El calor que no cesa

El humo del cigarrillo se elevaba imparable entre los rayos de luz que conseguían atravesar los escasos huecos de la cortinilla metálica. El sol incidía con especial intensidad sobre las ventanas, con tanta furia que nada se escondía a su salvaje asalto, ninguna sombra era realmente negra. Lo único a lo que podía aspirar la oscuridad era derramar un poco de tinieblas por detrás del sofá, debajo de los armarios, en las habitaciones cerradas. Pero el humo ascendía, consciente de su condición gaseosa. Los rayos rebotaban en el cristal, refulgían en el metal, empapaban el cuero. Solo se veía luz.

Envuelto en la manga, el reloj se esforzaba por romper la atmósfera gaseosa que se escapaba de los pulmones, con su cuenta del tiempo, con marcas estañadas en la corriente del mundo. Sus sordos golpes no conseguían llegar hasta el oído, tan alejado, rodeado de la niebla gris que lo tocaba todo y lo impregnaba con ese detestable olor de tabaco molido. La aguja del segundero encarnaba la lucha contra lo inevitable, lo inexorable del brillante instrumento junto al cenicero. El nombre de su fabricante se grababa con un surco impecable, el calibre en números amplios. La empuñadura tuvo la madera bañada en savia, pero el uso le ha dado el hueso pálido que luce.

El dedo martilleaba la sien derecha, aplastando los cabellos negros, compactando sus remolinos hasta dejar la mar en calma. Su uña se clavaba con fuerza en la piel, enviaba una señal nerviosa que se ahogaba en el hipotálamo. Grandes gotas de líquido discurrían plácidamente entre la arrugas de la cara, reposando en las cejas, corriendo por las mejillas, descansando en su camisa. El calor se introducía con sigilo entre las ventanas, el ventilador no tenía aire fresco que mover.

Los zapatos se encontraban tirados uno junto al otro. No tenían barro, ni estaban desgastados, pero lucían experimentados, con un lustre que decía lustros a quien viera sus suelas. La maleta estaba a su lado, y supuraba la misma sensación de un largo viaje, la espera de cambiar de habitación o país. Como si estuviera en un tránsito continuo, impaciente por dejar de ser quien es para ser quien será, una loca carrera hacia el fin. Todavía estaba cerrada, la maldición aún contenida en su interior. Se dice que damos personalidad a los objetos, como si los poseyéramos. Pero es al revés.

Por las pupilas grises todavía desfilaban todos los detalles de aquel extraño bazar, y su propia cordura había nublado el recuerdo alejándolo en la memoria, volcando dosis ingentes de olvido sobre la conciencia. No podía evitar mirar de nuevo las flechas escitas, las lámparas capadocias, los cristales venecianos. Y ese anciano tan arisco, tan funesto en su manera de tratar a un turista, se cruzaba siempre por detrás de su visión; las sílabas que pronunciaba se volvían rítmicas, como un tambor lejano que regresaba. El sueño comenzaba, despierto o dormido, y terminaba en su maleta, cerrada y clausurada.

Otra gota se había abierto camino y su nariz se convirtió pronto en un pequeño arroyo, que desembocaba sobre el cenicero. El chapoteo se amortiguó con las cenizas y colillas de un día entero. La ropa se pegaba a su piel, un guante de tela sobre una superficie helada, e impedía la deshidratación. Sabía que la pérdida de líquido imposibilitaba la reabsorción de sales, necesarias en los procesos carenciales de emotividad física o esfuerzo espiritual. Cada vez que en su mente se abría camino la idea de superar los dos metros que le separaban del aseo, sus ojos se clavaban en la mesa y recorrían cada letra, cada número, cada forma de la pistola. La luz daba a los rebordes cromados un fulgor sobrenatural.

La divinidad lo contemplaba desde su equipaje. Y era exigente, no admitía indulgencias a su alrededor. La eternidad le hablaba cada vez que soñaba, le orientaba donde mirar para ver detrás de las cosas, le había prometido su favor al finalizar su tarea. Pero no terminaba nunca, la diosa no dejaba de desear y cada trabajo suponía mejor refinamiento, mayor crueldad. Todavía no había conseguido limpiar toda la sangre de la última víctima. Si quería beber, sabía que debía volver a encender las velas, entonar las palabras, llorar de placer. Si quería beber, tendría que matar de nuevo.

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