Hagamos algo

Echaban la sexta partida de la tarde al parchís. Mick estaba en racha triunfal desde la segunda, Mark se quedaba a las puertas con la última ficha y Mel no dejaba de hacer putas barreras estúpidas. 40, 42 y 43 tacos. Mick tenía un rabo de 23 cm y curraba en un desguace. Mark tenía un brazo más corto y gordo que el otro, un montón de deudas de todo tipo, debilidad por los Pixies y no muy buena memoria. Mel era esquizofrénico, psicópata a tiempo parcial, hincha del Chelsea, medio analfabeto y bizco. La birra se había agotado, el vino se había agotado, el JB les asqueaba y optaron por elevarse con absenta. Mark preparó los chupitos en recipientes para muestras de orina. Mel sacó 3 seises seguidos, hostió la mesa renqueante, meneó su chupito, se lo endosó rabiosamente y apartó el cubilete rojo de la zona de juego. Mark soltó un pollo y una frase corta: «Tronchatangas, te toca.» El hachís no era suficiente, apostarse roñosos euros tampoco; rajar sobre putas y bugas no lo era ni de largo. Mel ganó su partida de honor y se llevó una colleja por mal jugador con potra no reconocida. Los 3 eran heteros, pero Mick echaba el ojo a ciertos nabos del gimnasio planteándose si debería preocuparse por hacerlo. Repensaba después (con un sobresfuerzo de la puta rehostia) que en el fondo lo hacía pa saber si lo suyo era lo más descomunal que podía tener cerca y «bajo control». Solían tirar del 5 contra 1 y escúpelo todo (cada uno con la suya). Las mujeres que les gustaban eran para otros hombres que no les gustaban. Esos hombres que no les gustaban eran el problema que capar. La absenta verde y diabólica erizó sus instintos. Apartaron el tablero y lo demás y se observaron. Mick: «Hagamos algo». Mark: «Que te jodan, no tengo un puto chavo, m’has fundío, ¿te lo recuerdo, so mamón?». Mick: «Visitemos a Sheila. Tal vez nos haga descuento hoy; es festivo». Mel: «Tú flipas. Esa perraca lo único que te descontará es el número de pajas si llevas un par de los naranjas». Mark: «Gibson, dame un puto piti, anda». Mick: «Me toca los cojones aburrirme con dos pichafloja un domingo». Mel: «¿Y si nos cargamos a algún turista yanqui?». Mark: «Paso. Eso no me engordará la cuenta y sobaré en el trullo. Prefiero mangar, pero no se me ocurre a quién».Mick: «Yo quiero joder. Joder de verdad. No, no, quiero violar. A una pureta buenorra si puede ser. A una pureta sola, rica y con goteras en el coño, seeh»… Mark: «A ver, jodido cabeza de pony… ¿Tú crees que esas tienen algún tipo de gotera por reparar?». Mel: «Eso, eso, joder… Olvídalo, mejor será matar, hazme caso, hostias, ya verás que es más divertido y original la primera vez. ¿No eres tú d’esos del palo hay que probarlo todo?». Mick: «Tío… No nos inculques tus mierdas. Debe surgir algo más provechoso cuando los locatis se juntan». Mark: «Sí. En eso estoy con él. Replanteemos la maldita situación actual». Mel: «Matemos, hacedme caso, so cabrones». Mick: «Que no… Violemos, será más fácil, entretenido y placentero». Mark: «Sigo en mis trece: manguemos. Me lo agradeceréis, putrefactos. Poned algo de los Pixies pa celebrarlo antes d’empezar; Debaser me vale, ¡va!». Mick: «Que te peten, a ti y a los putísimos Pixies. Follemos. Y de gorra. Si quieres… Tú le chorizas lo que lleve encima, aunque no sea de valor y aunque no sea una pureta; me la suda. Y tú te la cargas como te dé la puta gana pa que no pueda llorar ni delatarnos». Mel: «Okey, en ese caso, d’acuerdo». Mark: «Bien, vale, bueno, está bien. Hecho». Mick: «Perfecto, escorias, ahora sí: pongamos algo de Luke Vibert entonces; ese pavo me flipa. ¡Dame ese roto ácido sucio suyo! Twain, pon el Yoseph, ese LP chana mucho. Gibson, cúrrate unos tiritos de ese blanco tuyo pa las tochas de los colegas, ¿no?». Finalmente se pusieron de acuerdo. Guardaron el tablero, se hocicaron por turnos a la botella de Jack e hicieron lo propio con billetes de 10 euros pa las clenchas. Luke les dio el resto. Mel se sintió pletórico y danzó a lo moñardón por el pasillo mientras abandonaban el salón ahumado. Mick le pateó el culo para que cesara d’enervarle. Mark los separó de un empujón cuando s’encararon como niñatos. Descendieron en fila española (sin orden) los 8 pisos del bloque con aluminosis (el ascensor no era de fiar). Localizaron el C30 en un vado. Mel no sabía conducir y Mark lo hacía dificultosamente debido a su desigualdad de extremidades superiores, así que Mick hizo de chófer. Tras acariciar un par de parachoques pusieron rumbo al delito desorganizado que les daría algo, algo de emoción dominguera. Cabeceaban aún con Vibert (Mick había pillao el cd, odiaba la radio). Llovía, pero ¿qué pollas importaba eso? Cuatro gotillas les harían aturar aún mejor, o no. Mark aulló: «¡Eh, cacho putón!, ¿qué es esto?, M’he clavao un cachivache… Yo qué sé qué es… es un… una… ¿Diadema?, ¿se dice así? Qué… ¿Qué mierdas hace una diadema en el C30?, ¿te follas a anticuadas, míster pollón? Dime… va… ¡contesta, cerdaco!». Mick pausó a Luke: «A ver, bazofia deforme, t’he dicho cientos de putas veces que el puto Volvo es de mi madre, o sea que no me rayes, ¿estamos?». Mel se tronchó por lo bajini y reanudó el ácido. Paró de llover. Mick silenció el espacio una vez más: «Escuchadme bien lo que he de contaros: conozco a una pureta. Y no de clase media precisamente. Se llama Meg. Mel, no pongas esa jeta d’enfermo, anda, atiende bien». Mel: «Imbécil, si soy un enfermo, ¿qué puta cara quieres que ponga?». Mick: «Cierto, cierto, estoy nervioso, no he caído en ese detalle. Venga, prosigo: Meg es una tía lejana mía. De procedencia lejana, no de residencia, porque reside aquí al lao. ¿Pilláis? El tema es el siguiente: No es un súper cañón, pero está follable y, atención, Mark, esto te interesa: Está forrá. Su maridito es meteorólogo o jefe de un montón de meteorólogos o… No sé… El tío está siempre con el cielo en la chola, y casi nunca en su mansión, porque creedme, es una mega-mansión… Y… ¿Lo mejor de todo? Como es de la familia, pues tengo su Caralibro, y… bueno, a ver, presuntamente ella no es subnormal, es traumatóloga, pero ha colocao su dirección en su Caralibro. No tiene críos pero está operada de ligadura, me lo cascó un primo lerdo. Lo digo por si queréis rellenarle el higo. Es rubia y mide 1,60 aproximadamente. Tiene buenos melones, una 100 o así, aunque tiene mala baba, aviso. Venga, la calle es ésta: Sofía Pía. M’acuerdo siempre, jeje, y el número… Del número no m’acuerdo, pero bueno, la choza es muy reconocible, gris y futurista, con domótica y toda esa mandanga. ¿Os cunde el plan?». Mel: «Mark, saca el puto iPhone ya, y busca esa dirección, ya». Mark: «A sus órdenes, don esquizo». Mel: «¡Que no me llames así, hijoputa! Joder, ¿quieres que te hunda el mentón gratuitamente?». Mick: «Parad ya, putos idiotas, ¡parecéis criajos de mierda sin mayores preocupaciones que discutir! Preocupaos de lo que nos atañe: diversión de domingo». Mark: «Aquí el único preocupao de mierda eres tú, ¿t’enteras?». Mel le pasó el peta a Mark como gesto de paz. Volvió a llover y volvió a parar. Las avenidas estaban desérticas. El C30 hizo caso de las manos y pies de Mick, que a su vez hizo caso al iPhone que hizo caso a los dedacos de Mark. Aparcaron en la paralela a Sofía Pía. Salieron, con portazo por triplicado a continuación. Jagger puso la directa. Los otros dos caminaron muy muy lentamente. Mick: «¿Queréis que nos folle el lunes o qué? Madrequeosparió, de verdad… me tenéis hasta las putas pelotas». El endeudado exigió lumbre a un par de jóvenes rubiales transeúntes embolingaos: «Shhh, pringaos, dadme lumbre». Rubiales: «¿Perwwdona?». Gibson intervino: «Abonos por ensacar, ¿estáis sordos, sois lerdos, guiris o todo junto?». Los rubiales se rieron escupiendo perdigones de pacharán. El de los 23 giró el cuello a ambos lados de la calle, guiñó un ojo y Gibson sacó la chirla y los apuñaló cinco veces a cada uno mientras el de brazos desiguales ponía de su parte soltando punterazos de rugby extremo. Se hicieron con el mechero y los dejaron desangrándose en el suelo pidiendo una ambulancia al aire quieto. Mel: «Me revienta que algo tan necesario como el fuego provoque burla». Mick: «De burla nada. No te pases de listo ni t’excuses. Si tenías sed de muerte es otra cosa, vale, pero… que no hacía falta ponerse así, no tenían ni 25». Mel: «¡Me la resuda! ¡De mí pidiendo fuego no se ríe ni el mismísimo diablo! Les hacía falta esa lección. De hecho, deberían de haberla sabido. Fuego… ¡Eso no se niega! Ahora ya no hace falta que aprendan nada más». Mark: «Mirándolo así… Buena filosofía, señor esquizo, estoy contigo». Mel se revolvió sin escrúpulos contra Mark retorciéndole el brazo largo: «¿Qué t’he dicho hace un rato, ratero desigual, ein? ¿QUÉ TE TENGO DICHO?». Forcejearon. No habría premio pa ellos ni campeón feliz. Mick: «¡Desamargáos ya, copóóón! ¡Vengaaa, va, vamos, jodeer! ¡Que hace 30 años que somos colegas! Hagamos que se note, ¿NOOO?». Mel y Mark neutralizaron el uno del otro las agresiones ipso facto. Mel: «T’has colao un poco ahí, centollo. Tengo cuarenta y 2. Con 12 años yo no tenía ni zorra de amistad o colegueo». Mark ejercitó su hombro y codo y asintió sin dejar de caminar. Mick: «Ojjj, está bien, pero vámonos ya d’aquí. Son casi las nueve de la noche y esa puretilla cenará sola pero puntual… y no quiero follarme a un barrigón de yogures». Reemprendieron la marcha dispuestos a obrar buenamente el mal. Llovió de nuevo. Tronó una vez. Se acercaron a Sofía Pía callados. Mel miró embobao las estrellas. Mick: «No las mires, grillao, que no hay ahora, y si hubiera no estarían ahí pa ti». Las miradas fueron amenazantes de nuevo y el humor pudo con otro rifirrafe. Eran las 20:44. Justo iniciaban paso por la calle de Meg cuando Meg y su Ford Ka llegaron flechaos. Mick: «Mirad… Meg y su Ford Ka a punto de aparcar». Meg aparcó enfrente de su mansión a oscuras. Los tres inquisidores se escondieron tras un contenedor de materia orgánica. Mark: «Pero… ¿Por qué coño nos escondemos? Vaya mierda de maleantes… Míster rabo, ¿acaso no la conoces?». Mick: «Ah, sí, pues sí. Vayamos con naturalidad». Meg no había tenido un día duro: nada de riñas laborales, alimentación correcta, maquillaje carísimo intacto. Pensó en sus 39 años y en Uganda. En meteorólogas escotadas. En bañarse. Echó mano al bolso de piel de algún anfibio y entró en su hogar a temperatura idónea. Mick y sus compinches tardaron 3 minutos en picar a su puerta mientras se descalzaba. Se calzó de nuevo y miró por la mirilla. Reconoció a su sobrino. Meg: «Hola Mick, ¿qué me cuentas?». Mick: «Pues nada, tía. Pasábamos por aquí, ya sabes, y… Bueno, el caso es que… Bueno, te los presento; son viejos amiguetes: Sam y Sean»… Meg dejó caer el mítico Encantada; ellos un Amh. «Y… Bien, resulta que… Bueno, a ver… Ellos están en paro; ya sabes, la crisis y tal… Sean es yesero y Sam es su ayudante, y… Además de paraos, están un poco baldaos y deprimíos… y… Bueno, yo tampoco ando en mi mejor momento; lo mío con Gina no pita y… Todo parece espeluznante… y… ¿Tienes café hecho?». Mel y Mark miraron d’arriba abajo a Mick nerviosamente. Mel se subió los pantalones. Mark se sonó los mocos con la manga corta. Mick esperó respuesta. Meg: «Emmm, Mick, cariño, he tenido un día duro de veras. Necesito descansar, así que si os marcháis me hacéis un buen favor». Intentó cerrar el portón. Mel irrumpió: «Pues claro que t’haremos un buen favor, nena. Tú no tienes ni puta idea de lo que es duro de verdad. Mick se ocupará de que lo sepas, así que olvídate de eso de descansar». Meg reculó obligada por el empuje de Mark. Meg: «Pero… ¿De qué coño va esto?». Mark: «Tú tienes guita, señorita… Y yo estoy pelao. Por mi parte va de eso». Meg: «Eh, eh, sobrino, no me gustan estas bromas»… Mick la agarró de una muñeca. Mel correteó en busca del lavabo pa ir a mear y Mark en busca del escondrijo de la caja fuerte. Mick rodeó y tapó la boca de Meg con su manaza derecha y se desabrochó la bragueta con la izquierda arrastrándola de los pelos rubios hasta el sofá de 6 plazas. Mark no encontró la caja fuerte; no había. Mel terminó de orinar y acudió al salón ansiando espectáculo. Meg sollozaba trágicamente. Mick estaba jincándosela a lo misionero pero decidió ponerla a cuatro patas. Meg estaba horrorizada, paralizada, desmaquillada y con el vestido gris hecho un guiñapo. Mark: «¿Dónde está el dinero si es que está aquí, Mick?». Mick siguió a lo suyo, bombeando mientras Meg padecía y Mel hacía de voyeur. Mark: «Mentiroso salido, ¡no volveré a repetirlo!». Meg ya no estaba tan reseca pero pensó en algo. Mel también pensó en algo: se bajó sus piratas y se acercó al bombeo. Se la meneó sonriente y se empalmó adorando la pose de Mick decidido a encularlo. Mark: «Voy p’allá. M’estáis timando y en teoría soy yo el mangante». Meg logró zafarse del dominio de Mick pero no lo dio a entender. Mel encaró su cipote apuntando al ojal de su colega con cautela. Trató de acertar. Mick se coscó de su retaguardia en jaque: «Pero… Qué… ¿Qué mierdas haces, tío?». Meg deslizó su manita izquierda entre el sofá y su vagina violada y de un tirón veloz arrancó por error los huevos inflados de Mel, que no acertaba a encular a Mick. Mel… Manando sangre por donde ya no había pelotas, hizo rebotar un agudo alarido por toda la mansión, y en un frenético acto instintivo rodeó la cabeza de Mick, alcanzó sus cuencas y las vació con ambos dedos del corazón. Meg, liberada, con la mano ensangrentada, el coño asustado, el pulso a 15 mil y las medias rajadas, lloró con una fuerza que no creía tener. Mark llegó a destiempo, sin perlas, billetes ni oro encima. Descontrolado y haciendo aspavientos, puso pies en polvorosa sin mediar palabra con Meg y su dolor. Al bordear los cuerpos masculinos, resbaló con la pasta rojiza de huevos y ojos esparcida por medio salón y murió desnucado y pobre. 3 horas más tarde, el marido meteorólogo facturaba maletas a 300 km del crimen mal llevado a cabo y aún no limpiado ni aclarado por la pasma, y un poli palurdo la interrogaba aún convaleciente, temblorosa y paliducha. P. palurdo: «Señorita Meg… Por favor, dígame, ¿qué es lo que más recuerda de aquellos tres rostros hace tres horas?». Meg: «Pues…. Agente, verá, emmm, todo sucedió increíblemente rápido, créame, y… Sé que eran morenos, o más o menos morenos; estatura media, algo desaseados, nada destacables físicamente, pero…. Es curioso. O era… Era curioso. Me pareció curioso que en sus miradas había una escandalosa sensación de aburrimiento impregnada, muy impregnada. ¿Sirve eso de ayuda?».

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
Artículo anteriorEl Nobel de José Saramago, 18 años después
Artículo siguienteVespa, un mito que cumple 70 años
Electricista diariamente. Con cierta chispa y tensión restante escritor resultante (poemas, relatos). Autor de los poemarios autoeditados 'Alquilé mi vejiga al insomnio' (2011), 'Otr@s y poco más' (2011), 'Contra los cuerdos' (2012), '¡Estraga!' (2013), 'Color cogido' (2014), 'Nada sonado' (2014), 'Sed a tiempo' (2014), 'Cierto verdor' (2015), 'Lo normal sale sangrante' (2016); así como del libro de relatos 'Por donde van otros tiros' (2015).

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.