De los ríos que (no) corren hacia atrás

ríos

A Sara C.

Lo que esconde el río en su fondo,
no lo saben las orillas
y las piedras no lo entienden.

José Miguel Mangas

Me preguntaste, Sara, por qué unas palabras que te escribí a ti las leyó otra persona. Cierto, las leyó José Miguel. Y lo hizo porque todo partió de una conversación; una plática entre dos amigos en donde ensalzábamos lo imposible de decir lo que uno no dijo, pero pudo haber dicho. Y lo irrealizable en este caso eras tú, porque eras un recuerdo.

Cuando nos cruzamos, Sara, a mediados de enero en la bruma húmeda de la noche de Alicante, vi a una mujer de ojos serenos y agotados. Ya te lo dije en persona, pero te lo repito: no debía pasar por aquella calle; tan sólo mi insistencia, mi cabezonería me llevaron hacia ti. Ayudaba a mi hermano, que acababa de mudarse, a encontrar una plaza de aparcamiento de alquiler. Ya había elegido una, pero perseveré en mostrarle otra más lejana de un parking de otra calle.

Con José Miguel —que es mitad adusto castellano, mitad poeta jondo— me une una amistad que trasciende a las palabras, a los silencios y al tiempo. En aquella ocasión hablábamos de amores adolescentes de esos que arrollan, pero que pasan rápido, como todo en la juventud. De ahí surgió la idea de escribirte: de la intención de pellizcarte un poquito y desvelarte mi admiración hacia ti, aunque era consciente de que el tiempo y los ríos nunca corren hacia atrás.

Cuando nos vimos, Sara, a mediados de enero, el día había sido frío y brillante, y tú ibas buscando un lugar donde cenar. Yo, por mi parte, iba charlando con mi hermano y no te vi hasta que ya habías sobrepasado mi perpendicular. Cuando pronuncié tu nombre, te giraste despacio y con gesto desconfiado creíste reconocerme y articulaste mi nombre. Luego me dijiste que ese mismo día, en el camino de Valencia a Alicante, habías pensado en mí. Lógicamente, las asociaciones de ideas funcionan: como éste vive en Alicante y hoy voy a trabajar allí pues se me viene a la mente. Pero tú no sabías que residía en Alicante.

Si bien es verdad que José Miguel leyó algo que no pero que sí le concernía, he de confesarle ahora que tras dejárselo leer, en cierta medida, me arrepentí. Lo llevaba impreso, porque en la casa de José Miguel de la calle de Vallehermoso nunca faltaban cerveza y olivas, pero carecía de conexión a internet. Lo leyó y me dijo que si le daba una copia. Supongo que le dije que sí con la boca pequeña, pero ahí quedó. Nunca se la di, Sara, porque solo era para ti.

Cuando cenamos juntos a mediados de enero, Sara, se te notaba realmente agotada. Pero poco a poco te fuiste animando. Y cuando ya nos habíamos levantado, de repente, vi en ti aquella sonrisa que recordaba. Fue cuando comentamos la posibilidad de tomarnos un té y buscar algo de yerba para fumar. Ya en mi casa, hice algo de lo que también me arrepiento: dejarte leer un relato dedicado a otra mujer. No te concernía, pero sí. Más que nada porque las semejanzas eran únicas y paralelas en tiempos distintos, aunque convergentes. Además y sin que que sirva de excusa, el deseo es una energía positiva que si no se satisface se  acumula y llega a provocar pérdida de lucidez en la mente, y en el cuerpo, equilibrio.

El tiempo pasa y nunca vuelve, como pasa la corriente del río, pero el tiempo se divide en muchas corrientes. De esto sabía y mucho Yasunari Kawabata, pues en todos los ríos hay una corriente central rápida en algunos tramos, mientras que en otros el agua corre lenta, e incluso llega a la inmovilidad. Y precisamente en esto consiste la deducción natural del escritor japonés: “El tiempo corre de la misma manera para todos, pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo”.

Las corrientes de tiempo nunca son iguales para nadie, pero por alguna razón tú y yo hemos vuelto a confluir en un tiempo lento de la corriente antes de que desemboque en el mar. Ya sucedió otra vez, Sara. Puede que no te acuerdes; yo sí. Fue en un autobús que recorría el trayecto entre Avenida de América y Alcalá de Henares. Yo regresaba de mi facultad en Madrid, tú ibas a la tuya en Alcalá. En aquel trayecto de poco más de media hora, nos contamos cómo nos iba y me hablaste de Nomeolvides, la marca de ropa  de tu hermana y tuya. También me hablaste de cómo te iban los estudios; de una foto en la que posabas desnuda junto a un grupo de amigas para denunciar la utilización de pieles de animales en la moda; y de una fiesta en la Universidad en la que estarías en un puesto vendiendo o divulgando no sé qué; la verdad, no recuerdo tanto. Me dijiste que me pasase a verte, y me pasé. No me viste, yo a ti sí… pero justo en el momento en el que te vi andabas besándote con otra persona.

Algún año después te escribí aquel correo electrónico, aquella declaración fuera del tiempo lineal, que tú recordaste el otro día, a mediados de enero, cuando viajabas en coche desde Valencia a Alicante. ¿Qué cómo conseguí tu email? Fácil. ¡Cómo me iba a olvidar de Nomeolvides! Imposible, aunque no sabía si era el de tu hermana. Soy incapaz, Sara, de recordar la mayoría de las cosas que te relataba en aquel correo. Sí sé que me contestaste y que me decías que andabas por Ibiza. Desde luego, tu corriente te había llevado lejos, pero seguro que justo donde debías estar. Sí que recuerdo, además, que me preguntabas por el momento en el que despertó en mí la chispa hacia ti. Lo sé porque te escribí un segundo correo en donde te lo explicaba. Pero el otro día, en la reciente noche húmeda de mediados de enero en que nos vimos, me dijiste que no lo recibiste. Me haces incluso dudar; puede que lo escribiese y no lo llegara a mandar. Da igual, casi mejor, así ahora, cuando la corriente ha disminuido, te puedo contestar: surgió cuando apareciste una mañana en el instituto con un rosa. Explicado así me parece tan de novela romántica barata que creo que voy a explayarme un poco, porque en parte es así y en parte no. Lo que de verdad me pinzó fue tu sensibilidad y resplandor hacia la belleza de esa flor. Quizá ya había imaginado aquel resplandor, quizá ya lo había conjurado en mis propios sentimientos. De lo que sí estoy seguro es que en ese preciso instante supe que eras única, una especie de energía móvil, una suerte de hechizo lumínico sobrenatural que imprime a quienes la rodean parte de su aura. En esto, como en muchas otras cosas, coincido con mi amigo José Miguel. De hecho, más de una vez hablamos de esa forma de comunicación trascendente, de esa irradiación imperceptible que poseen ciertas (pocas) mujeres y que derrotan a cualquier hombre con tan solo sonreír.

El tiempo pasa igual para todos, pero la corriente es elástica. De ahí que al igual que los físicos aseveran que el universo no deja de expandirse pero que, probablemente, llegará un día en el que comenzará a contraerse, la corriente, a veces, forma recodos y revueltas, y el río vuelve hacia atrás. Momentáneamente, pero vuelve hacia atrás. Por eso, Sara, lo que debe suceder sucederá, porque ya ha sucedido.

bluebird Comunicación
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