Concha

Hace tiempo que la vida de Concha se estancó en un carrusel de días que solo valen para ser tachados en un calendario. Como hacen los presos, pero Concha los vive sin expectativas.

Se separó hace cuatro años del hombre al que conoció con 18 y con el que vivió 30 años en lo que ella creía un feliz matrimonio. Pero un día ese hombre decidió que ya no era tan feliz y se fue con la secretaria 20 años más joven.

Fueron días muy duros. Se sentía muy perdida.

Nuca había sido una mujer muy posesiva, nunca sospechó nada.

En 30 años de matrimonio pasaron muchas cosas, algunas veces estuvieron más juntos y otras más distantes.

Superaron la idea de que, por un problema de fertilidad de Concha, el suyo iba a ser un matrimonio sin hijos.

Hubo crisis, varias, pero la fidelidad nunca fue un motivo.

Concha no se hacía muchas preguntas cuando Antonio viajaba o cuando por las noches llegaba tarde. Al fin y al cabo, Antonio había sido el único hombre de su vida y ya estaban entrando en unas edades…

Fue muy cruel todo lo que ocurrió en los últimos meses de su matrimonio.

Un día una amiga le contó que había visto a Antonio con una chica más joven de la mano y dándose besos.

Hubo discusiones, tensión, mentiras, desmentidos…

Días de llanto, ojeras y dolor.

Fue un proceso doloroso.

Primero la confirmación. Lo mal que se sintió cuando supo que era cierto. El sentir que no podía luchar contra una chica joven y guapa.

Después empezaron a llegar datos, algunos escabrosos. Como que era con la secretaria, a la que Concha conocía desde hacía más de 10 años. Que no había sido cosa de un día, que llevaban años, que había llegado a ir a celebraciones de empresa e incluso a algunas bodas con ella.

Concha no podía sentir más dolor al recordarse andando por la oficina de Antonio cualquiera de las miles de veces que se pasaba por allí, y ahora saber que todos esos saludos de los allí presentes escondían una mentira tan sucia, le retorcía el alma.

Siempre pensó que en la oficina la trataban de forma rara, que su presencia ponía nervioso al personal, pero ella siempre creyó que era por la extraña autoridad que daba ser la mujer del jefe.

Concha jamás ejerció de mujer de nadie. Siempre fue amable con todo el mundo, e incluso creía contar con el cariño de algunas de las personas de la empresa.

Pasó días llorando.

No era que Antonio tuviese una amante. Era que tenía una novia. Era tan pública la relación que no estaba muy claro quién era «la otra».

El machismo social más cruel le estalló en la cara. Como Antonio era el «empresario», el que tenía el dinero… el que invitaba a cenar o a copas…

Estar con una mujer joven y guapa le proporcionaba mayor estatus que estar con su mujer de toda la vida que no era más que una vieja gorda.

Todo el mundo tomó partido por Antonio y su «poder social».

«Ha vivido toda la vida del cuento, lleva dos días trabajando y ahora que el hombre encuentra la felicidad le quiere joder. Esa lo que quiere es sacarle los ojos… pobre hombre…».

«Ya verás cómo cuando tenga el dinero tampoco lo deja en paz… menuda arpía…»

No soportaba sentirse tan insultada. Se ahogaba cuando entraba en una espiral de recuerdos donde todos habían sido amables, pero todos sabían algo que a ella la ridiculizaba.

Una situación de clara, asquerosa y deshonesta desventaja.

Qué falsos! Qué traidores!

En su dolor, era tan grande el odio que sentía hacía Antonio, que ni siquiera pensaba mucho en él. Simplemente le asqueaba. Era incapaz de unir partes de su vida a la de Antonio.

Habían crecido juntos, empezando una vida desde muy jóvenes, desde la nada. Y ahora que Antonio tenía dinero, poder, un cochazo de cien mil euros y un despacho de 20 metros, pues como si de una telenovela burda y barata se tratase, él se va, con la secretaria jovenzuela, abandonándola, humillándola, alegando tener derecho a vivir su vida…

Maldito hijoputa.

Tardó en digerir el odio. Fueron muchas semanas en las que a cada sitio que iba creía ver miradas sospechosas en todo el mundo.

No dejaba de preguntarse si este o ese o aquel sabían que su maridito llevaba años follándose a la furcia de su secretaría.

El panadero, el del estanco, quizá las cajeras del Mercadona o la china a la que le llevaba la ropa para arreglar…

Quizá todos supieran que era una cornuda, quizá al salir del bar o de la tienda todos hablaran de ella y se reían a sus espaldas.

Empezó a sospechar de todo el mundo. Incluso de sus amigos y amigas. Pronto supo que había mucha gente que ya lo sabía… Algunos de los amigos con los que habían salido en los últimos años lo sabían mientras cenaban, bebían y se divertían todos juntos y como si nada…

Incluso en alguna ocasión habían visto a Concha con alguna copa de más haciendo chistes verdes sobre su vida sexual y alabando lo contenta que estaba de tener un hombre «tan ardiente» como «su» Antonio…

Esos amigos de verano. Parejas con las que habían estado veraneando durante años, con las que jugaban a las cartas hasta las tantas de la mañana día tras día, año tras año. Esa gente nunca le dijo que Antonio llevaba años en los que a veces cambiaba de pareja en esas partidas…

Al cruel machismo de la camarería, se sumaba en este caso la repugnante complicidad de esas mujeres que toleraban en lo ajeno lo que les mataría en piel propia.

La desolación ante tanta falsedad, ante tanta gente mala era el único sentimiento que superaba al odio, a la injusticia, al asco.

No era que le había engañado Antonio. Era que le había engañado todo el mundo.

En el reparto de la separación no supo mantener la frialdad y en un acto de orgullo desmedido renunció a bienes que le correspondían.

«Quédatelo tú, no quiero nada tuyo»

Pero no fue un acto inteligente. Ahora estaba pasando verdaderas estrecheces económicas. Nunca pensó que algún día iría al supermercado mirando el precio de las cosas.

Pero todo eso apenas le dolía si lo comparaba con esa sensación de ruptura con todo lo que fue su vida.

Lo avergonzada que estaba le alejaba de la gente, de los familiares, de todo…

El hecho de desconfiar de todo el mundo de su pasado le llevo a encerrarse tanto en sí misma que apenas se relacionaba con gente.

Intentó cambiar de vida radicalmente.

Pero había cosas que no podía cambiar, como su trabajo. Ir a trabajar le sumía en una tristeza enorme. Muchas de las miradas de sus compañeros estaban llenas de compasión. Ver que despertaba lastima la hundía todavía más.

Han pasado los meses y Concha está muy deteriorada.

Ya no le queda grande la soledad de la casa. Ni la mata la falta de compañía.

Las miradas ajenas no son tan hirientes. Pero no ha podido superarlo. Aún no.

Aún cuando se desnuda y se ve ante el espejo, se ve fea, vieja, gorda. Se mira como si mirase un monstruo.

Quien va a querer algo así? Se dice mientras se sube los pechos hacia arriba. Unos pechos blanquecinos, grandes, colgantes, blandos, inertes…

Se mira de arriba a abajo y no se ve el sexo, al menos a simple vista. Esta oculto entre las carnes que le cuelgan.

En realidad, siente que da igual. Que se vea o que no se vea.

bluebird Comunicación
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