Eulogio de la Cordura (II)

Al tiempo que a la escritura –y tras la evolución del mono– me di al asombroso mundo del arte culinario. Por doquier, y doquiera que me encontrara, hordas de panderos inundaban mi campo de visión. Y aun cuando me encontraba a solas, a oscuras y durmiendo, la poderosa e inaudita capacidad de retención de mis retinas moldeaba nuevos panderos de formas y movimientos nunca imaginados en estado de vigilia. Da exactamente igual qué fuera lo otro, tras superar la evolución del mono, y quién sabe si por alguna extraña analogía o correspondencia de carácter anatómico entre la palabra mono y mi otrora nueva afición culinaria –tal vez lo que el italiano Gianni Rodari diera en llamar binomio fantástico, pensé–, mi mundo se volvió completamente del revés. Mi otrora helenomanía, mi otrora monomanía, tornaba ahora en una mala suerte de panderónium.

Ni siquiera había conseguido escribir una sola palabra sobre la evolución del mono, y fue en esas que, una noche cualquiera que pedí comida china a domicilio –a la biblioteca, concretamente–, me di al culioso [?] mundo del arte culinario. Quiero recordarlo, pero me resulta francamente imposible. Quiero decir que me gustaría recordar si, ya por entonces, el viejo de respiración profusa y tal se encontraba por allí, cuando comencé a ser un asiduo de las noches de la biblioteca pública. Sin embargo, como ya he dicho, su existencia como ente de cuerpo presente la sitúo noventa y nueve semanas atrás en el tiempo, aunque desde la noventa y siete no haya tenido noticias de él. Por tanto, cualesquiera suposiciones antes de aquela data –un extraño caso de lusomanía que no viene a colación– son pura conjetura.

En fin, que como quiera que mis escritos sobre el mono evolucionaron en papel mojado, los nuevos lo hicieron en una mala suerte de pseudovoyerismo recalcitrante y culposo, ajeno a toda disculpa y capacidad de raciocinio. El menú, simple, se componía de dos ingredientes: forma y movimiento (el sexo, la edad y la condición eran lo de menos, esto es, daba exactamente igual qué fuera lo otro). Bastaba, pues, con estar cual escriba sentado –anacrónicamente (a)sentado en la Europa del segundo decenio del siglo XXI, compréndase– y que todos mis (corto)circuitos neurocerebrales se activaran para que el proceso se pusiera en marcha. Pero no me malinterpreten: mi desviación –así lo definió mi médica de cabecera, cuyas posaderas se balanceaban a ritmo de tres por cuatro– carecía por completo de componente sexual alguno, y tenía más de deformación (o malformación, qué sé yo) profesional que de cualesquiera otras patologías.

Decidí automedicarme virtualmente y a riesgo de una severa recaída, rechazando acudir a un especialista para cotejar el diagnóstico de la médica de posaderas bailongas. Seguí el prospecto 2.0 al pie de la letra, y los síntomas fueron remitiendo casi de manera instantánea. En primer lugar, tecleé en Google la palabra desviación para situar en contexto el alcance de mi patología. Fiel a mi estilo de acudir a las fuentes primigenias, me quedé con algunas de las definiciones que la Real Academia Española asignaba a la palabra desviación. De nueve acepciones posibles decidí quedarme con dos, las números seis y ocho: tendencia o hábito anormal en el comportamiento de alguien y –en matemáticas– diferencia entre la medida de una magnitud y el valor de referencia. Y fue entonces que las respuestas comenzaron a llegar. Mi obsesión por los números y las letras (griegas) me había llevado a medirlo todo, hasta el punto que, sí, un día mis ojos se posaron en unas posaderas de forma y movimientos magnos en extremo. Ya lo he dicho, pero he de repetirlo: el sexo, la edad y la condición eran lo de menos. Y lo dicho: la forma y los movimientos de aquellas posaderas eran magnos en extremo. ¡Un perfecto ejemplar de dodecaedro!, pensé, pero mi pensamiento debió ser tan fuerte y telepático que el tipo de las posaderas magnas en extremo miró hacia atrás y masculló unas palabras que no fui capaz de descifrar. ¡El maldito Platón estaba en lo cierto!, mascullé esta vez yo cuando el tipo y sus magnas posaderas comenzaban a retomar su camino, pero nuevamente mi pensamiento debió ser tan fuerte y telepático que el generoso ejemplar de dodecaedro volvió a mascullar nuevas y, esta vez ya, homófobas palabras.

Ya en casa, y pensando que mi desviación era compleja y agudamente de origen matemático, y más concretamente de origen geométrico, me dio por teclear en Google la palabra geometría, y cuan fue mi sorpresa que el primer resultado dado fueron las palabras geometría sagrada¡Platón, claro!, grité. Recordé a la sazón, ya sí, los cinco sólidos del Timeo platónico (¡fuego!, ¡tierra!, ¡aire!, ¡agua! y ¡éter! o dodecaedro, a partir de cuya combinación Dios se sirvió para la creación del universo) que no fuera capaz de aprehender en Geometría Sagrada. Fundamentos de diseño e interpretación, la maldita asignatura con cuyos tres créditos de libre configuración cerré mi licenciatura en matemáticas. Y desde entonces, y hasta la aparición del viejo de mirada profusa y tal, todo fueron panderos-tetraedro, panderos-cubo, panderos-octaedro, panderos-icosaedro y panderos-dodecaedro (mi desviación), aunque ninguno desde mi primer y único encuentro con el perfecto ejemplar de dodecaedro (el valor de referencia) de tan tamaña y (des)proporcionadas dimensiones (la medida de la magnitud).

Y he aquí que, noventa y nueve semanas ya atrás en el tiempo, superadas con certificado médico oficial mi helenomanía y mi monomanía, imbuido en la escritura de, a la postre, mi primer y único ensayo hasta la fecha publicado, Panderónium. De la evolución del mono al arte culinario, y sólo cuando –solo– fui capaz de superar mi desviación por el arte culinario infundido por la geometría sagrada, topé con la madre de todas las desviaciones: la (re)pulsión escópica (¡un maldito helenismo!). Sí, no había otra forma de llamarlo.

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