El 70

Habitualmente vuelvo del trabajo en autobús.

Me viene bien. Cojo el 70 en la Plaza Castilla y me deja en García Noblejas, a dos minutos de mi casa.

El 70 es un “gusano”. Uno de esos autobuses que son dos unidos en el medio por un fuelle.

Es un trayecto largo, de unos 25 minutos.

Transita Madrid de norte a sur por el este.

Es un recorrido que, cuando entra en Chamartín, se empieza a poner pijo hasta que llega a Arturo Soria, donde se pone pijo del todo.

Arturo Soria es una calle larguísima con un bulevar lleno de árboles de hoja perenne. Altos, fuertes, frondosos. Con un césped muy cuidado, al igual que las aceras, lo que lo hace un paseo muy “verde”.

Se ven clínicas privadas, multinacionales, empresas con esculturas grandísimas en sus entradas, algunas embajadas y todos los bloques de pisos que se ven están ajardinados.

Un sitio tranquilo. Vivir por aquí no tiene que estar mal.

Se intuye que aquí lo mejor está detrás de estos bloques “escaparate”.

Las calles que cruzan Arturo Soria son calles muy tranquilas y, por lo poco que el 70 me deja ver, parecen calles privadas.

Calles verdes, casas nuevas, con grandes jardines, con cochazos aparcados, pero parecen calles sin alma.

Calles sin comercio, sin chinos, sin locutorios… Calles sin calle.

Todo el camino es así hasta llegar a Ciudad Lineal.

Arturo Soria acaba en la calle Alcalá y una vez que se cruza Alcalá, empieza Hermanos García Noblejas.

Ahí desaparecen los árboles, los jardines, las embajadas, las empresas…

En muy poco sitios de Madrid hay tanto cambio de una calle a otra.

Es como cruzar el Misisipi. Es otro mundo.

Los edificios son viejos, las empresas son talleres y zonas industriales y las casas son bloques de viviendas de mediados del siglo XX. Casas feas, de ladrillo rojo gastado, con las aceras desgastadas, con las personas desgastadas. Sean o no personas viejas, lo que se ve es que son personas desgastadas…

Una vez metidos en García Noblejas todo se parece.

Se palpa que es un barrio obrero.

El tiempo ha hecho que se olvide un poco que estas calles fueron de las más castigadas allá por los 80, donde la heroína barrió el barrio.

Yo me bajo un par de paradas antes de llegar a la Avenida Guadalajara. Donde ahora hay hasta un centro comercial y un montón de pisos nuevos, pero en los 80 y los 90, la Avenida Guadalajara era mucho más que el Misisipi y el Amazonas juntos.

Cruzar la Avenida Guadalajara era entrar en el mayor mercado de droga de España.

Barriada de chabolas, suelos embarrados, quinquis, yonki-zombies y mucho, muchísimo, peligro.

Hay veces que cuando pienso en aquellos días aún sigo percibiendo aquel olor tan inconfundible a miseria y muerte.

A la hora a la que lo suelo coger, a eso de las 5 de la tarde, el autobús se llena de la gente que sale de los colegios.

El trayecto, una vez en Arturo Soria, debe pasar por unos 5 ó 6 colegios.

La mayoría de los niños y niñas van uniformados. Son colegios de pago. Seguramente religiosos, lo que les da a todos un aspecto muy igual.

Lo curioso es que después de tanto tiempo coincidiendo con muchos de ellos, al final se ve que, pese a que vayan todos iguales, hay diferencias en todos los sentidos.

Tenga uno la edad que tenga, la limpieza de las miradas no son iguales.

Suelo coincidir con grupo de chicas que andarán sobre los 14 ó 15 años que me despierta mucha curiosidad.

Como en todos los grupos hay una líder. Es una chica morena, de pelo muy largo y muy guapa. Tiene unos ojazos negros, con unas pestañas larguísimas.

Suele ir mascando chicle con cierto descaro y, pese a su edad, se la ve muy segura de sí misma.

Sus compañeras la atienden todo el rato, todas escuchan con interés las cosas que va contando.

Ay, si las oyeran sus madres…

Hablan de chicos todo el rato.

Al parecer, este último fin de semana, la líder ha quedado con un tal Borja que canta en un grupo y tiene moto. Fueron al cine y después cenaron en una pizzería.

El tal Borja ha de ser un chico guapo, porque el resto de chicas babean cuando la líder cuenta que en el cine se morrearon y que luego quiso llevársela al local de ensayo, pero ella no fue.

“Tía, es que tiene 19 años y seguro que quiere… Y yo el primer día, paso”.

Me encanta esa manera que tienen las otras de dar a entender que si ellas estuvieran en su lugar habrían ido.

Jugar a ser mayor.

Todas cuentan batallitas que hacen que por momentos yo vuelva a tener 15, 16, 18 años…

Qué de hostias les esperan, qué de desengaños…

Es verdad que a esa edad cada año es un siglo. Que todo se vive con mucha intensidad. De hecho, yo soy de los que piensa que el amor amor, el amor romántico más puro, se tiene a esas edades.

Luego vienen cosas mucho mejores. Viene el deseo, la complicidad, la compenetración, la comprensión, el respeto, la superación de adversidades y un montón de cosas por las que, los que ya no somos tan niños, vivimos y nos desvivimos. Pero ese amor romántico, ese que no te cojan el teléfono y te derrumbes, esa canción hortera que parece que está escrita para ti, esa hora y media en el espejo poniéndote guapo… Todo eso desaparece no mucho más lejos de los veintipocos…

Es difícil encontrar esa pureza a otras edades.

De hecho, uno a esas edades se entrega, cuando eres más mayor ya estás entregado.

Las chicas se van bajando a medida que nos acercamos a Ciudad Lineal.

Al otro lado de Arturo Soria los uniformes del colegio y las monjas no “se llevan tanto”.

De seis chicas pasan a cuatro, tres, luego se bajan dos hasta que se queda una.

Oigo cómo quedan para verse más tarde, algunas van a clases de inglés o de baile.

A la chica que se queda sola la llamo Ruth. Me recuerda a una novia que tenía yo a esas edades.

Es mona. Muy púber todavía. Tiene granillos en la frente y lleva muchas veces su pelo castaño recogido con una coleta.

Desde que coincido con ellas es la que mejor me cae.

Cuando están todas juntas, Ruth apenas interviene. Escucha cómo la líder y sus “secuaces” cuentan sus batallitas.

Esa extraña carrera por demostrar quién es la más mayor, la más decidida.

Pero Ruth pertenece a este otro lado del río y se le nota nada más cruzarlo.

Sus ojos no se asustan cuando los árboles no son capaces de tapar la mugre.

Por aquí se crece de otra manera y, aunque lleve el último modelo del Samsung Galaxy y las últimas Adidas, por esta parte de Madrid todo cuesta igual de precio pero no vale lo mismo.

Siempre se baja en la primera parada de García Noblejas y se mete en el centro de la tercera edad a buscar a su abuela.

He visto varias veces cómo salía con su abuela del brazo.

Me gusta ver cómo pasean. Andan despacito.

Creo que Ruth no va a clases de ingles, supongo que tampoco da clases de baile y es muy posible que a ella no le inviten a subirse en motos ni le den morreos en un cine, pero estoy seguro de que Ruth, cuando se le quite ese bigotillo y esos granillos, va a tener un noviete de puta madre, se lo merece.

Tiene pinta de ser lista y seguro que sabe que disfrutar de su abuela: Es la mejor clase de inglés y de baile que existe.

bluebird Comunicación
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