Eulogio de la Cordura (I)

La biblioteca tiene (porque las he contado cada sábado las últimas noventa y nueve semanas) noventa y nueve mesas y trescientos noventa y seis asientos libres. Las mesas son rectangulares y constan de cuatro asientos cada una. Antes de su última llegada (la semana número noventa y siete), yo me encontraba en la mesa número noventa y siete y en el que conté como el asiento libre número trescientos ochenta y seis. Sobraban, pues, otras noventa y ocho mesas y otros trescientos noventa y dos asientos libres… Y aquel viejo de respiración profusa y mirada prófuga con una cicatriz en un labio, el superior, vino a sentarse una vez más justo frente a mí, esto es, en el que conté como el asiento número trescientos ochenta y ocho. El tipo, al que desde la primera vez adiviné simplemente como viejo (nunca me he atrevido a cavilar sobre el total de su existencia), no dejaba una vez más de tomar notas en un pequeño cuaderno de color morado o rojo oscuro casi púrpura o violeta. La carpeta que siempre traía consigo estaba llena de folios pintarrajeados, anotaciones por doquier y múltiples recortes de prensa y fotografías con enormes pies de página. Aquel sábado el viejo se había sentado frente a mí a las ocho veintitantos minutos, y lo adiviné especialmente pálido, casi amarillo o beige, quién sabe, siempre he sido pésimo en el arte de la adivinatoria cromática. La primera (¿o fue la segunda?) vez lo hizo a las doce cuarenta y tantos minutos y en el asiento número tres (mesa número uno); yo me encontraba en el asiento número cuatro. Lo recuerdo porque pensé que ese día apenas iba a aprovechar la noche, habiendo llegado a la biblioteca casi a las doce, cuando esta cierra siempre y escrupulosamente a la dos de la madrugada. Pero ¿cómo es que recuerdo los detalles de números de mesa y asientos libres ocupados por mí y por el viejo y no la hora y minutos exactos a la que este llegó por última vez? Bueno, eso es compleja malformación profesional. Soy matemático, pero de los que pierden el tiempo. De ahí que pueda –y me sienta casi obligado a– contar el total de personas que caben en una biblioteca (o cualesquiera espacios públicos o privados), no sólo en los asientos libres u ocupados, sino también en los espacios muertos (gentes de todos los sexos, edades y condiciones en pie por cada espacio muerto no ocupado, incluso bajo las mesas y sobre estas, incluso entre los espacios muertos entre estantes de libros, incluso en pie sobre la cabeza de la bibliotecaria, incluso colgadas del techo, incluso a colombrillo entre las ya de pie y sentadas y las colgadas del techo…), pero no el tiempo empleado en contar ese total.

Tampoco recuerdo el día exacto a que se refieren las cuatrocientas sesenta y cuatro palabras escritas antes de Tampoco, pero eso, créanme, es lo de menos. Bastará con decir que hace tres semanas la mesa en la que me encontraba (la número noventa y seis, asiento libre número trescientos ochenta y cuatro) fue ocupada por el mismo viejo (asiento libre número trescientos ochenta y dos). Hará cosa de un mes, la mesa era la noventa y dos (asientos libres número trescientos sesenta y ocho y trescientos sesenta y seis, respectivamente); la cuarenta y ocho hace cinco o seis meses (asientos libres número ciento noventa y dos y ciento noventa, respectivamente); la uno un año ha (asientos libres número cuatro y tres, respectivamente)…

No me pregunten si en la biblioteca, siempre y cuando el viejo y yo coincidimos, hay más gente, puesto que no estoy seguro. Tan sólo sé (o creo estar seguro) que esto no puede ser ya casualidad. Pero ¿por qué con noventa y nueve mesas y trescientos noventa y seis asientos este viejo de respiración profusa y tal viene a sentarse justo (como siempre las primeras noventa y siete malditas semanas) frente a mí? Y peor: ¿Por qué –o cómo es posible que– el viejo nunca, jamás me haya dirigido una mirada, una sola maldita mirada? ¿Que cómo lo sé? Para eso, desgraciadamente para mí, sí que tengo una respuesta: ¡porque no he apartado mi mirada sobre él desde aquella fatídica primera vez!

Los hechos, siempre hasta hace dos semanas ya (el sábado de la semana número noventa y siete) han ocurrido tal que así: hace cosa de un año y dos meses o tres (no me pregunten qué día exactamente) me decidí a dejar de fumar y beber, no recuerdo ya en qué orden. Aunque lo de beber bien podría ser literal (lo cierto es que ni recuerdo cuándo fue la última vez que bebí un vaso de agua), obviamente me refiero a alcohol. Nunca fui un gran fumador ni un gran bebedor, pero el tabaco y la bebida (alcohólica: cerveza, vino y ron, creo que era en ese orden), creo que era en ese orden, me debilitaban sobremanera: la primera, físicamente (corpore sano); la segunda, mentalmente (mens sana). Así las cosas, de raíz y sin ecuaciones previas, rompí con aquellas insanas afecciones de pacotilla. Nuevas y sanas aficiones vinieron a mí, y en estas decidí darme a la escritura. Al principio, pensé, escribiría sobre la evolución del mono. Cuando digo mono, entiéndase, me refiero a las ganas de fumar y beber, qué más da en qué orden, mientras decidía que (o qué) era lo más correcto. Decidí, pues, dedicar mis únicas y poquísimas horas libres al arte de la escritura, abandonando cualesquiera otros menesteres. Yo, un matemático de los que pierde el tiempo; yo, un tipo que ni recordaba antes de la ecuación planteada cuándo había escrito la última letra –del alfabeto español, entiéndase– que no fuera la equis o la griega, y que, para más inri, era más ducho en el uso de alfas, omegas, betas, lambdas, pis o thetas… hasta el punto que, ironías de la vida y quién sabe si por cierta malformación profesional, cual lobo estepario y habiendo siempre tenido a Grecia como una de las cunas de las matemáticas –abstractas, basadas en estructuras lógicas de definiciones, axiomas y demostraciones–, en un arrebato de helenomanía hube gastado, allá a finales de los noventa, mi primer sueldo como profesor-funcionario-público en sacudirme los pies de arena en la isla de Mykonos, una de algo de más de mil cuatrocientas, pero donde entre ouzo y ouzo (y más ouzo y ouzo) Herminie, cuya nariz y senos –por circunstancias sumamente diferentes– rompían las reglas del triángulo perfecto, penetró en el cuarto trasero de mi vida, el de las relaciones de efectos especiales. Fue lo que pensé, pues verdaderamente parecía una película de ciencia micción: una chica en pie, a lo lejos, sin la prenda que hiciera famosa a la otrora Herminie, la Cadolle, haciendo pis. Inevitable, una vez más (¡maldita malformación profesional!), fue pensar en el alfabeto griego, en sus letras ocho y dieciséis (y no precisamente porque fuera dieciséis de agosto). En fin, lo dicho: Herminie penetró sobremanera en mi vida, pero nuestra impúdica historia de ciencia micción apenas alfeaba cuando ya tornaba en omega. Mucha treta, sí, pero apenas un suspiro con sabor a nubes de verano.

Continuará…

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.