Ella

Sentía un dolor punzante a la altura del corazón. No era un dolor físico, pero estaba ahí. Aún así, ella deseaba poder volver a sonreír.

Salió de su casa y se dirigió hacia el horizonte campo a través. Caminó durante semanas, hasta llegar a un camino que la condujo a lo que parecía ser un almacén o una nave enorme hecha de madera. Se detuvo justo delante, sacó de su bolsillo una llave de hierro vieja, bastante pesada y con restos de óxido, la introdujo en la puerta del hangar y ésta se abrió entre chirridos. Ella suspiró, miró hacia atrás un instante y, finalmente, entró.

La nave estaba llena de hombres solitarios, desorientados, caminando en círculos sin decirse nada unos a otros, pero murmullando para sí mismos. Todos estaban impecablemente vestidos con traje y corbata negros. Ella se movió lentamente por el hangar, observándolos. Finalmente, se detuvo frente a uno, tomó su mano, lo miró a los ojos y, tras sonreírle, lo sacó fuera del almacén.

– Espera aquí un momento. Voy a echar la llave para que nadie más salga a la vez. Eso lo complicaría todo –le dijo ella con voz suave y calmada.

– Sí, mucho mejor así –asintió él con tranquilidad.

Ella cerró la puerta, guardó la llave de nuevo en su bolsillo, suspiró y, tomando de nuevo al hombre de la mano, dijo:

– Vamos. Pero hemos de ir despacio, o me perderé.

Y comenzaron a caminar juntos hacia la casa de la que ella había salido semanas atrás.

Cuando llevaban unos días de viaje, mientras hacían una parada, él sacó de su chaqueta un pañuelo negro y se lo ató en la cabeza, a la altura de los ojos, impidiéndole ver el camino.

– Sigamos –dijo él-. Llévame tú. Confío en ti.

– ¿Estás seguro?

– Sí, creo que es el momento.

Ella lo miró con el alma impresa en sus ojos, repleta de cariño, de ternura, de ilusión, y se besaron por primera vez. Después, lo desnudó quitándole todo excepto la venda que él había decidido ponerse, dejaron la ropa atrás y siguieron caminando cogidos de la mano. Ambos sonreían.

Los días seguían pasando, y cada vez estaban más cerca de su destino. Hasta que, finalmente, llegaron a una distancia desde la que podía verse la casa a lo lejos. Entonces, ella sintió algo que la hizo estremecerse, apoderándose de su cuerpo la necesidad de pararse en seco.

– ¿Qué ocurre? –preguntó él.

– Nada –respondió ella soltándole la mano bruscamente-. Espérame aquí. Ahora vuelvo… Creo que hemos ido demasiado deprisa. Voy a comprobar si todo está bien… De todos modos, si ves que tardo en volver sigue caminando, muy, muy despacio, sin apreturas, y ya te alcanzaré yo… No te preocupes, pronto volveré…

– De acuerdo –sus palabras trataban de esconder las dudas que ella le acababa de provocar-. Y no te preocupes tú tampoco. No tengas miedo, si confiamos, si seguimos caminando juntos, llegaremos. ¿Me has oído? Sé fuerte, seamos fuertes. Juntos, llegaremos. Te lo prometo.

– No sé cómo puedes estar tan seguro. Y me asusta… No puedo, no estoy preparada para pensar en un futuro, en si lo lograremos. No podemos saber nada… Nada es seguro. Nada. Nada…

Se lanzó a correr lo más rápido que pudo hacia la casa, tratando de no echar la vista atrás. Cuando llegó cerró la puerta con llave, subió las escaleras hasta su habitación y se sentó cabizbaja en el suelo, nerviosa, rodeándose las piernas con sus brazos mientras se apoyaba en un rincón cuyas paredes estaban llenas de fotos de amigos y familiares.

Los días pasaban y ella no aparecía, así que él comenzó a avanzar despacio, cada día más lentamente, cada día con más dudas de si ella terminaría llegando o no, cada día con más sentimiento de soledad.

Una noche, mientras caminaba, escuchó de repente un sonido extraño. Se repitió varias veces. Era como si algo cortase el viento con violencia e impactara contra el suelo, muy, muy cerca. Tuvo la impresión de saber de qué se trataba, pero aquello no tenía sentido. Temblando, se quitó la venda para comprobar lo que estaba sucediendo, y vio la casa al fondo. En la ventana del piso superior estaba ella. De nuevo, aquel sonido que procedía de la casa cayó otra vez junto a él, levantando polvo de la tierra que lo rodeaba. Sí, no había duda. Le estaba disparando.

Las balas del rifle se habían terminado, así que ella cogió otro paquete, lo abrió y e introdujo las nuevas en el cargador. Después, apuntó hacia donde él se encontraba yapretó el gatillo varias veces. Mientras disparaba, algunas lágrimas empezaron a caer por su rostro. Parecían querer decirle algo a él, sincerarse, contarle alguno de sus miedos. Sin embargo, con los ojos aún húmedos, respiró hondo, sostuvo firme el arma, focalizó el objetivo y disparó de nuevo.

Esta vez sí acertó. Primero fue en el brazo izquierdo, lo que hizo que el cuerpo se echara hacia atrás con fuerza. Las dos balas siguientes fueron directas al pecho. Cayó arrodillado al suelo, sangrando en abundancia, y poco después se desplomó hacia atrás sin vida, inerte. Ella cerró la ventana, entró en su habitación y se quedó allí, en silencio, junto a sus fotografías.

Pasaron los días y él seguía en el mismo sitio, echado boca arriba con los ojos tan abiertos como inexpresivos, con la mirada ausente, marchita, muerta. La sangre desparramada por el suelo se había introducido en la tierra, regándola con tristeza y derrota a partes iguales. Tras la llegada de la cuarta puesta de sol, algunos buitres se acercaron a comer, arrancando los trozos de carne seca en mitad de un silencio denso e inhumano. El proceso de descomposición siguió su camino, y con el tiempo ni los huesos quedaron, pues la lluvia y el viento los arrastraron hacia algún otro sitio, hacia algún otro tiempo, allí donde el olvido suele encontrar su hogar.

Lejos, muy lejos.

Cuando ya no quedaba ni rastro de él, cuando todo recuerdo o vestigio de su existencia fue borrado, la ventana de la casa se abrió, y apareció ella, observando el exterior, pensativa…

Sentía un dolor punzante a la altura del corazón. No era un dolor físico, pero estaba ahí. Aún así, ella deseaba poder volver a sonreír.

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