Bea

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Bea coge todos los días el metro en Portazgo. Vive justo enfrente del campo del Rayo.

Pese a que hace ya unos años que cumplió los 30 a veces se suele colar.

La han pillado varias veces, tantas como para decir que si la pillan, ya no le da vergüenza.

En realidad lo hace como un acto de rebeldía.

Pasa, salta y punto. Ya está.

Estudió psicología y cuando terminó los estudios empezó a trabajar en servicios sociales.

Primero con yonkis. Donde estuvo varios años. Después trabajó en una casa de mujeres en libertad provisional o recién salidas de la cárcel.

Allí duró poco. Aquello era una ONG cristiana donde realmente no se ayudaba de corazón. Se adoctrinaba y a la chica que no claudicara la marginaban hasta que renunciaba o se iba. Eso la que podía, porque a la que cumplía libertad condicional y no podía las monjas se lo hacían pasar mal de verdad.

Bea se quejó a la dirección, pero le dijeron que ellos no eran una institución pública, que eran religiosos y además le soltaron todo el rollo ese de que “lo hacían por amor, por caridad”… “donde irían esas mujeres sin su ayuda”…

Bea

Tras las quejas y en un acto “muy cristiano” pidieron al centro estatal que les pagaba (a todos), que mandaran a otra chica “más acorde” con los principios morales de la ONG.

No tardó mucho en encontrar otro trabajo y fue contratada para hacer terapia de grupo con maltratadores.

A Bea le causaba cierta controversia.

Había mucho hijo de puta y a veces le costaba ser profesional.

Pero llegó la crisis y al estado dejaron de importarle los yonkis, los presos y los maltratadores…

Los servicios sociales se fueron a tomar por el culo y con ellos un montón de trabajadores sociales.

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Ahora Bea es una chica multiempleada.

Por las mañanas cuida a Paquita, una señora mayor, y por las tardes da clases de apoyo a niños y niñas con dificultades en los estudios.

Sale de Portazgo camino a la Plaza de Castilla. Hace 25 minutos por la línea 1. Procura ir sentada y así aprovecha para ir preparando las clases de por la tarde.

Cuando llega a las 10 a casa de Paquita, Bea la ayuda a levantarse y asearse.

Luego van juntas a desayunar a un bar del barrio, donde discuten de manera cariñosa porque Paquita se comería 10 porras si la dejasen y, claro está, Bea no le deja.

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Los jueves van al mercadillo de Tetuán y se pasan allí la mañana. Mirando trapos, zapatos y frutas.

Dan vueltas entre los puestos revolviéndolo todo, como si en algún revoltijo hubiese un tesoro.

Ríen con los voceríos y dichos de los tenderos:

“Vamos, señora, que tengo mejores plátanos que una porno”.

“Mira, bonita, mira un chándal naik, pero mira, querverdadero, que eh naik, mira y si le das la vuerta eh adida”.

“Todo a un euro, todo a un eur!! Y lo bueno a dos!”.

Bea y Paquita son amigas. Paquita está descubriendo Internet. Se tiran horas viendo videos de YouTube.

Videos de Concha Piquer, Marifé de Triana, de Lola Flores…

A veces, ven documentales sobre la guerra civil y muchos días Bea le deja preparadas para las tardes películas de Tony Leblanc. Paquita adora a Tony Leblanc y no se cansa nunca de ver ‘El tigre de Chamberí’.

A las 3, Bea vuelve a coger el metro.

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Los lunes y los miércoles va a dar clases a Carlitos. Un niño de 13 años un poco atontao. Pero antes suele tomarse un café en el McDonald’s de Goya y suele llevarse la taza a casa. Otro acto de rebeldía…

Cuando llega a casa de Carlitos, le abre Lupe, una salvadoreña que trabaja de asistenta en la casa.

—Hola, señorita Bea. Pase. Carlitos está en su departamento.

La señora me dio un sobre para usted…

Un día, estando Bea dando clases, Carlitos llamó a gritos a Lupe para que se llevara la merienda. Bea le dijo que ya era mayorcito para que nadie le retirara nada, que se levantara y lo llevara él a la cocina.

Pocos días después Carlitos en tono jocoso comentó a Bea que su madre había dicho que quién era ella para mandarle nada, que si era el trabajo de Lupe, que si tal y pascual. Pero parece ser que el padre sacó la cara por el acto de Bea y eso provocó una discusión entre ellos.

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La madre siempre lo cuestiona todo, y el trabajo de Bea no iba a ser menos.

Desde entonces, Bea se siente un poco cohibida.

Sabe que, en realidad, Carlitos no tiene más problema que ser un niño consentido y que si ahí hay alguien con problemas es la madre, una paranoica que se cree que su hijo es distraído y que va por el mal camino porque un día le pilló haciéndose una paja.

Bea sabe que el problema suele ser el poco tiempo que pasan con el hijo. Eso llena de complejos de culpa a los padres que intentan quitárselo dándoles tantos caprichos y consentimientos que al final convierten a los niños en tontos.

Los martes y los jueves Bea va al Barrio de la Fortuna, más allá de Carabanchel.

Allí ayuda a una niña de 11 años que sí tiene ciertas dificultades.

Es una niña llena de complejos y con déficit de atención.

Cuando llega después de andar un rato desde el metro, siempre la reciben con una merienda.

Unos días la madre hace magdalenas, otros bollos o sándwiches, y siempre toman café o té.

Respetan mucho el trabajo de Bea. Nunca se entrometen, todo lo contrario. Pablo y Olga, los padres, valoran los adelantos de su hija por leves que sean y siempre se lo hacen saber a Bea, que se siente valorada.

Bea cobra a los padres de Carlitos 20 euros por hora, pero a Pablo y Olga les cobra 10.

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Cuando acaba en Villaverde, Bea se vuelve a Vallekas donde la espera Wifi, un gato que perdió la cola y que Bea cogió de la calle cuando estaba moribundo.

Suele acostarse pronto, aunque suele quedarse dormida en el sofá viendo la tele.

A veces, hace recuento del día. Y cuenta más de 60 estaciones de metro, 6 transbordos, unas pocas caminatas…

Se siente rendida, cansada. Pero cuando Wifi se acurruca entre sus piernas, Bea siente que después de todo, las cosas no están tan mal…

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Las ilustraciones que acompañan a este relato son de Falansh de la Sierra.

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