Después de follar

Había sido un polvo maravilloso. Y todo el mundo sabe que un polvo maravilloso te da permiso para quedarte a dormir en su casa, aunque hayas conocido a la chica esa misma noche en una discoteca anodina, de las que están de moda. Después del sexo los dos permanecimos estirados en la cama, apalancados mirando el techo –el cual me pareció especialmente bien pintado–. Saqué un cigarro Lucky Strike. Yo había dejado de fumar, pero siempre llevaba una cajetilla para ocasiones como ésa. Recuerdo que el periodista Manuel Jabois contó en un artículo que se ponía la alarma cada vez que tenía que fumar, para no olvidarse. A veces un cigarro lo explica todo de la otra persona, hasta su salud. Ella se encendió un Marlboro.                                                       

–¿Por qué dura tan poco el placer? –soltó.

–¿Qué quieres decir? ¿Que he durado poco?

–No, no, ha sido memorable –afirmó de forma claramente exagerada–. Pero quiero decir, ¿qué por qué la angustia dura tanto y el placer tan poco?

–No te entiendo.

–Sí que me entiendes. Llevo una semana de mierda, horrible, espantosa. He llorado cada una de las noches, ya no me quedan lágrimas. ¿Por qué este polvo no puede durar toda una semana? Ahora ya está. Dormiremos, mañana nos levantaremos, y tú te irás. Y otra vez la tristeza.

–Bien, si quieres podemos volver a follar cuando nos despertemos –sugerí.

–Sí, ¿pero y qué? Simplemente será otro instante fugaz.

–Le das demasiadas vueltas a las cosas.

–Es culpa del mundo, que es absurdo –pronunció–. Mira, el otro día estaba en la calle, mirando mis cosas. Vi a un tipo de ésos que solo verlo ya te cae mal. No sé, el típico con muchos tatuajes, con cara de chulo y apariencia de ser un zoquete. Lo odié durante diez segundos. Pero de repente, se puso unas gafas y ya no me pareció tan odioso.

–A mí siempre me ha dado mucha pena la gente que lleva gafas. Los veo muy frágiles, casi como si perteneciesen a una raza inferior –añadí.

Se rascó el pezón derecho. Aún estaba completamente desnuda y parecía sentirse muy cómoda en esa situación. Yo tampoco llevaba ropa, pero me había tapado de cintura para abajo con la sábana porque se me habían empezado a enfriar las piernas.

–¿A qué te dedicas? –quiso saber. Quizá hubiésemos tenido que empezar a conocernos cuatro horas antes con esta pregunta, no “por el tus ojos me han deslumbrado” con el que inauguré nuestro flirteo en medio de la pista.

–Creo que al estudio de las lenguas, pero apenas me llega para vivir. ¿Y tú?

–Paseo perros de otros –soltó sin vergüenza.

–¿Y ese trabajo te da suficiente para llegar a fin de mes?

–No, ¿pero parece que el tuyo tampoco, no?

–Sí, tienes razón. –admití avergonzado–. ¿Y cómo te puedes permitir tener este piso?

–A mis padres les sobra el dinero. Tienen cinco pisos –respondió con frialdad.

–Vaya. ¿A qué se dedican?

–A nada. Lo heredaron todo de mis abuelos.

–¿Y a qué se dedicaban tus abuelos?

–A nada. Lo heredaron todo de mis bisabuelos. Y no hace falta que me preguntes por mis bisabuelos, también lo heredaron. No sabemos el motivo por el cual nos sobra el dinero.

–Caramba.

Y seguimos fumando, como quien sigue viviendo.

bluebird Comunicación
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