Facha-cornuda

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Te ha vuelto a pasar. Has tenido que volver cuando ya estabas al final de la calle para comprobar si habías cerrado la puerta con llave.

Y sí. Estaba cerrada. Habías echado las llaves. Las tres vueltas.

Y ya que estabas… Has entrado y has mirado si la vitrocerámica tenía puesto el seguro.

Por las gatas. Claro. Para que si se suben no pongan algún “fuego” a funcionar. No vaya a ser el demonio.

El seguro estaba puesto. Desde anoche. Hoy ni lo has tocado. El café de hoy lo has calentado en el microondas. Pero vete tú a saber.

Buscas de nuevo a las gatas para despedirte otra vez. Pero ellas a estas horas tan tempranas están en plena fase de peleas y carreras a toda hostia. Sabes que va a ser difícil poder cogerlas para hacerles unos mimos.

Desistes.

Te miras en el espejo del recibidor. Tienes un cuello de la camisa por dentro y otro por fuera. Lo corriges. Pero cuando te cruzas la bandolera del bolso sobre el hombro se vuelve a salir. Lo vuelves a meter dentro, y se vuelve a salir.

Desistes.

Al final del pasillo aparece una de las gatas a toda velocidad, empotrándose contra una silla.

COmo un relámpago sale de nuevo corriendo. Parece un dibujo animado de esos que corre sin avanzar. Como patinando.

Se oyen los ruidos de una persecución que, por los sonidos, sabes por dÓnde transcurre.

Sofá, suelo, suelo con moqueta, sofá, sillas debajo de la mesa, sofá y escalada de cortinas.

Las gatas se han montado su propia “pista americana”.

Te parece gracioso ese pensamiento y te ríes solo. Como un tonto. Como siempre.

Vuelves al salón a echar un último vistazo y las dos gatas paran en seco y te miran petrificadas. Inmóviles. Con los ojos muy abiertos. Se percibeN los latidos del corazón. A mil. Pero están quietas, mirándote.  

Un, dos, tres, al escondite inglés. Y otra vez la energía felina de sus cuerpos estalla en una nueva persecución. Como si sus cuerpos no aguantaran la tensión acumulada en ese breve espacio de tiempo en el que permanecieron quietas como estatuas.

Sillas, sofá, debajo del aparador, sofá, suelo, suelo con moqueta, sofá.

Hasta que se enredan las dos en una sola bola de pelo donde se ven caras con colmillos y patas con zarpas.

Te cuesta creer que de ahí no salga alguna dañada seriamente.

Pero sabes que, pese a la tensión que se percibe, están jugando. Que no pasa nada. Que se quieren. Y ese pensamiento te reconforta. Te enterneces.

—Chicas, Vale ya!  Que os vais a matar…

Les hablas sabiendo que ellas te entienden, pero te ignoran.

Pasas de nuevo por el espejo. El cuello de la camisa…

Desistes.

Cierras la puerta. Con tres vueltas.

Al salir pasas por la ventana de tu vecina. Una señora mayor que vive sola.

A estas horas todos los días está escuchando una misa por la radio.

Todos los días te arranca el mismo pensamiento:

“Buff”.

Antes de entrar en la oficina te pasas por el bar de siempre y te pides lo de siempre.

Hay una camarera colombiana. Pero ella nunca ha reparado en ti.

Miras la portada del El País y de La Razón. Solo encuentras una de las supuestas siete diferencias. El tamaño del periódico.

Han vuelto a pillar a los “peperos” en otra trama de corrupción en no sé qué sitio. Pero las portadas de los periódicos hablan de que en Venezuela no tienen papel higiénico para limpiarse el culo. Deberíamos mandarles nuestros periódicos. Para que se limpien el culo. Claro.

Prefieres leer la prensa en tu móvil.

En el diario.es transcriben algunas conversaciones de los peperos que roban a dos manos, con palas, con excavadoras.

Encima de casposos, son clasistas y muy machistas. Hablan de “volquetes de putas”, “queridas” en los barrios altos de la ciudad… Cocaína…

Los suegros del jefe de los casposos aluden a los montadores de muebles de IKEA para justificar que les han encontrado un millón de pavos en un armario.

Todo te resulta “tan gracioso”.

Pero que en Venezuela no se puedan limpiar el culo no debe de ser nada gracioso.

Eso dicen. Eso debe ser mucho peor. Claro.

Llega un mail.

Es Pilar. La “jefa”. Tu amiga. La poeta.

A Pilar le han publicado un libro de poemas. Rouge. Algo que tú estás intentando sin éxito.

Claro, ella es buena. Ella tiene frases como “me corro de amor.”

Debe ser la hostia correrse de amor.

Pilar tiene una perra, dos gatos y un novio al que le gusta mucho Batman.

Te manda un listado con las editoriales a las que ha mandado tu manuscrito.

‘Cocaína en la cara de Lou Reed’.

Pobre Lou. Ahora que seguramente estará tan tranquilito con David no le dejas en paz. Y le tienes dando vueltas de bandejas de salida a bandejas de entrada. De buzón en buzón. Como un repartidor de publicidad de mierda.

Y en eso de “colocar” tu mierda no desistes. Como con el cuello de la camisa. Que sí.

Pero ya no sabes sobre lo que escribir. Últimamente te cuesta un huevo encontrar una buena historia.

Piensas en escribir sobre un chico de Vallekas vapuleado por la vida, que le lleva por el mal camino y por las drogas.

Y te llega a la cabeza una cara vallekana vapuleada. Poli Díaz. Y te das cuenta que no. Que no quieres escribir sobre eso. Que eso del chico de Vallekas problemático sí que está vapuleado.

Te acuerdas de esos abueletes a los que los montadores de armarios de IKEA les han dejado un millón de euros.

Y piensas entonces que quizá esa sea una buena historia sobre la que escribir.

Recopilas algo de información para enterarte un poco mejor.

Pero cuando oyes la voz de los dos viejecitos contando la historia te parece muy cruel reírte de ellos.

Entonces piensas en su hija, y en el marido de la hija. El yerno. El jefe de los casposos.

El de “la querida” mantenida en los barrios altos. El de los “volquetes de putas” y coca.

Pero ves más filón en esa mujer. Una mujer cornuda. Humillada. Una mujer que ahora toda España sabe que su marido mantenía “queridas” en los barrios altos de la ciudad. Que la engañaba continuamente yéndose de putas pagadas y coca pagada.

Esa mujer ha metido a sus padres, ya ancianos, en un lío. Y piensas si lo ha hecho por amor o por ambición.

Si era o no consentidora. Si era una “cornuda consentida”.

Te preguntas qué les dirá a sus amigas, o qué dirán sus amigas cuando ella no esté.

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Seguro que se mofan. Seguro que alguna “amiga” que siempre la haya envidiado, ahora se ríe de ella: “Jajajaja, zorra cornuda. Presumías de tener mejor coche. Que el tuyo era descapotable. Ahora ya sé por qué… Para sacar los cuernos! Jajajajaja, zorra cornuda”.

En tu imaginación la facha-cornuda iba con la cabeza alta a todos los sitios, y ahora cuando va al mercado siente las miradas de todo el mundo cuchicheando sobre el ladrón de su marido, sobre “la querida” brasileña, mucho más joven y guapa y, cómo no, sobre sus cuernos.

Desde que saltó el escándalo ha dejado de ir a misa. Antes iba a rezar todos los domingos. Seguro que rezaba para agradecer a Jesús lo bien que les iba y a presumir dando dinero en billetes cuando pasaban el cepillo. Pero ahora Jesús, él también, se ríe de sus cuernos.

Algunas de esas fachas-cornudas son tan ambiciosas que les perdonan a sus maridos los cuernos más pueriles con tal de seguir llevando “descapotables”.

Te acuerdas de la estrambótica diseñadora y del director del periódico. Y de la vergüenza que le debió dar que todo el mundo viera a su marido en lencería femenina, a cuatro patas, con su calvita de curilla en la coronilla mientras una negra de 150 kilos le meaba en la cara.

Habrán visto los hijos a su padre en bragas? Se pondrá las bragas de su mujer a escondidas? Quizá las de su hija?

Los fachas machistas destrozan las vidas de los que tienen a lado. Es parte del facherío.

Para los fachas las mujeres son como hace 150 años. Jacintas infelices que no pintan nada, mientras se follan a Fortunatas de las que se ríen.

Escribir sobre todo esto te parece buena idea. Quieres llegar a casa y ponerte a escribir sobre la hipocresía de ellos. Y de ellas. Y sientes cierto gusto cuando ves lo cruel que se puede llegar a ser con los fachas y las fachas.

Reírte con maldad te parece un acto de justicia. Regocijarte en su dolor te llena la cabeza de placer, te entran ganas de escribir todo un libro.

Recuerdas un caso más de facha-cornuda que en su día te hizo ver que la prepotencia y la maldad de ese subgénero humano que son los fachas, no tiene límites.

Y te pones a buscar el nombre del concejal de Mallorca que pagaba con la tarjeta de crédito del ayuntamiento las saunas gays y la coca.

Ese que se follaba a tres chicos menores e inmigrantes, cuyo único vínculo para la integración en la sociedad era la iglesia donde su mujer les daba catequesis.

Tres pobres niños a los que la facha-cornuda les hablaba de Jesús por las tardes y el marido les daba droga para follárselos por la noche.

“Cariño, ya has acabado por hoy? Déjame a estos tres, que ya los llevo yo de vuelta al hogar social”…

Intentas imaginarte el sitio donde esa mujer se tuvo que esconder para soportarlo.

Debió vivir en ese infierno con el que amenaza a los niños si no siguen los pasos de Jesús. Que humillante debió de ser para ella. Siguió dando catequesis? Les hablaría a los niños del perdón? Perdonaría ella a su marido cuando salió del armario lleno de coca y con menores?

Solo tienes que encontrar la manera de hilvanar una historia sobre cómo los fachas convierten en risiones nacionales a sus fachas-cornudas. Pero dejando bien claro que ellas no son las únicas víctimas.

Un texto que cuente cómo para conseguir dar rienda a sus fantasías más depravadas, ejercen el poder sobre los que ellos consideran “los miserables”.

Personas a menudo indefensas que bordea la marginalidad. Inmigrantes, putas, menores abandonados…

Gente que los fachas creen que están al alcance de sus bolsillos.

Les tienes tanto asco que te asustas cuando ves que te proporciona un escabroso placer pensar en el horror que debieron de sentir cuando fueron “cazados”.

Endorfinas por doquier…

Has de dejar claro en tu relato que tu relato en sí es parte de la justa vergüenza pública que les debería de perseguir de por vida. Ellos que se creían inmunes. Que se sentían por encima del bien y del mal.

Has de escribirlo con un punto de vista de mala persona, igualándote y rebajándote a sus moralidades. Poner que les atacas donde más les duele. No a ellos, sino a sus familias, a sus vulnerables e indefensas familias. La muestra más sucia de que eres absolutamente injusto, tanto como su ética, como sus acciones. Reírte de las lágrimas de sus atropelladas familias a las que ellos han puesto en las dianas de toda burla. Poniendo por algún lado que no habría cosa que más te gustara en este mundo que esas familias estallaran, que se rompieran. Que las fachas se sintieran tan humilladas que dejaran a los fachas.

Disfrutas tanto con el sufrimiento de los fachas, les deseas lo peor con tanta maldad, que por un momento crees que un espíritu maligno se ha apoderado de ti y te está rebajando a la altura de cualquier contertulio de Intereconomía. Y en esas cloacas del ser todo te provoca nauseas, un asco vomitivo, sólo huele a mierda.

Así que al final sientes lástima de las fachas-cornudas. Y piensas que no está tan bien reírse de esas pobres infelices desgraciadas. Al fin y al cabo ellas también son víctimas de los fachas. De sus maridos que las humillan o de sus padres que las educaron para ser humilladas.

Así que decides escribir sobre tus dudas de si Dios existe. Porque desde luego tienes dudas. De lo que no tienes dudas es que si existe… Ese Dios es un cachondo.

Las ilustraciones que acompañan a este relato son de Falansh de la Sierra.

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