Azul de Macaré

“El día que talaron el Gran Índigo de Macaré desapareció todo el azul del mundo. Tras el primer hachazo olas añiles remontaron los cerros para escurrirse bajo tierra a través de las raíces del árbol. Ahora sólo queda el gris, sombra de todas las cosas que un día fueron azules”.

Leyendas del olvido. La pérdida

Llegó al pequeño apartamento y dejó su equipaje.  Se cambió la ropa, primero su guayabera favorita, mientas su abuela se lo comía a besos por los pasillos. Bajó rápido a la calle y fue corriendo hasta el embarcadero. Antes de cruzar la calzada vio a su abuelo y paró en seco. El viejo se marchitaba en un banco y no lo vio llegar hasta que estaba justo a su vera. Se recompuso un poco y bromeó para sorprenderle, le temblaba la voz:

—¡¿Carlos Velásquez?!  —preguntó marcial.
El viejo alzó la mirada desde el abismo y le miró sorprendido, sonriendo con los ojos.
—¡Presente!  ¡Ven acá, mijo!
Abrazos y besos, el abuelo hendía sus dedos en los brazos para ver lo fuerte que estaba.
—¡¡¡Estás hecho un toro!!! ¿Cómo te va en el trabajo, Jardito?

Apenas podía prestar atención a lo que su nieto le iba contando, poco a poco se apagaba. Cuando Jardiel descubrió su mirada ausente usó un viejo truco que siempre funcionaba:

—Abuelo, cuéntame otra vez La Pérdida.

Como movido por un resorte secreto el viejo se incorporó y afilando la mirada, se giró señalando firme al mar.

—Mira el Malecón, Jardito, ¿ves esa infinita pátina de plata, que parece de metal fundido? Pues todo era también azul. Era cian y zafiro, añil, cobalto y turquesa, todo junto a la vez. Era maravilloso, Jardito. Cuando los 12 cortaron el Índigo de Macaré se esfumó todo, ya no estaba. A mí siempre me gustó el color de la perla, el gris, la plata… hasta aquel día.

—¿Cómo era el azul, abuelo?

—Nunca lo sabréis porque nunca os lo podremos explicar, así estuviera vivo Darío. El azul era el cristal más profundo, era el agua, lo limpio y lo sereno eran azules también. El azul era un verde que se arregla y se perfuma para salir por la noche… el cielo sólo era de plomo en los días tristes. Ahora la tristeza es azul como azul será siempre la pena. Había que cortar el árbol para hacer el pan, para que tuvieseis carne de res y circo. Pero ya nada es igual de triste ni de sereno Jardito, ya acabó…

Su abuela apareció junto a ellos envuelta en una bella mantilla cuajada de lirios color ceniza, besó a Carlos en la frente y lo condujo del brazo a casa.

—¡Vente pronto a cenar, Jardito!  Hay pollo con frijoles y plátanos y caballas.

Jardiel vio en la cara de su abuela a una preciosa mujer, ajada por la sal y los años. Pudo ver mientras le hablaba su mirada plena y sus ojos claros, casi blancos; que otro día fueron celestes. Y entonces lo entendió todo.

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