Excluida

Qué guapa era! La recuerdo bailando, semidesnuda, en bragas, con una camiseta de tirantes.

Aún sudorosa. En esas mañanas que se juntaban con el mediodía.

Sonaba ‘Surf Rider’ a todo volumen y se ponía a bailar encima de la cama. Y yo reía.

Luego se dejaba caer sobre mí. Mirándome desde aquellos ojos, desde aquel abismo.

Se sentaba sobre mi sexo y movía la cabeza de lado a lado. Su pelo tizón penduleaba tapándole la cara. Al estirar su espalda, sus pechos reventaban la camiseta.

Me encantaba tocarle los pechos. La visión de mis manos perdiéndose bajo la ajustada tela de algodón…

Apenas fueron un par de meses.

Pero aquella mujer me llegó a donde muy pocas lo hicieron.

Era una chica triste.

La conocí una noche en El Fabuloso. Yo había ido con unos amigos a ver a Lola Von Dage pinchar. Venía desde Ibiza. Éramos amigos y quería saludarla.

Estaba lleno y hacía calor. Cuando bajé las escaleras vi a una chica morena bailando ‘You Never Can Tell’ de Chuck Berry, se puso frente a mí e hizo el gesto de pasarse los dedos por la cara a lo Uma Thurman. Era una diosa bailando.

La perdí de vista. La busqué.

Salí a la calle y la encontré fumando.

Me miró y se rió.

—Sabía que saldrías.

—He salido a fumar… Esto… Por cierto… Tienes un cigarro?

Reímos los dos.

Esa primera noche fue eterna. Fantástica.

Los días siguientes se llenaron de mensajes graciosos, de mensajes que ahora sé que eran de amor intentando que no se notara que eran de amor.

Quedábamos casi a diario. Ella vivía cerca del Dos de Mayo y yo en la calle del Pez.

Ninguno de los dos tenía un trabajo fijo. Ella hacía suplencias en tiendas de ropa y yo ponía copas dos o tres días a la semana. Y eso, que era lo que nos permitía estar tanto tiempo juntos, fue el detonante de que todo se jodiera.

Es fácil mantener la chispa mientras los cuerpos se llaman.

Un domingo la llamé por la mañana y no me contestó. Ni a los mensajes ni a las llamadas.

Fui a su casa y no me quiso abrir.

—Espérame en el bar. Ahora bajo.

Tenía la cara destrozada, se notaba que había estado llorando, y llorando mucho.

—Qué pasa?

—No nada, que no tengo ganas de nada.

—No me mientas. Qué ha pasado?

—Todo es una mierda.

—Pero qué ha pasado?

—Ayer por la tarde… Siento mucho… Joder…

Empezó a llorar de tal manera que no la consoló nada mi abrazo.

Le pedí que nos fuéramos, que subiéramos a su casa.

—No, no, a mi casa no.

Lloraba mirando a la nada. Absorta, sin importarle que su llanto llamase la atención del resto de clientes del bar.

Ella, que tenía un sentido de la vergüenza muy desarrollado.

—A media tarde me llamó mi amiga para decirme que al final no me iban a llamar de la entrevista que me habían hecho en su trabajo. Ya han contratado a una chica. Una chica de 25 años…
Que no me cogen porque estoy muy preparada y tengo mucha experiencia, y encima dicen que soy mayor. Con 35 años ya soy mayor?! De verdad?!

Su llanto me angustiaba.

—Estoy harta. Harta de entrevistas que no llevan a nada, en las que tienes que poner cara de chica mona y simpática. De tener que omitir esas miradas de salidos que algunos te echan en esas putas entrevistas. Harta de que me paguen la vida, de que me dejen el dinero mis padres, de que mis amigas me paguen todo cuando salimos, de que me hagan regalos continuamente porque no tengo ni para comprarme unas putas bragas!

—Venga, tía, tranquila… Ya veras, algo saldrá.

—El qué? Otro trabajo supliendo a alguien un día, o dos? En una tienda? En un bar? De verdad tengo que estar esperando a que alguien se rompa una pierna?
Tío. Que ya lo ves tú, que no tengo para nada…

De su boca salieron frases que enumeraban un montón de mierdas, miserias, de calamidades.

“Hay días que no tengo ni para pan”, “me han cortado otra vez el teléfono” ,”mis padres ya no pueden más”, “me voy a tener que ir a vivir con ellos. Al pueblo!”,”no les cuento la verdad a mis amigas, ni a ti… Me da vergüenza”…

Sus ojos lloraban sin cesar, con una pena tremenda. Era difícil no ver en ese llanto a la injusticia, al rencor, pero sobre todo a la derrota.

Me miró de repente y me dijo.

—Anoche me prostituí.

Sus palabras me dejaron tan soqueado que apenas pude ver que del llanto había pasado al derrumbe total.

Me recuerdo tragando saliva, estiré mis manos hasta dar con las suyas. Aunque no sabía muy bien qué hacer.

Sentí que no tenía palabras que decir. No me sentí decepcionado, ni celoso, ni enfadado, ni nada. En aquel instante dejé de sentir.

Miró cómo le acariciaba la mano. Le temblaba la cara como si tuviese un martillo hidráulico en la boca. Respiró hondo y me empezó a contar.

—Hace un par de meses, más o menos, puse un anuncio en una página de internet.

Se ahogaba con su propio llanto.

Todo yo en aquel momento era pura expectación.

—Vi que había anuncios en los que las chicas ponían que buscaban una ayuda económica. En los que se podía recibir mensajes con fotos y ver quiénes los mandaban… Podía elegir quedar o no quedar… Puse una foto en la que no se me veía la cara. Y, por supuesto, no puse ningún teléfono.
Tío, estaba desesperada, fue cuando la casera me dijo que o pagaba o que me echaba.
Cuando lo puse, fue un poco a ver lo que pasaba. No lo tenía nada claro. Te juro que me hacía gracia pensar que estaba haciendo “eso”.
Fue más como pensar en una salida desesperada por si en algún momento tuviera que tirar de ella, pero no que lo estuviese pensando en realidad.
Solo puse un anuncio que estuvo colgado unas pocas horas…
Pero me llegó un mail de un hombre que me resultó curioso lo que me proponía. Era mucho dinero.
Le contesté, creo que por curiosidad. Para saber de qué iba el tema.
En ese momento no pensé que iba hacer nada, te prometo que me parecía algo lejano.
Lo que hice fue informarme. De verdad que pensaba en ello como algo para un futuro si las cosas estuvieran muy, muy mal… Alguna vez lo había pensado antes y quise probar cómo sería si quisiese hacerlo.
El caso es que apareciste tú, y bueno… Tú me gustas y, la verdad, estas semanas me lo he pasado muy bien contigo. Eres un chico guay, nos reímos, te veo y siento que me atraes, que me apetece estar contigo…
Todo quedó como una locura, como una ida de olla. Se lo conté a dos o tres de mis amigas casi como una anécdota, aunque alguna se quedó helada…
Amigas, amigas, no de las que te dicen que muy mal no te han de ir las cosas por fumar tabaco de cajetilla en vez de tabaco de liar… Amigas…

La miré y percibí que estaba un poco más tranquila. Yo seguí sin hablar, apretando con mi mano la suya.

Ella continuó.

—Hace una semana me mando un mail diciéndome que me daba 1000 euros y su número de teléfono.
Flipé, pero no contesté, pasé.
Sí estuve a punto de contártelo, para echarnos unas risas…
Pero ayer, cuando me llamó mi amiga y me dijo que tenía mucho curriculum… Que tenía mucha experiencia… Que era mayor… Que se lo habían dado a una de 25…
Me dio un bajón, no sabía qué hacer. La semana que viene me cortan la luz y ya no sé a quién pedírselo…
Y… Empecé a beber vino…

En ese momento se volvió a derrumbar, lloraba con mucha rabia, quizá algo de vergüenza.

Apretaba los dientes tanto que parecía que se iban a romper.

Le cogí las dos manos, se las acaricié. Me acerqué más a ella y traté de secarle las lágrimas con los dedos. Pasándolos con suavidad por sus mejillas.

Por fin pude hablar…

—No tienes por qué contarme nada más. No es necesario. Quiero que sepas que yo por mi parte no tengo nada que reprocharte. Es más, quiero que sepas que no te culpo de nada y para mí sigues siendo la misma.

Hubo un momento en el que no pude aguantar la tensión y solté alguna lagrimilla y recuerdo que, al verme, ella sonrió por primera vez en aquella mañana.

Fue la última sonrisa que me brindó. Una sonrisa llena de lágrimas y mocos…

Salimos de aquel bar y me pidió estar sola.

“Siento que ahora la casa está sucia”…

Se metió en el portal y no he vuelto a saber nada de ella.

Los días siguientes la busqué por todos lod sitios, llamé a sus amigas preguntando, a sus padres.

Nadie sabía nada.

Todo el mundo tenía miedo de que hubiera hecho una locura, que se hubiese suicidado. Yo no lo creo. Estaba jodida pero no creo que hiciese algo así.

Denunciamos la desaparición. Nada. Ni una sola pista. Así, desaparecida, nada más.

Aquella chica se negó a ser una excluida, se negó a que la viéramos arrastrándose, no le pegaba. Nada.

Por eso cuando la recuerdo, yo aún la veo bailando en bragas sobre mi cama.

Qué guapa! Esta vez a los Greenhornes… Le encantaban.

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