan”. Pero por su calidad como hablador, conseguía estar siempre rodeado de mujeres. Y eso a él le encantaba, aunque su mujer no lo llevara del todo bien, pero ya lo conoció así, y  nunca pretendió cambiarlo.

Aquí os dejo a continuación una parte de su repertorio o piropario como me gusta llamarlo, ya que seguramente se llevara al cajón la mayoría de ellos, como los grandes magos que nunca revelan sus trucos. Si alguna vez queréis hacer uso de ellos sois libres de hacerlo, Juan nunca reclamaría derechos de autor, ni nadie de la SGAE vendría a sacaros las entrañas, pero recordad que todos esos piropos han de decirse con convencimiento, creerte lo que estás diciendo, dejarte el alma porque suenen con elegancia, nunca usarlos para conquistar, sólo para sacar una sonrisa, subir el autoestima, darle brillantez a la lengua, y sobre todo, conseguir que no le pase como al Mamut o el rinoceronte blanco. El piropo nunca debe extinguirse.

Qué suerte tienen esos zapatitos,
de llevar en lo alto ese cuerpo tan bonito.

Yo no sé si es muy larga o muy corta esa faldita,
pero yo lo que estoy viendo me parece una auténtica maravilla.

Madre e hija, hija y madre de la manita van andando,
si una es bonita, la otra de guapa está reventando.

¡Niña! Ar favó de dedicarme una miraita,
que ya sé que tus besos son muy caros,
pero las miradas son gratuitas.

¡Ay! Si yo fuera jardinero me moriría de penita,
al ver que ninguna de mis flores,
fueran tan preciosas como tu carita.

La morena y la rubia por mi vera están pasando,
y yo muriéndome de pena
a medía que se van alejando.

Chiquilla, si acabas de pasar,
y te estoy echando de menos ya.

—¡Niña! ¡Guapa!
—¡Ay! Juan, déjame vivir, no seas puñetero…
—¿Cómo te voy a dejar vivir? Si sabes que por ti yo muero.

Ya verás tú que un diíta de estos que no haga tanto calor,
que me viá levantá de la silla, te daré un besito,
y de la manita nos vamos a ir los dos…
(¡¡¡y a mi mujé que le den porculo!!!)

Pero llegó el día en que la calle ya no fue fresca nunca más, ni soplaba nada de aire, y la sombra que todos disfrutaban en verano se tornó en un sol que lapidaba. El motivo sólo era que el edificio ato de al lado fue derribado para hacer un parking público, y claro, ya no era lo mismo. Pero lo peor no era ni la falta de sombra, ni el recalmón, ni el calor… era el silencio. La calle se tornó silenciosa, deshabitada, llegó un día en el que las mujeres ya no pasaban nunca, ni para comprar el pan. Llegó el día en el que Juan se fue, y con él se fueron sus piropos, se fue la alegría, se fue la poesía, se fue el descaro, se fue la elegancia, se fue el atrevimiento, se fueron los modales. Aunque todavía hoy, hay alguna que otra que pasa por esa antigua fresca y sombreada calle, mira hacia ella de reojo con la autoestima por los suelos y piensa: “Que bien me vendría ahora, que estuviera sentado en esa esquinita, Juan El Piropista”.

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Soy 32 años joven y estudié Filología Inglesa. Soy de Puerto Real y a parte de escribir relatos, también soy traductor, principalmente de inglés a español, y profesor de español autónomo (vivo en Manchester). Para pagar las facturas y las cervezas que me tomo trabajo también como camarero en un restaurante. Me considero una persona que sabe muy, muy poquitas cosas, pero las que me se, me las se muy bien, y me gusta aplicar mucho un gran consejo de mi padre: Más vale un porsiacaso que un yomecreía. Me gusta la política pero no me gustan los políticos, me gusta el fútbol pero no me gustan los futbolistas, me gusta mucho más viajar que quedarme en casa, me gusta más hablar con los ancianos y los niños que con los adultos, y me gusta quedarme dormido en la playa.

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