El ataúd de oro

Su vida siempre estuvo repleta de todo lujo de detalles, todo tipo de caprichos, no le falto de nada, se pudo permitir todo lo que quiso y vivió por encima de las posibilidades de cualquiera, pero porque se lo podía permitir, y una vez llegado a una edad en la que tenía más en mente la manera en la que iba a fallecer que la manera en la que debía vivir, empezó a pensar que la guinda de la tarta de su vida sería el ser enterrado en un ataúd de oro. Un ataúd de oro podría resemblar perfectamente el estilo de vida que llevó, que todo el mundo viera hasta donde podía llegar su poder y los lujos que se podía permitir.

Tal era el dinero que llegó a acumular, que por muchos momentos no sabía exactamente cuánto tenía, ni cuanto se gastaba, y ni mucho menos con quién. Muchos eran los que se arrimaban fingiendo una amistad que tenía todos los ingredientes para no serlo: conveniencia, oportunismo, cimentada en falso, mentiras, engaños, risas artificiales… evidentemente todas estas compañías eran adquiridas a golpe de talonario, pero la cuestión no era tener, sino el aparentar. Y eso es lo que quiso aparentar en su entierro: grandeza, como si de un rey medieval se tratara, o un dictador el día de su despedida del pueblo subyugado.

No se puede decir que fuera mala persona, o el dinero lo cambiara, porque él siempre fue así. Siempre vivió en la abundancia, el significado de la palabra esfuerzo venía en blanco en su diccionario, y todavía no comprendía el concepto de sacrificio. Para ser una mala persona es necesario tener algo con lo que compararte, algo o alguien, pero sus compañías eran como él, por lo que en su mundo, no se puede decir que fuera malo, o que llevara a cabo acciones de maldad.

Dejó todo perfectamente organizado para el día de su entierro. Adornos, flores… pero ni una foto, ningún mensaje de recuerdo o agradecimiento. Sólo cosas que podemos tocar y coger, pero ninguna que se pudiera sentir.

A pesar de haber conseguido, no a un precio barato precisamente, su ansiado ataúd de oro en el que fue enterrado, nadie, absolutamente nadie llegó a admirarlo como él quería. La habitación estaba desierta, sin visitas, la moqueta estaba intacta sin ninguna pisada, los paquetes de clínex sin abrir, y las sillas vacías. Tan sólo alguno del servicio que contrató se asomaba de vez en cuando para ver si alguien se había acercado o dejado algo para él, o que llorara su pérdida, pero nada.

Muy posiblemente todo ello fuera consecuencia de la vida que llevó, más centrada en el tener que en el dar, más en el aparentar que en el ser, más en el acumular que en el repartir, más en los grandes detalles que en los pequeños. No sabemos si desde dentro de su ataúd de oro, una vez muerto, se dio cuenta de que dos copas del vino más barato puede llegar a ser un gran reserva si la compañía y la conversación te hacen reír hasta llorar; que la plazuela de cualquier barrio puede ser Maracaná o la Bombonera si en ambos equipos juegan tus amigos; la película más mala del domingo puede ser de culto si debajo de la manta está contigo la persona a la que más quieres; un bocadillo de mortadela puede ser el caviar más caro si te lo comes en la playa bajo la sombrilla con una lata de cerveza después de darte un baño con las manos llenas de salitre; la parcela de un camping puede ser una habitación del Hilton si huele a barbacoa por los alrededores; la chirigota más mala puede ser primer premio si al cantar en la calle más chiquitita con tus amigos para cuatro gatos, los cuatro gatos se ríen contigo; el bar más cutre puede tener 4 estrellas Michelín si el camarero, casi sin saber tu nombre, te pone lo que normalmente bebes al levantarle levemente la barbilla y hacerle un gesto con la mirada.

Las cosas no son placenteras de por sí, las cosas no son nada, ni buenas ni malas, ni divertidas ni aburridas, las cosas la volvemos más o menos placenteras sólo con un factor: la compañía. Es preferible vivir en buena compañía, que ser enterrado en un ataúd de oro.

bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
bluebird Comunicación
Artículo anteriorEl cine… mejor que rime: ‘Ocho apellidos vascos’
Artículo siguienteEl Nuevo Cinema Paradiso abre sus puertas
Soy 32 años joven y estudié Filología Inglesa. Soy de Puerto Real y a parte de escribir relatos, también soy traductor, principalmente de inglés a español, y profesor de español autónomo (vivo en Manchester). Para pagar las facturas y las cervezas que me tomo trabajo también como camarero en un restaurante. Me considero una persona que sabe muy, muy poquitas cosas, pero las que me se, me las se muy bien, y me gusta aplicar mucho un gran consejo de mi padre: Más vale un porsiacaso que un yomecreía. Me gusta la política pero no me gustan los políticos, me gusta el fútbol pero no me gustan los futbolistas, me gusta mucho más viajar que quedarme en casa, me gusta más hablar con los ancianos y los niños que con los adultos, y me gusta quedarme dormido en la playa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.