Eulogio de la Cordura (III)

Mi tendencia a la automedicación 2.0 me llevó a un tal Germán Leopoldo García, psicoanalista argentino, y a un ensayo publicado en el año 2000 (Cuerpo, mirada y muerte), del que maldigo haber extraído las siguientes palabras:

«No, indudablemente no se puede reducir la moda al problema de la mirada. Pero la perspectiva psicoanalítica va muy lejos en este terreno y tiene algo que decir acerca del asunto. La “pulsión escópica”, el deseo de mirar, se dirige primero al cuerpo propio. Es la historia de Narciso, de la que Freud hizo una metáfora de esta fascinación. Luego, se dirige al cuerpo propio, para retornar bajo el deseo de ser mirado. Es decir, que mirar y ser mirado son dos movimientos del mismo deseo. La posición del sujeto cambia, pero el deseo sigue siendo el mismo. Comerse con los ojos el cuerpo del otro, ser comido por la mirada de otro».

Comerse con los ojos el cuerpo del otro, ser comido por la mirada de otro… ¡¿Por qué demonios, entonces, se hubo topado en mi camino un viejo de respiración profusa y mirada prófuga con una cicatriz en un labio, el superior?! Incapaz de hallar respuesta alguna, tras noventa y cinco semanas y haberme afectado mi repulsión escópica hasta el punto de haber perdido a mi mujer y haber tenido que pedir una excedencia en el instituto en el que trabajo desde allá a finales de los noventa (creo que era en ese orden), acudí nuevamente a la médica de cabecera de posaderas bailongas, que me derivó al especialista de turno, un tal Herminio… ¡el tipo del ejemplar dodecaédrico!

Quién sabe si por cierto código deontológico de carácter retroactivo, el espécimen de dodecaedro se ciñó a mi desviación en vigor, la repulsión escópica, evitando alusiones a desviaciones pasadas. De súbito, entre líneas y entre tanta palabreja pseudocientífica, entendí el quid de la cuestión. Pregunté:
–A ver, lo que tengo que conseguir es que me mire.
–Exacto.
–Y todo habrá acabado.
–Eso es.
¿Y si no lo consigo?, pensé, pero no quise atreverme a preguntar. Salí pitando de aquella consulta olor a gusanitos. Entendí parte –parte– del porqué del ejemplar de pandero dodecaédrico. Quise dirigirme inmediatamente a la biblioteca, pero era viernes, no sábado, cuando siempre y desde hacía noventa y siete semanas ya –contando la semana que corría– coincidía con el viejo de mirada profusa y tal. Hube de esperar casi veinticuatro horas, pero cuando volví a la biblioteca, el tipo no se encontraba allí…

Al principio me desesperé un poco, pensando que por primera vez en las últimas noventa y siete semanas el viejo de mirada profusa y tal no haría acto de presencia como ente de cuerpo presente, pero a los poco más de treinta minutos –a las ocho veintitantos minutos– el tipo apareció, más pálido, casi amarillo o beige que de costumbre. Cargaba consigo su pequeño cuaderno de color morado o rojo oscuro casi púrpura o violeta y su carpeta llena de folios pintarrajeados, anotaciones por doquier y múltiples recortes de prensa y fotografías con enormes pies de página. Decidido a acabar de una vez por todas con mi repulsión escópica, sin vacilar, le pregunté qué hora era, pero el tipo, sin levantar la mirada de su escribanía, me dijo:
–Las 20:29.
Insistí:
–¿Perdón?
–Las 20:30 ya, caballero.
–Gracias.
Pensé entonces dejar caer un bolígrafo con cierto disimulo, pero asumí como aberrante la posibilidad de finiquitar mi desviación provocando que un viejo de quien ni me atrevía a cavilar sobre el total de su existencia se agachara para hacérmelo llegar. Así las cosas, pensé, lo único que tendría que hacer sería, pasado un rato, preguntarle cualquier otra cosa con algo más de ahínco, obligándolo de alguna manera a levantar no sólo el rostro, sino a enfrentar sus ojos con mis ojos, su mirada con mi mirada, cerrando un maldito círculo vicioso que duraba ya noventa y siete malditas semanas.

En un momento dado, el tipo comenzó a toser, leve aunque entrecortadamente, y mi instinto de supervivencia se abalanzó sobre la maleta que traía conmigo. ¡La botella de agua!, pensé. Puede que desde antes de finales de los noventa, cuando aún era estudiante universitario, no comprara botella de agua alguna, pero aquel día hube de prepararme un kit de emergencia para casos especiales. Y entre esos casos especiales contemplé la posibilidad de que el viejo pudiera necesitar en un momento dado un poco de agua, sabedor de que el tipo, las más veces, abandonaba la biblioteca tras acabársele el agua y carraspear dos o tres veces con cierta severidad. Esta vez la tos fue leve y entrecortada, pero antes de que pudiera coger la botella, el tipo ya se encontraba camino del baño, dejando por vez primera tras de sí todas y cada una de sus cosas… ¡Y entonces lo entendí! No era cierto que el tipo llegara siempre después de mí y se sentara siempre frente a mí por algún tipo de casualidad –o causalidad, como siempre había sospechado–, ¡sino que era yo quien siempre llegaba antes que él y, por casualidad, me sentaba frente a él!, pues este siempre llevaba cada una de sus cosas adondequiera que fuera, y esta vez, por primera vez en noventa y siete semanas, el tipo dejó en la mesa todas y cada una de las cosas que siempre llevaba consigo. Mi primer impulso (autorepulso, más bien) fue ir a echar un vistazo rápido al cuaderno y a la carpeta del viejo, pero lo rechacé inmediatamente por cierto miedo a ser aquejado por nuevas y extrañas desviaciones. Sí, me imaginé robando el pequeño cuaderno (¡morado, sí, maldita sea) y la carpeta llena de folios y tal y superando mi repulsión escópica, pero también que una nueva desviación de naturaleza cleptómana haría (im)pronta aparición en mi ya de por sí desviada existencia. Controlé, pues, mi repulsión escópica y esperé sentado la llegada del viejo. Pero el viejo no llegaba. Miré entonces en derredor, y descubrí asombrado que la biblioteca tenía ciento veintiún asientos ocupados; más aún, que el espacio no ocupado restante no eran necesariamente espacios muertos y, por ende, espacios que imaginariamente debiera ocupar con gentes en pie y sentadas (de todos y cualesquiera sexos, edades y condiciones), incluso bajo las mesas y sobre estas, incluso entre los estantes de libros, incluso en pie sobre la cabeza de la bibliotecaria, incluso colgadas del techo, incluso a colombrillo entre las ya de pie y sentadas y las colgadas del techo… Pero el viejo, definitivamente, y tras casi cinco horas, no volvió.

Eran casi las dos de la mañana cuando la bibliotecaria se dispuso a echar el cierre a la biblioteca. Pensando que esta no iría a darme respuesta alguna sobre el viejo, decidí llevarme a casa las cosas de este.

Mantuve durante una semana el deseo irrefrenable de echar aunque fuera un vistazo superficial al pequeño cuaderno color morado, pero el sábado de la semana número noventa y ocho, y por vez primera desde que ¿coincidiéramos? respectivamente en los asientos números cuatro y tres de la mesa número uno… el viejo no apareció.

Y he aquí que me encuentro, un sábado más tras noventa y nueve semanas ya, esperando y rezando como buen pagano casi agnóstico por que mi desviación en vigor sea una mala suerte de cientomanía y que lo que se trasluce tras esta carpeta no sea lo que parece: el testamento de un viejo de respiración profusa y mirada prófuga con una cicatriz en un labio, el superior, al que jamás fui capaz de robar una mirada.

bluebird Comunicación
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