Dos moscovitas

pegaba fuerte
el sol en moscú
y dos moscovitas
tenían que verse,
debían entenderse,
compenetrarse
para cargarse
a tres altos cargos,
politicastros opositores.
dónde y cuándo estaba claro.
el cómo algo menos
y el porqué cobrando bien
les sobraba saberlo.

eran sicarios necesarios,
prácticos por separado,
compañeros entre sí lo justo.
uno era Ras, secucho,
dos metros, paliducho,
un sádico metódico
eficaz a su manera,
dialogante y buen fisonomista.
el otro Coz, tirando a legalista,
metro 50 y cien kilos
de cabrón animal rosado,
llamado el Unos
porque un disfunción
cerebral congénita
le impedía juntar
dos actos o palabras
en sus principales quehaceres:
soltaba por frase una palabra.
echaba un polvo (o ni eso).
bebía una birra (un litro diario)
y mataba una vez por encargo.

en algún encargo
antes habían coincidido;
por eso Ras el fisonomista
temía que Coz el legalista, el Unos,
le desquiciara pronto contestando
sólo con una palabra.

Ras escogió zona
con sombra en una terraza
y un minuto después Coz llegó,
no dijo nada, se sentó
y encendió un pitillo.

Ras dijo:
“rosado ceporro…
di hola al menos, ¿no?”

Coz calló mirándolo,
soltando aros de humo.

“sabes qué nos trae por aquí,
¿cierto?”, siguió Ras.

“ilegalidades”, murmuró Coz.

el fisonomista suspiró.
empezó a fijarse
en paseantes sin carisma.
¿tardaría mucho en venir el camarero?

“se trata de tres mendas esta vez,
¿te informaron, Unos?”

“claro.”

“cojones. ¿claro que sí o claro que no?”

tanto sol cabreaba a Ras.
y que no viniera el camarero.
y tener al Unos delante.

“sí.”

“¿quiénes?”

“mandamases.”

“bravo. obvio. pero tú pretendes
joder a uno y que yo curre doble,
¿es así?”

“exacto.”

“¿exacto? cagonlaputa,
el espabilao del Unos.
ya. ¿y lo ves justo?”

el Unos le ignoró, un camarero apareció
y Ras se rascó una oreja.

“dime”, dijo el camarero.

Coz apuró el cigarro.
estaban solos en la terraza.
Ras dijo desafiante:

“¿que te diga qué, chaval?”

el camarero carraspeó sorprendido.
contestó:

“es, es un decir. un modo de hablar.”

“¿de hablar? ¿estás vacilándome?”,
repuso Ras.

Coz chafó un mosquito
contra la mesa.

el camarero se sonrojó:
“ya sabes. es como un ¿qué te pongo?
pero abreviado.”

Ras respondió:
“no. no sé. pero sí sé
que te equivocas, escoria.
así que abreviado.
llámame señor, eso para empezar.
venga, tú puedes.”

el chaval miró a Coz.
Coz encendió otro cigarro.
le ofreció uno al chaval.
lo rechazó y dijo:

“señor, dime…”

Ras le cortó:
“joder, joder, chico:
señor y dime encajan mal.
¿me dirás que no lo sabías?
es: señor, dígame.
venga, sigue.”

tembloroso, el camarero
se cruzó de brazos y eso cabreó a Coz.
Ras tomaba seis cafés diarios
y apreciaba el servilismo.

“señor, dígame…”

incapaz de seguir,
tragó saliva y sonrió.
aquello le parecía una broma
y miró alrededor esperando
ver tal vez una cámara cercana.
eso cabreó más a Coz.
Ras intentó ayudarle:

“te ayudaré, verás,
te volverás profesional así:
¿puedo servir algo a los señores?
o:
¿les falta algo aquí a los caballeros?
o:
¿saben ustedes ya qué tomarán?
¿verdad que es fácil?
no cuesta tanto si…”

sin decirle calla,
Coz se levantó de la silla,
tiró la colilla,
se encaró con el camarero y
con un brutal cabezazo
le partió la napia.
el chaval se arrodilló
y al hacerlo el Unos
le dio un codazo en la espalda.
cuando cayó al suelo
saltó sobre él
hasta que Ras dijo basta
y dijo después:

“jodido hijoputa estás hecho.
ahora me dirás que he de ocuparme
yo de los tres.”

“vámonos”, respondió el Unos.

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