Bill Murray

Eres mi Bill Murray. Mientras me empeñaba en ser Charlotte —soñadora que sólo duerme. Todo el puto día—, irrumpiste en mi vida como si mis entrañas fueran el bar del Park Hyatt y, desde allí, planificaste mi fuga. Primero tenía que escapar de mí misma, luego de la ciudad, luego del país. Y yo te creí. Te creí como la estúpida que sigo siendo. Como si las películas se hicieran realidad. Demasiados sueños, demasiado cine, demasiada irrealidad para ese sentirme sola que me quemaba por dentro. Algunos lo llaman sensibilidad, yo lo llamaba estupidez. Tú me enseñaste que, simplemente, era especial. Al menos a tus ojos y todo lo demás me sigue dando exactamente igual.

Te creí y no me importaron ni tu mujer ni tus hijos ni tus normas absurdas. Sólo quería comer sushi contigo, cantar contigo, perderme, más, una y otra vez contigo. A tu lado. Saltar sobre los charcos, escribir mi nombre sobre tu mejilla mientras dormías, cuando conseguías dormir, lanzar un frisbee a una perra idiota, y morirnos de la risa. Sólo quería ser yo misma, que fueras mi Bill Murray, mi Bob Harris. Jugar a las películas sin gestos. Convertir la vida en una película, en nuestra película y que no tuviera final feliz. Que no tuviera final.

Y aunque esto no es Tokio y yo no esté tan buena como Scarlett Johansson, lo vamos consiguiendo. Seguimos mirando el cielo cada vez que se cubre de nubes, sonreímos cuando se vuelven grises y es día de fiesta cada vez que deciden llover-nos. Las botas de agua siempre están junto a la puerta. Y el frisbee. Hasta esa perra idiota sin la que no sabríamos qué demonios hacer.

Sí, yo también estaba perdida hasta que te encontré.

bluebird Comunicación
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