El mundo es un pañuelo… para usar y tirar

Marta exhaló el último grito del orgasmo antes de que su cuerpo se volviera ligero como la pluma y se quedara espatarrada en la cama, con la mirada perdida en el techo. El chico culpable de todo este estado sacó su instrumento, se levantó y se dirigió hacia el lavabo. Mientras se aseaba un poco, ella tuvo unos minutos en los que le temblaron las piernas, inevitablemente. Solía ocurrirle cuando había tenido un buen sexo, es decir, cuando le daban caña. A ella, cuando eso ocurría, le entraba la risa. Pero en esa ocasión no pudo ni reír. El chico la había dejado sin fuerzas.

Al retornar, ella observó su cuerpo moverse algo patosamente hasta el lecho y meterse a su lado. El simple tacto la calentó de nuevo, y las fuerzas parecieron recuperarse en su interior. No se trataba de un chico diez, mas su cuerpo la alteraba. Y su miembro… Mira que en general resultaban ridículos e insignificantes, pero el de este chico imponía, incluso en estado fláccido.

Él pasó una mano por detrás de la nuca de Marta, quien, acto seguido, se colocó de costado y posó su mano derecha sobre el pecho de él.

—Como se entere, me mata —dijo el chico, con voz pausada y calmada.

—No tiene por qué enterarse. ¿Vas a contárselo?

—¡Y un cojón!

Ella rió.

—Yo tampoco diré nada. Pobrecillo…

A continuación reinó el silencio. No fue un silencio cualquiera: fue el silencio provocado por la distorsión de los pensamientos y por la incomodidad. Ambos sabían que algo habían torcido en ese mundo de bondad y relación interhumana. Sin embargo, ninguno de los dos se arrepentía de lo ocurrido. ¿Lo repetirían? Quién sabe. Ambos tenían claro que habían participado en el juego del morbo, en el carpe diem maligno y distorsionador.

—¿Te gusta?

—¿Él? No está mal, pero… En el mundo no sólo vale darlo todo por una chica, ¿sabes? A veces somos crueles, porque nos quejamos de los hombres y de su despreocupación con nosotros. Pero en realidad necesitamos la química. Y yo entiendo que alguien que lo da por alguien y es bueno y tal y da pena.

—¿Qué da pena?

Ella chasqueó los labios.

—¡No te enteras, tonto! —y suavemente le golpeó en el pecho. Estaba algo trabajado —. Me da pena que haga tanto por mí y se preocupe y no me acabe de atraer.

Él la miró. La luz de la lámpara de la mesilla de noche no iluminaba sus rostros con totalidad. Aún así, sus ojos conectaron.

—Yo no estoy hecho para pensar, nena.

—Eh, a mí no me llames nena.

—A mí se me dan bien otras cosas.

Su mano rozó suavemente el muslo de ella, hacia arriba, muy lentamente. Si bien quiso desembarazarse de esa mano, se olvidó de hacerlo cuando esa mano casi alcanzó su entrepierna. Para entonces su cuerpo ardía como una caldera.

«Oh Dios, hoy me deja muerta».

Y de nuevo gritos placenteros y estridentes en medio de una tarde fría y con morriña.

Una vez que el chico hubo traspasado la puerta de entrada, el piso adoptó un silencio sepulcral. A ella no le incomodó. Es más, le vino de perlas. Mientras se duchó, se dejó embriagar por ese silencio con los ojos prácticamente cerrados, a la vez que el agua corrió por todo su cuerpo, ayudando a su cuerpo a renovarse.

Luego, al acicalarse, se puso a rumiar. Ahora que el chico no estaba para nublarle los pensamientos y calentarle los músculos, la culpabilidad la atacó. Ella, ya de por sí, era una chica responsable y algo altruista. Y lo que había hecho durante esa tarde no estaba del todo bien. Eso rumió. Y mucho más. Sentada sobre la tapa del váter, mirándose en el espejo, su mano alisaba el pelo sin realmente concienciarse de ello.

Su móvil reposaba cerca del picadero.  A la sazón se iluminó la pantalla para en ella surgir un whatssap de Edgar. Ella se arrepentía bastante de haberle contestado al whatssap que le había escrito hacía una media hora. Pero su condición de chica buena se lo había impedido. Ella sabía bien que a Edgar ella gustaba, a pesar de que él en ningún momento lo había constatado. Una chica eso lo intuía, por muy tonta o poco despabilada que fuese. Y él era tan majo de carácter, siempre colaborativo y atento, que no se le podía denegar la conversación. Se sentía un poco como si hubiese puesto los cuernos, hablando con exageración. Si él se enteraba…

—¿Y qué quieres que le haga? —le espetó al espejo. Vio su propia imagen gesticular y su frente arrugarse—. Es muy majo y tal, y simpático, y me hace reír, y… —Tuvo ganas de tirar el peino al espejo, de partir su propia imagen en mil pedazos—. Pero… ¡No me pone!

A veces, las palabras más barriobajeras son capaces de abreviar y simplificar algo sumamente poético e incomprensible.

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