Ceremonias

Dentro de poco el fuego irá desvaneciéndose. Tú viajarás hacia el Sur y yo me perderé en cualquier parte, como todas las cosas que toco, como todas las cosas que olvido.

Ha llovido mucho en estos días. Me pregunto si veremos las mismas gotas.

Quizá habrá algún ritual escondido que nos salve, que te traiga de vuelta algún día. Tal vez cuando la mañana baje y los ríos cambien su corriente y la mirada de los cisnes salvajes se funda con el último escalón de la torre, podremos navegar hacia aquella isla que inventamos, cuando dormíamos despiertos y desnudos frente al fuego.

Dentro de poco el fuego irá desvaneciéndose y no quedará nada.

Arranco una a una las hojas de este libro y las arrojo; la llama se vuelve azul, porque azules son todos los colores. No. Los árboles alineados en la carretera son negros a esta hora y también la canción bajo la playa, los buques abandonados y el último libro en la biblioteca clausurada.

Yo escribí un librito que ardió muy rápido. Era mi único ejemplar y tenía las letras oxidadas. A veces lo leía para recordar cómo eras. En la página cuarenta había un beso tuyo; en la portada habías escrito con tinta blanca los pasadizos de tu cuerpo; en la solapa dibujaste un beso enternecido y en el índice habías grabado con mis dedos los caracteres de tu nombre oculto; de las seis letras sagradas, del último ritual prohibido, de la ruta de la seda de tu cuerpo.

Me pregunto si oiremos el mismo tintinear en la ventana. La lluvia me pone triste.

Yo conocía un canto ceremonial. Lo he olvidado. Servía para conjurar al olvido. Si lo cantabas, recordabas todo, y sentías otra vez. Quizá por eso lo dejé abandonado en la última mudanza. Ahí se quedó todo. el cáncer de Sakamoto. los cigarrillos de Estambul. mi librito de Saroyan. la risa de Artaud. los poemas del árbol enjaulado. el payaso de madera. El Buda de yeso. el Jesucristo de plástico. los cien mil pinos cantores del estío. y cien mil kilómetros de tripas y todas las estrellas ficticias y las constelaciones y las nebulosas podridas.

Yo alcancé a vislumbrar tu brisa antes de borrar la última palabra de la última oración del último relato.

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Me llamo Fernando y me dicen Vérkell. Me gusta el café guatemalteco, el jazz, los libros de cuentos, la poesía verdadera, los cigarrillos, los jardines japoneses y la certeza de que nada es cierto bajo mis ojos. Publiqué un librito de cuentos que fue lanzado al mar y he publicado relatos en revistas en España, México y mi país.

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