Ceniza

La ceniza traspasaba las tardes
de nuestro calendario
como aquella mancha de café
sobre tu blusa azul, hoy ya sin color,
calada hasta los huesos,
lastrada por la lluvia
de los años, de los silencios,
de la monotonía,
de promesas abandonadas en gasolineras,
de sueños olvidados en habitaciones de hotel.

La ceniza traspasaba las tardes
de nuestro calendario
como las arrugas y el tiempo traspasan
la piel de una manzana que no se cogió.
Fruto olvidado entre las ramas de la vida,
madura soledad de un árbol desnudo
esperando un golpe de viento
que la arroje al vacío,
que la empuje a caer,
que evite la inefable victoria de la putrefacción.

Así, sin más,
como la sombra de un cadáver,
la ceniza traspasaba el ocaso
de nuestro calendario
y nuestro amor se consumía en calma
resignado al paso del tiempo,
a desaparecer algún día
sin tragedias, sin grito, sin drama,
tal como lo haría un copo de nieve
solitario y perdido en una tarde de verano.

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