Como los paramecios

Los anuncios se sucedían en las televisiones menos estridentes que de costumbre. Tras la última noticia eran la única programación que quedaba y no podíamos comparar el volumen de su sonido con ninguna otra, así que sonaban suaves, hipnóticos. Saber que ya nunca íbamos a tener que preocuparnos por comprar o no comprar esas marcas reforzaba esta sensación. En cierto sentido lo de la extinción no estaba tan mal después de todo y así parecía entenderlo todo el mundo, sin gritos, ni llantos, ni aspavientos. Tan siquiera había exaltación de la fe, de ninguna de ellas. Estaba siendo una extinción muy civilizada.

Lo que sucede es que no hay códigos en la desaparición, no hay estética; no al menos para los que desaparecen y, puesto que íbamos a desaparecer todos en la misma décima de segundo, todo había perdido cualquier atisbo de protocolo. Olvidamos hablar, leer, amar, mirar, tocar… En el mismo instante en que se supo la noticia, volamos todos por los aires centrífugamente y caímos tan lejos unos de otros que no fuimos capaces de volver a hacer nada, sólo esperar.

Y así seguimos, extinguiéndonos en un silencio coral como gilipollas, pero civilizados; tan civilizados como los paramecios. Alguno que otro va recuperando la fe, otros deambulan buscando de nuevo la piel de sus semejantes, a veces vuelve a haber algún programa entre anuncios (nada del otro mundo) y, como al final no pase nada y simplemente vayamos muriéndonos uno a uno, civilizadamente, la cara que se nos va a quedar va a ser un poema.

bluebird Comunicación
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