Carmela

La oí temprano, más temprano que de costumbre, serían cerca de las ocho, una buena hora para marchar sin hacer mucho ruido. En realidad, esta vez no quería retenerla, eso lo había hecho mil veces antes, la mayoría más que nada para intentar que su marcha tuviera algún adorno, algún tipo de resistencia. Pero siempre pasaba lo mismo, tanta resistencia que al final acababa quedándose.

Sabía que esta vez la tendría que dejar ir, no podía intentar adornar un adiós, porque el adiós nunca es bonito ni digno de colofón.

Se levantó muy decidida camino del baño. Al irse tuve la oportunidad de volver a ver su cuerpo desnudo, su culo, sus piernas.

La tristeza se apoderó de mí. Miles de recuerdos poblaron mi cabeza, miles de imágenes trataban de hacerme sentir débil, trataban de hacerme sentir culpable. Sin embargo, esta vez me resistí, por mucho que mi cabeza me castigara, esta vez ganaría la sensatez, ganaría la cabeza al cuerpo, ganaría el llanto al placer.

El agua de la ducha daba música al adiós.

Mientras, una de las gatas que estaban junto a mí, saltó de la cama sigilosamente, se fue hacia la silla donde estaba su ropa y, como presagio de lo que iba a pasar, se restregó con su falda… Con su camisa…

Al cesar el agua, imaginé su cuerpo húmedo, la toalla secando su pelo, su espalda, acariciando sus tetas, su culo, su sexo.

El silencio era esta vez peor que los gritos, me castigaba al ofrecerme todos y cada uno de los movimientos que hacía.

La puerta del baño se abrió y tras ella una nube inmensa de vaho y perfume. ¡Estaba tan guapa! Caminó hasta la cocina, donde abrió la nevera, quizá buscando algo para desayunar, pero la cerró enseguida, quizá por no encontrar nada.

Al llegar otra vez al dormitorio la pude contemplar de nuevo, no me miraba, en ese momento una mirada me hubiera matado.

Se sentó desnuda en el pico de la cama y acarició a las gatas, siempre agradecidas a una caricia, noté cómo les hablaba con las manos, noté cómo se despedía de ellas.

Estoy seguro de que sabían lo que pasaba. De hecho, mientras las acariciaba, las gatas me miraban. Ellas sí sabían que estaba despierto. Son expertas en detectar cuando lo estoy.

La poca luz que entraba en la habitación me dejaba disfrutar de su desnudo por última vez. El cómo se ponía sus bragas, el cómo se abrochaba el sujetador, el cómo desaparecía un desnudo que tanto me había dado. Vi cómo su ropa me iba robando la poca carne que me quedaba por disfrutar.

En apenas dos minutos toda su desnudez era ya historia, era ya recuerdo.

Despacio, muy despacio, cogió la mochila con sus cosas. La oí dejarla cerca de la puerta y sentarse en el sofá. Aquí fue cuando el silencio fue tan bestial que creí oír a los muebles llorar, a la tele llorar, al sofá llorar. Lloró la mesa, las sillas, lloraron los ceniceros y los cuadros de la pared, lloraron las fotos y lloraron los espejos.

Al acercarse de nuevo a la cama era ella quien lloraba, muy bajito, casi susurraba, era la mejor manera de irse, como un susurro.

Se sentó y me dijo:

—Oye, me voy. Tengo que irme

No pude más que mirar y decirle:

—Vale, ya nos llamamos.

Acercó su boca a la mía. Fue un beso de mierda, sabía a dolor y a sal, al dolor del último y a la sal de las lágrimas.

Ese beso fue la desfiguración de un beso. Fue un beso mal dado, sin acierto en el sitio, en el lugar… Y quién sabe si tampoco lo era en el tiempo.

Fue un beso como el que se dan los adolescentes que se besan con prisa por la emoción, pero, esta vez, en vez de emoción, lo que había era prisa por la tensión.

Se levantó. Recorrió el pasillo.

Sus pisadas eran como el redoble de un tambor anunciando el final de los finales.

Abrió la puerta y se marchó.

Con el portazo, se desataron en mí todas las maneras posibles de tristeza y melancolía, de llantos, de palabras no dichas, de rabia, de reproches…

Lloraba en un grito mudo, en un dolor hueco.

Me levanté y, casi sin darme cuenta, repetí el itinerario que ella había hecho antes de irse. Como buscando algo de ella, quizá fue su olor, que aún no se había marchado.

Divagué por la casa que se me presentaba con una retahíla de recuerdos insoportables.

Pasado un rato, un café y dos porros, tras acurrucarme un ratazo con las gatas, me levanté, dispuesto a ver el día, de afrontarlo.

Subí la persiana y llovía, no podía ser de otra forma. El día era tan gris que no tenía colores.

Puse la radio, sonaba Portishead, dejé que sonara.

Me hizo gracia verme tratando de simular la secuencia de una mala película, tratando de hacer teatro, pensando que si a mí y a mi dolor lo metía en esta secuencia cutre, lo podría manejar como un director y abandonar esta patética obra cuando quisiera. Pero no, qué va.

El vacío era real, su ausencia el único testigo. El nudo interior la prueba, el corazón roto, la víctima.

Quité la radio. Puse la tele. Me hice otro porro, y otro. Pasó un rato, y otro…

Hasta que me dije: ¡Ya! ¡Arriba! ¡Que nada te joda el día!

Abrí la ventana y se oía la música de alguno de mis vecinos.

Era Camarón que cantaba, lloraba, gritaba:

Carmela, ay, parece mentira
que de la noche a la mañana
tú me has buscao la ruina.
No lo esperaba, pero lo presentía,
porque tu cuerpo lo daba,
y más tú eras consciente y sabías
que la pena me mataba.
Carmela, Carmela.

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